“La Puerta” | Simone Weil

La breve nota de la edición francesa de “Pensamientos desordenados acerca del amor a Dios” (“Pensées sans ordre concernant l’amour de Dieu”), libro que resulta una compilación de textos escritos por la autora en diversas épocas (“El Cristianismo y la vida campesina”, “Reflexiones desordenadas sobre el amor a Dios”, etc.) , nada dice acerca de la ocasión en que fue escrito el poema “La Puerta”, que privilegiadamente aparece en el volumen a manera de pórtico al vasto y rico espacio de pensamientos, tan hondos como vehementes, que Simone Weil dejó en testimonio de una experiencia religiosa nada común ni fácil.
Esta mujer de excepción; agobiada, como se ha repetido tantas veces, por su sed de absoluto; fascinada ante su conocimiento de Dios y ávida de desentrañar el sentido de la desgracia, la justicia, la caridad, a partir de una visión y exégesis tan personales como dramáticas del cristianismo, pensó sobre el ser divino en términos en verdad desordenados, a juzgar por sus impetuosos escritos y, sobre todo, por una urgencia y clamor que recuerdan la voz suplicante de los grandes místicos, cuando, agobiados por la condición mundana de sus cuerpos, sintiéndose vencidos o faltos de fuerzas para resistir las seducciones del mal, demandaban de su Dios la muerte, pensando así que el alma se liberaría definitivamente de sus ataduras a la tierra (el reino de este mundo). Pertenece a la tradición cristiana, en efecto, considerar l mundo conocido como ámbito provisorio, lugar de tránsito donde seres, relaciones y cosas apenas son ensueños, ya que “este mundo es la puerta cerrada y al mismo tiempo el tránsito” (S. Weil – “Cuadernos”).
“Aperit e mihi portas justitiae” : “Ábreme las puertas de la justicia”, texto del Salmo 118 (19-20-24-25-26) sobre el cual Dietrich Buxtehude compusiera una de sus más hermosas Cantatas, expresa esta idea del portal, o mejor , del umbral, que tan obsesivamente llevó a Simone Weil a escribir “La Puerta”, poema en verdad de los más turbadores de la literatura mística.

“Ábrenos pues la puerta y veremos los huertos,
beberemos su agua fresca donde la luna ha dejado su huella
Arde el largo camino hostil a los extranjeros
Erramos sin saberlo y no hallamos lugar en ninguna parte”.

El Cuarteto se inicia con las implorantes palabras de un verso cuyo final se refiere al goce de la visión de los huertos, que presumiblemente forman parte, en la imaginación de la autora, del ansiado paraíso perdido, para concluir afirmando nuestra condición de extranjeros, de criaturas de ambulantes sobre una tierra (o mundo) que arde y nos resulta hostil. Las restantes estrofas revelan todas las angustiosas mudanza del alma impaciente, condenada a sufrir en su impotencia y en su sed divina:

“Queremos ver flores. Aquí la sed nos domina.
Vednos ante la puerta, esperando y sufriendo
la derribaremos a golpes si es preciso
Presionamos y empujamos,
pero el obstáculo es muy sólido”

“Hay que quedarse extenuado, esperar y mirar en vano
Miramos la puerta; está cerrada, inexpugnable
Fijamos nuestros ojos en ella; lloramos por el tormento;
la vemos siempre; el peso del tiempo nos agobia”

“La puerta está ante nosotros;
¿de qué sirve desear?
Más vale irse y abandonar la esperanza
Nunca podremos entrar. Estamos cansados de verla …
Al abrirse la puerta dejó pasar tanto silencio”

“que no aparecieron los huertos ni flor alguna;
sólo el espacio inmenso donde reinan el vacío y la luz
surgió de pronto por todas partes, colmó el corazón”.


 

Extraído de POESIA No. 16 | enero – febrero 1974 | Traducción de Teófilo Tortolero | Buenos Aires Poetry, 2019.