El infinito | Giacomo Leopardi

¿Cómo rescatar, para los lectores autodidactas del mundo, a Giacomo Leopardi, ciento ochenta años después de su muerte? La academia se ocupó de postularlo, hace ya mucho tiempo, como el máximo poeta romántico italiano. Pero se vuelve importante recordar que, durante gran parte de su vida, fue tan sólo considerado por muchos un paria noble, erúdito y sin demasiado talento. Llamado “el pesimista de Recenati”1 –pequeña ciudad ubicada en la provincia italiana de Macerata–, Leopardi fue nacido y criado en el seno de una familia católica y reaccionaria. Niño llamativamente precoz, adquirió una sólida formación humanística estudiando en la biblioteca de su padre, el Conde Monaldo; una enorme fortuna familiar le permitiría al Conde no sólo lapidarla en pocos años, sino adquirir el pequeño templo que constituiría, indefectiblemente, las bases del futuro poeta.
Desde su nacimiento, Giacomo fue ametrallado por la enfermedad: por un lado, el raquitismo, y por el otro, el mal de Pott, que le procuró severas deformaciones en la espalda hasta permitir el surgimiento de una pequeña joroba. Esto desencadenaría, además, otras complicaciones orgánicas. Debido a esta inusual cristalidad física, Giacomo consumió los días de su infancia enclaustrado, traduciendo y estudiando no sólo a los clásicos griegos y latinos, sino a los filósofos de la Ilustración y a los moralistas franceses del siglo XVII. Ya para sus trece años era consultado por traductores experimentados de toda Italia. A sus veinte compondría los que serían sus primeros versos: una poesía melancólica, de enorme sensibilidad, sería la surgida de su pluma dulce y sumamente precisa. La obra del “pesimista de Recenati” contempla no sólo los monumentales “Cantos”, sino las “Canzoni” y los “Versi”, además de sus “Opúsculos morales”, publicados en 1827. El poeta y novelista italiano Umberto Seba escribiría, a principios del siglo XX, la polémica interpetación de que su estilo nacía de la propia condición física, es decir, de su particular joroba; la poesía había llegado a ser el único espejo a través del cual pudiera verse sin herir su narcisismo.
Giacomo Leopardi pasó los últimos años de su vida en la ciudad de Nápoles bajo el cuidado de su gran amigo Antonio Raineri, quien lo apoyó día a día hasta su muerte, en el año 1837.

 

Fermín Vilela


L´ infinito

Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e rimirando, interminati
Spazi di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo, ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e il suon di lei. Così tra questa
Immensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare.

El infinito

Siempre querida me fue esta oculta colina,
y este arbusto, que buena parte
del último horizonte la mirada excluye.
Pero sentado, y mirando interminables
espacios más allá de él, y sobrehumanos
silencios, y una profundísima quietud
en el pensar imagino, donde por poco
el corazón no se asusta. Y como el viento
escucho susurrar entre las plantas, ese
infinito silencio a esta voz
voy comparando: y me recuerda lo eterno,
y la muerte de las estaciones, y la presente,
viva, con su sonido. Así en esta
inmensidad se anega el pensamiento mío:
y el naufragar me es dulce en este mar.

La seria del dì di festa

Dolce e chiara è la notte e senza vento,
E queta sovra i tetti e in mezzo agli orti
Posa la luna, e di lontan rivela
Serena ogni montagna. O donna mia,
Già tace ogni sentiero, e pei balconi
Rara traluce la notturna lampa:
Tu dormi, che t’accolse agevol sonno
Nelle tue chete stanze; e non ti morde
Cura nessuna; e già non sai nè pensi
Quanta piaga m’apristi in mezzo al petto.
Tu dormi: io questo ciel, che sì benigno
Appare in vista, a salutar m’affaccio,
E l’antica natura onnipossente,
Che mi fece all’affanno. A te la speme
Nego, mi disse, anche la speme; e d’altro
Non brillin gli occhi tuoi se non di pianto.
Questo dì fu solenne: or da’ trastulli
Prendi riposo; e forse ti rimembra
In sogno a quanti oggi piacesti, e quanti
Piacquero a te: non io, non già, ch’io speri,
Al pensier ti ricorro. Intanto io chieggo
Quanto a viver mi resti, e qui per terra
Mi getto, e grido, e fremo. Oh giorni orrendi
In così verde etate! Ahi, per la via
Odo non lunge il solitario canto
Dell’artigian, che riede a tarda notte,
Dopo i sollazzi, al suo povero ostello;
E fieramente mi si stringe il core,
A pensar come tutto al mondo passa,
E quasi orma non lascia. Ecco è fuggito
Il dì festivo, ed al festivo il giorno
Volgar succede, e se ne porta il tempo
Ogni umano accidente. Or dov’è il suono
Di que’ popoli antichi? or dov’è il grido
De’ nostri avi famosi, e il grande impero
Di quella Roma, e l’armi, e il fragorio
Che n’andò per la terra e l’oceano?
Tutto è pace e silenzio, e tutto posa
Il mondo, e più di lor non si ragiona.
Nella mia prima età, quando s’aspetta
Bramosamente il dì festivo, or poscia
Ch’egli era spento, io doloroso, in veglia,
Premea le piume; ed alla tarda notte
Un canto che s’udia per li sentieri
Lontanando morire a poco a poco,
Già similmente mi stringeva il core.

La noche del día de fiesta

Dulce y clara es la noche, y sin viento,
Y quieta sobre techos y huertas
Posa la luna, que de lejos revela
Tranquila cada montaña. Oh mujer mía,
Ya se callan los senderos, y entre los balcones
Rara ilumina la nocturna lámpara:
Tú duermes, que te abraza un plácido sueño
En tu tranquilo cuarto; y no te muerde
Cura alguna: y ya no conoces ni piensas
Las llagas que me abriste en medio del pecho.
Tú duermes: yo a este cielo, que tan benigno
Se ve a simple vista, a saludar me asomo,
Y a la antigua naturaleza omnipotente
Que me entregó al cansancio. “A ti la esperanza
niego”, me dice, “incluso la esperanza;
No brillen tus ojos más que en llanto.”
Este día fue solemne: ahora reposas
De sus juegos; y quizás recuerdas
En sueño a cuantos ojos gustaste, y cuántos
Te gustaron a vos: no yo, yo ya ni espero
Recorrer tu pensamiento. En tanto me pregunto
Cuánto vivir me queda, y acá en el suelo
Me tiro, y grito, y tiemblo. ¡Oh días horrendos
A tan verde edad! Ahí, por la calle
Escucho no tan lejos el solitario canto
Del artesano, que regresa a trasnoche,
Después de los placeres, a su pobre aposento;
Y fieramente se me estruje el corazón
Al pensar cómo todo en el mundo pasa,
Y casi huella no deja. Acá se acaba
El día festivo, y al festivo el día
Vulgar sucede, y se lleva el tiempo
Cada accidente humano. ¿Adónde estará ahora
El sueño de los pueblos antiguos? ¿Dónde el grito
De nuestros padres famosos, y el gran imperio
De aquella Roma, y las armas, y el fragor
Que se fue por la tierra y el océano?
Todo es paz y silencio, y en todo se posa
El mundo, y en todos aquellos nadie más piensa.
En mi primera edad, cuando se espera
Ansiosamente el día festivo, o después
De que éste se apaga yo, doloroso, en vela,
Abrazaba la almohada; y al atardecer
Un canto que se oía por los caminos
Muriendo a lo lejos, poco a poco,
Ya igualmente me oprimía el corazón.

¹ Leopardi sentía un inconmovible sentimiento de rechazo por este supuesta noción de “progreso”. Al mismo tiempo, la luminosidad que creía promoverlos desembocó en una pueril actitud empática del poeta hacia los demás, es decir, hacia el pueblo. Me animaría a decir que la apropiación únicamente intelectual de estas actitudes cotidianas era el motivo de su antes mencionado desprecio.


Traducción de Fermín Vilela | Buenos Aires Poetry, 2019.