Allí, donde yacen las chicas muertas | Marialuz Albuja Bayas

Quito, 1972. Magíster en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha publicado los poemarios Las naranjas y el mar (1997), Llevo de la luna un rayo (1999), Paisaje de sal (2004), La pendiente imposible (2008), obra premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador, Detrás de la brisa (2013), mención de honor del premio César Dávila Andrade, Cristales invisibles (Gammar, Colombia, 2014) antología personal, El último peldaño (2015) y Por estas voces (México, 2015). En novela ha publicado En caso emergencia (no) rompa el vidrio (Editorial SM, 2017), premio Darío Guevara Mayorga de novela, y Maura (Editorial SM, 2018). Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, italiano, francés, euskera y árabe. En literatura infantil ha publicado libros de relato y poesía. Es docente de la Universidad de los Hemisferios.


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Allí, donde yacen las chicas muertas, estoy, convertida en trozos de algo que ya no se reconoce. En trazos de algo que no es posible distinguir. El sol acaricia mis huesos expuestos, pero no los calienta porque no sigo ahí adentro para sentirlo. El calor, entonces, se desperdicia, como se desperdicia todo a la larga. Como ahora, que miro mi cuadro y el cuadro no sabe que lo miro. No sabe que observo sus diminutas manchas rojas, las grandes corolas amarillas, el borde que traga sus tallos, igual que un abismo. Porque la vida termina en abismo cuando ya no. Y eso, si queremos maquillarlo un poco, pues la mayoría de veces alcanza con un basurero, el sitio donde acabaron las cosas que perdimos para siempre, aunque lo hayamos creído imposible cuando las vimos llegar por primera vez.

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El cigarrillo quema su papel delgado
como quien huye, sin saberlo, de sí mismo.

Así, los que quisieron a mi madre se desvelan
observando cómo pierden cada chispa
cuando dejan escapar señales de humo
que su amor no fue capaz de perpetuar.

Le prenden fuego a la colilla
(por si logran incendiarle la mirada)
pero el viento puede más
y los destroza.

RESPUESTA DE LA MATRIOSHKA

Una mujer es la historia de un viejo farol que alumbra
la eterna danza de una mujer desnuda…
(Carlos Vallejo Moncayo)

Un hombre dentro de un hombre que se destapa y sale del interior de un hombre que hace siglos no ha visto la luz y se desdobla por fuera de un hombre que sabe lo que es vaciarse frente al calor de la chimenea y deja, tras su presencia, la sensación de un hombre que vuelve al pasado para encontrar el tiempo en que un hombre aprendió a llorar porque olvidó el amor en el corazón de un hombre que me buscó hasta perderse, arrastrando consigo a todos los hombres.

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El miedo me traspasaba con deleite
cuando venía el gato negro a pronunciar todos mis nombres

cuando asechaba tras de mí
para arrancarme.

Cómo volver
si ya los pájaros limpiaron las migajas del sendero
y las luciérnagas borraron su reflejo en el paisaje.

Si no ocurriese que la duda me persigue
ya ni siquiera intentaría recordar

pero la niña sin escrúpulos que fui
deja sus huellas en el fango
escupe
llora
se revuelca

mientras aquella
la de los abuelos
viene a buscarme entre las sombras
todavía.

*

Cansada de batallar
me tenderé junto al agua
para sentir cómo hundes tus manos por el orificio de mi garganta
en busca de algún tesoro.
Pero amenaza no serás
sino espejismo.
Cuando regreses, quedarán sólo las ruinas.
Habré conseguido, innecesariamente,
salvarme.


Poesía Ecuador | Buenos Aires Poetry, 2019.