Muchacha japonesa medita en el otoño | José Luis Domínguez


José Luis Domínguez. Escritor polígrafo nacido en Cd. Cuauhtémoc, Chihuahua, 1963. Es promotor cultural desde 1992, cuando funda el primer Taller literario en su comunidad. Coordinó el grupo filosófico de los Neoexistencialistas y el taller literario “Scripta manent”, hoy llamado “Octavio Paz”. Ha coordinado los talleres literarios en las ciudades chihuahenses de Jiménez, Delicias, Guerrero. Ha fundado, coordinado y sido colaborador de varias revistas literarias del norte de México. Ha coordinado talleres de literatura infantil en su comunidad y talleres de lectoescritura para niños en diversas escuelas de educación primaria. Ha ejercido la traducción literaria en obra de Thomas Stearn Eliot, Paul Valéry, Guillaume Apollinaire, entre otros autores.
Ha publicado: “Jonás”, 1996; “Quinteto para un pretérito”, 2000; “El jardín del colibrí”, ensayo literario, 2002; el poemario “Los dedos en la llama”; crónica y memorias “El Barrio Viejo de mis recuerdos”, 2006. El libro “Diez leyendas de Cuauhtémoc”, 2007, entre otros.
En 1999 recibió la mención honorífica en el Premio Binacional de Poesía Pellicer-Frost, en Juárez, Chihuahua. En 2000 recibe del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, la beca David Alfaro Siqueiros, como “Creadores con trayectoria”. En 2001, el Premio Chihuahua; y con “El amor destruye lo que inventa”, el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2007. En el 2011 consigue la Beca David Alfaro Siqueiros en la categoría de rescate de tradiciones y memoria cotidiana. 


 

MUCHACHA JAPONESA MEDITA EN EL OTOÑO.

Heráclito de Éfeso y Zenón de Elea parecen coincidir ante esos hermosos ojos de (alcancía,
precisamente ahora que la humedad de la tarde y las aguas gélidas del río Saint Laurent
comparten y entremezclan la dureza de un imponente gris metálico, aquí, en
……………………………………………………………………………….Montmorency.
A dos millas de distancia, desperdigados árboles y un cielo —igual de grises, ambos—
se difuminan en una leve, casi imperceptible, bruma.
Ante sus pies de infausta y anacrónica geisha y de princesa de eterna primavera,
la grava y las piedras, al borde del río,
son también de un gris cobalto que hace juego con sus medias.
Sus zapatos, su bolso de mano y su listón en flor que adorna su sombrero blanco
son de un luto ceremonioso
igual que su costumbre de inclinar continuamente su grandeza
en un acto verdaderamente humilde con sus semejantes.
Veo su cuerpo frágil —silente escultura en línea vertical— y lo comparo entonces
con la dulce caña que, al semidoblarse, casi milagrosamente,
le permite al viento hacer con ella la música del alma que armoniza el universo.
Una tira de lana, estrecha y larga y guinda,
cuya calidez rompe todo ese conjunto frío y rígido del mundo en Montmorency,
parece brotarle del pecho como una flor de sangre y cae sobre su espalda
sobre su elegante sobretodo blanco.
Qué lejos han quedado las terribles palabras de la abuela hablándole del holocausto,
qué lejos han quedado Hiroshima y Nagasaki aquel seis y nueve de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco, a las ochocientas quince de la mañana,
los cuatro mil kilos desplomándose y estallando a seiscientos metros de altura,
y su lento y altísimo,
y su alto y hondísimo hongo de átomos mortales que alcanzó los cuatro mil grados centígrados
que en las pesadillas de su segunda infancia veía repetidamente alzarse ante sus ojos;
la abuela te contó lo decepcionante que había sido entonces
escuchar por vez primera en la radio, el día quince,
la voz del emperador aceptando los términos de la rendición.
—¡Fue— dijo la anciana hibakusha, casi cortándosele la respiración, dejando el laúd de tres cuerdas a un lado— como si dios doblase las rodillas!
Y pensar que soldados jóvenes y valerosos habían muerto por combatir
bajo las órdenes de ese oriental hito de héroe llamada Hiro Hito, quien había exclamado:
—¡En realidad, también yo soy un mortal!
Qué remota la tierra de su sol naciente,
y qué oculto tras el matorral nuboso ha quedado ese otro sol crepuscular
que el otoño resguarda en Montmorency.
¡Ahh, Montmorency! ¡Ahh, inmenso río Saint Laurent!
¡Tienen el ritmo y la belleza, y un sentimiento de nostalgia, y de tristeza en esta tarde!
Aquí, a orillas del río Saint Laurent, en Montmorency, de Quebec,
se refugian e intercalan las imágenes como un hermoso palimpsesto
en el que se hermanan el río y la flecha metafísicos,
la inmovilidad de una estatua y el soplo mágico del viento,
el pasado que emerge con renovados bríos como un iceberg
y el presente que a la vez a cada instante se hace nuevo y se envejece.

CIRCA 97 d.C.

La raíz del primitivo y sosegado anzuelo de la luz
se dejó seducir por el agua más oscura de todos los océanos,
y germinó al resguardo de otra raíz mucho más profunda,
el agua ciega las condujo a ambas a lo largo y ancho de ese litoral de peces abisales.
La luz retuvo los peces un instante
junto al temblor de su encubierto y subterráneo resplandor,
de pronto,
la partícula vibrante se convirtió en partícula brillante.
El magma enardecido, las ondas piroclásticas,
esculpieron entre la penumbra la eterna sombra de una rosa vislumbrada en sueños,
un insecto diminuto se sumergió en el río de magma y lava de la noche
para completo regocijo de los antropólogos que nacerían varios siglos después.
Así, en esa noche de Pompeya,
la lámpara convertida en lámpara reflejó la agonía y el éxtasis de un lirio acuático
al pie de una enredadera,
imprimió su sangre en la pared con sangre iluminada,
y la última sima de fuego persiguió inútilmente la otra cima,
y se detuvo un instante —que ya parece eterno—
en el rastro de una nube que fue a la vez relámpago y tormenta.
“Celarum, el tracio, hace suspirar a todas las mujeres”.
No aleteó esa vez, de Dios, el espíritu sobre las aguas,
sólo las diez billones de toneladas de lava, ceniza, piedra pómez y el silencio…

Versos melancólicos de Antonio Nogueira, alias Fernando Pessoa, prisionero de sí mismo

Entra la luz en diagonal
……………………………………por mi ventana
como en aquellos cuadros de los santos
que contemplé en los vitrales de alguna iglesia antigua
y cae
…….regocijadamente
………………los olanes de la sombra.
De tanto oír penumbras, las palabras, se me van cayendo de los ojos.
Allá afuera
———–en la calle del romero
los inmóviles raíles paralelos del tranvía que aún no pasa.
La vida no es sino un juego amoroso entre las sombras y la luz.
La vida es muchas vidas que se van dejando abandonadas, una a una,
en el baúl de tiempos ancestrales.
Vivir es olvidar
vivir es recordar que el olvido es la otra promesa que se cumple.

Lamer el mármol de las horas
la sal desperdigada en el cristal del aire.
La noche ya coloca en las cornisas sus andamios invisibles.
Se arrastran, se cuelan, sigilosos, a través de las rendijas,
en esta habitación del polvo,
los fantasmas.


Poesía México | Buenos Aires Poetry, 2019.