La reserva | Víctor García Vázquez

Víctor García Vázquez (Escuintla Chiapas, 1975) es Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y Maestro en Literatura Mexicana por la misma universidad.

Ha publicado Mujer de niebla (Premio Nacional de Ensayo 2001); Raíces de tempestad, (Editorial Daga, 2001); Tejidos, Lunarena-BUAP (2003) y Tajos, Editorial Versodestierro (2011). Es autor de varios libros de texto de nivel superior y medio superior.

Entre otras antologías aparece en: Puebla, la ira de Dios, (Secretaría de Cultura de Puebla, 1999), Espiral de los latidos: poesía joven de la zona centro del país (Fondo Regional para la Cultura –CONACULTA, 2002), Sirenas y otros animales fabulosos: antología poética (Poesía en el andén, 2006), Miscelánea erótica (BUAP, 2007), La luz que va dando nombre: veinte años de la poesía última en México (Secretaría de Cultura de Puebla, 2007); Vértigo de los aires. Poesía Iberoamericana (CONACULTA Secretaría de Cultura del Distrito Federal 2009) Un manojo de lirios para el retorno, (UNICACH, 2016);

Es coautor de los libros de ensayos: Aristas, acercamiento a la literatura mexicana, (BUAP, 2005). Caminatas nocturnas (Instituto Chihuahuense de la Cultura, 2016), Hablar de poesía, (Blanco móvil, 2016), Antología del ensayo moderno en Chiapas: esbozos de una historia cultural (CONECULTA, 2018) y Una tradición frente a su espejo, Estudios críticos por los 50 años del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (Instituto Nacional de Bellas Artes, 2019).  Es docente de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la BUAP.

La reserva

A desierto suena el nombre de tu aldea,
sonido grave y prolongado, páramo que percute
al ritmo de la pulsación de la tortuga terrestre;
siete sílabas electromagnéticas que inducen a pronunciarlo
una vez y otra como las ondas cerebrales
que se golpean contra las grandes rocas
pero nunca pierden su persistente tambor de desierto.

(ORTIGA)
¿Qué puede salvarse en un manantial desecado?
¿Qué es la salvación de lo estéril, qué lo salva?

Quizá en otros soles fue un lugar rodeado por árboles,
floresta fértil donde habitaban los sueños
y corría un enorme río con caudales de esperanza,
pero lo bello también se erosiona, se abre y polvorea
y al final sólo queda un árbol seco como faro para los viajantes
y en la comarca lagunas devastadas por la sed y por la sal.

Se entiende el sonido hueco, sordo, seco de tu aldea,
¿pero qué lo salva, insisto, dónde su espíritu salvador?
¿O es que la significación es el único hábitat
o la única reserva donde permanece la belleza?

¿Qué decís vos, vecina de la orquídea y de la ortiga, qué los salva?

(SALVADOR)
Los árboles muertos a veces se vuelven nido de epífitas:
las bromelias (prodigio del desierto) hunden su fertilidad en lo estéril
para salvar lo seco e incendiar las noches solitarias.
Vos estás floreando en ese árbol yerto de tu aldea.
Vos, flor monumental que abre su canto temporal
para que vengan los polinizadores a aspirar tu cáliz,
a esmerilar tu estambre, a eros-ionar tu estigma,
a liberar tu angiosperma, a germinar tu edad.
Tu sed quise decir, pero se adelantaron los años.
Vos, floración que contradecís el nombre de tu aldea.

Bromea tu cabello arrosetado de bromelias.

(MIL KILÓMETROS)
Después de muchas curvas, de lamentar por caminos cerrados,
de errar por cumbres donde apenas da vuelta el agua,
conduje con la boca sin miel, con los ojos sin párpados,
con la espina dorsal como huella de pez petrificado
y con los pies y las manos artríticas, anestesiadas;
pero cuando la señal confirmaba la ubicación de tu aldea, bajé el cristal
y saqué la mano izquierda con el pretexto de mover las articulaciones
para que el aire desinflame y alivie el dolor,
para que el viento fresco me despierte, eso dije, creo.
Pero en realidad, iba diciendo adiós a esa aldea
a su sonido de tambor desértico, a su voz apagada
y al único árbol seco que sostiene al cielo.

No al árbol muerto: a la flor que lo desanestesia saludo.

(MAR QUE SUCUMBE)
Decir adiós desinflama,
sacar la mano por la ventanilla y ramonearla
como si fuera la única planta viva
en este horizonte baldío;
arrojar el dolor como su único espejismo,
dispersar sus cinco semillas, sus cinco sentidos.
Golpear con las yemas el tambor del viento.

Decir adiós da sombra y calma.
Decirle adiós a ese parche de piel destemplado
a esa caja sin bordones, sin muelles
para sacarle su sonido hueco, rizomático,
el ritmo inexorable que nos indica la marcha.

Decir adiós con la misma mano que nos une
es sincopar el latido sobre la piel dormida.
Decir adiós con el redoble de una mano
y ver cómo el silencio se desgrana
frente a un solo de Deff Lepard.

(NO SOLO SOY UN FRAGMENTO)
Las curvas tienen forma de círculos que no concluyen,
signos de interrogación que se abren y se cierran,
manos artríticas que nunca se despliegan ni para despedirse.

Las curvas son corazones rotos de neblina:
ofrecen su ápice mortal para que el conductor
………………………………………………………….cambie bruscamente de carril
para salvarse o para encontrar más pronto
…………………………………………………………el precipicio.

Las flechas que señalan las curvas no llevan a ninguna parte
sólo atraviesan ¿o son la junción? de nuestro miedo.

Las curvas dibujan los pedazos de Dios
que mutiló la sierra de la desesperanza:
fragmentos sagrados para armar el puzzle de nuestro vacío.

Los precipicios y la neblina de las curvas
provocan tanta sed que uno es capaz de bajarse a tomar agua
en los cráteres que almacenan rocas calizas habitadas por la ira.

(ÁRBOL A ÁRBOL)
Decir adiós es percutir el recuerdo.

(GIRASOL QUE CRECE)
Busqué mi rostro en el espejo de la laguna.
Sólo me respondió un puño de sal
y dos soles sin párpados
que se curvan en el fondo de las aguas.

(ESTRAGOS)
El hermoso filo solar de mi machete
adiestrado para desmontar la selva y los manglares
nada tiene que cortar en este lugar desértico,
no hay hierba que le estorbe ni camino que haga falta;
pero lo levanto con fuerza y determinación
para darte el adiós que mi mano insomne no puede.

Mi rostro se refleja completo en la palma curva
y al agitarlo se vuelve un girasol que te ilumina.
Su filo mortal me dice que nunca hay adioses definitivos
y esa frase la escarifico en mi antebrazo izquierdo.

(SIN COMPARATIVOS)
Vos, en esta reserva estéril, no sos lo bello
que sólo ornamenta la aridez para salvarla.
Vos no sos una santa que quiere salvar lo seco con sus lágrimas.
Vos sos lo único verdadero.

(SECO)
Bromelia tu sonrisa en esta línea.

(ORAR Y BENDECIR)
Con un poco de sol y humedad crecen las bromelias,
renacen las siemprevivas y despierta el musgo que crece en el corazón.
Vos sos la reserva en la tierra baldía.
Mi cabeza humilde se inclina
para recibir el agua bendita que llovizna tu saludo.

Caen las pequeñas gotas en mi piel inmarcesible
y provocan un sonido grave de tambor chamánico
que me desconectan del ambiente cotidiano
para sumergirme en una frecuencia atemporal y calma.

Me desdoblo y me sumerjo en espirales sinestésicas,
como una fotografía de dos pies frente a la piel del lago
que no saben si dejarse caer a plomo y hasta el fondo
o sólo quieren romper la quietud con un redoble.

(al final)
Un árbol seco, un girasol y una bromelia: tu esencia.
Un lago de sal y un machete: mi rostro azurumbado.
Un tambor chamánico y un camino de curvas: diálogo que persiste en silencio.

¿O todo debe fluir en sentido contrario?

(RESERVA)
Vos no saliste del salitre, pero tu recuerdo escalda mi lengua
y mantiene por siempre viva mi piel.

Formas de pronunciarte

Nunca he sabido con precisión cómo se pronuncia tu nombre,
porque cuando lo escribes, cuando lo dictas o cuando te invocas,
tú misma contribuyes a la ambigüedad prosódica.
Las tres sílabas se articulan de manera distinta en quien llama
y por eso no importa cómo lo escribas o cómo se escribe originalmente,
sino qué intenciones subyacen en cada acentuación.

Yo no me ocupo de la filología de tu nombre,
porque prefiero, cuando estoy frente al papiro livio de tu piel,
indagar las múltiples formas de su espacio tonal.

Lo expreso grave cuando apenas comienzo a recorrer
los bordes de las tersas láminas que se pliegan al contacto de mi vaho.
Lo divido en sílabas, en fonemas,
y lo escribo insistentemente con la tinta de mis besos
para que el acento recaiga en mi pronombre personal.
El ápice de mi lengua y el pistilo de mis dedos forman largas planas,
donde una y otra vez su acento grave,
me repite en su sílaba de en medio.
(ay la bilabial con su complejo de lactante,
ay la grafía que emula nuestras manos entretejidas,
ay mi lengua, espeleóloga en las grutas de una planta acuática)

Tu respiración me muestra que ése es el compás de tu nombre,
porque tu cadencia anfíbraca alterna el suspiro y los gemidos,
el silencio y la turba, el metal duro y Arvo Pärt,
el descenso de tus caderas átonas y el ascenso de tu pubis tónico.
Breve, largo, breve. Bebe, lago, bebe.
Mi tilde se posa en medio para asegurar tu sonido intenso.
(ay mi pronombre que se deleita en su reflejo especular,
ay el somorgujo de mis dedos y mis labios pulpos
que liban tus matices líbanos y palpan la patria de tu pulpa)

Frente al rollo de tus papiros, soy sereno amanuense,
que ara y besa tus fonemas arabescos,
pero viene inevitable la agitada dicción,
la letra trémula y las sílabas serpenteantes,
las serpientes silbantes acuáticas
que se deslizan en los humedales de tu página de en medio;
y entonces ya no puedo silabear
sino sólo salivar tu nombre antidactílico.
Ahora, date cuenta, sólo puedo acentuarlo en agudo.

(aunque lo escribe, tu primera sílaba nunca dice que pare,
ay la ambivalencia velar y palatal de tu primera letra;
ay sordomuda, que repites mi escritura apretando los dientes
y solo en golosa glosolalia expresas tu goce)

Y tú confirmas que es así, que también se dicta así.
Así en agudo, grave, esdrújulo, en agudo, así.
Que puedo dejar dos espacios inacentuados, así
para luego precipitarme con fuerza en la última sílaba, así
que ya no despliega mi pronombre, pero en cambio alude al dativo, así
Ahora la sílaba de en medio sólo aspira al posesivo, así
pero el fonema final lo enrollas en la lengua, lo asfixias, así.
(Ah, la sibilina sílaba sobre la raíz de los dentales,
ahh, la última vocal que a veces desfallece aspirada,
ahhh, las laterales sobre las cavernas húmedas,
ahhhhhhh, las sonoridades sobre tu última sílaba que pende)

Ya me falta la saliva para el etéreo deletreo, ya el cálamo se calma,
pero amanuense acudes presta a derramarme tus licores
y entonces nos sobra tinta para volver a escanciar,
para borrarlo todo y recomenzar el silabeo, el silabario,
(espoleo el espeleo porque no es mi lengua,
mi única patria es tu piel y aquí sólo hablo en castizo)

Esta caligrafía nos muestra que toda palabra es fluctuante,
que toda unidad rítmica es relativa;
y que la búsqueda de la sílaba espiratoria
es lo único que fortalece nuestra respiración,
porque nos da cadencia, candencia, anagramas, calambures;
el abecé nos arroja a la cumbre del precipicio
y en plena caída reconozco tartamudo y ciego,
que ya no puedo pronunciar ninguna de tus sílabas.

En el paroxismo siento que debes ser paroxítona,
(¿se siente, es decir, lo que se escribe se siente?)
pero la falta de oxígeno me susurra que eres oxítona.
(¿se vale la cacofonía, la rima esdrújula, se vale?)

Mientras me das la espalda, digo, mientras trato de escribir por ambos lados,
me reconozco iletrado, ágrafo, pero nunca apátrida.
He dicho que reconozco mi patria.
No importa ya este asunto de gramática, solo nos importa la duración.
Sólo buscamos ya la cima de intensidad y la función culminativa.

Dejo por un momento el códice que he escrito sobre tu papiro,
contemplo cada uno de mis análisis fonéticos.
Reconozco: no me convence esta precipitada prosodia
y siento que necesito intentar con mayor consonancia
una nueva forma de pronunciar tu nombre.

(¿es correcto tartajear, es decir, se aprende silabeando?
ay mis complejos de iletrado,
ay mi ortografía arada, hija de mi alelada dicción,
ay a mi le tra só lo le fal ta tu pa pi ro li vio)

¿Dónde se coloca, pues, en árabe el acento?

Melusina

Hueles a recién salida del agua.
El camino de humedad que dibujas
y la cortina de gotas en tu espalda
me liberan de la red
donde me sumerge el desconsuelo y la sequía.

Vienes recién nacida de la lluvia;
mis raíces se hunden en la dicha;
y mi corteza se renueva y se derrama.

Te ofrezco entonces mi follaje.
Te entrego mis horquetas y mis cogollos
para anidar tu canto y tu vuelo,
para protegerte de los elementos.

Surges plena después del diluvio.
Y mi corazón es un estanque de anfibios
que saltan, cantan y se desconciertan.

Espérame debajo de la tormenta;
seré siempre el árbol, la raíz y el follaje
donde puedas injertarte.

Colaboración enviada por Víctor Toledo (MX) | Buenos Aires Poetry, 2020.