El Suicida | Louis MacNeice

Se llamó Thirties (también War Generation) a un conjunto de poetas ingleses de la década del 30 (Auden, MacNeice, Day Lewis), que asumió un rol activo frente a la contingencia de una sociedad en crisis, con variables colectivas dramáticas y urgentes. Este grupo era, por un lado, epígono de la Primera Guerra Mundial, con su rémora de cerca de diez millones de muertos; por el otro, antesala de la Segunda, con sus siguientes millones de vidas por cobrar.
“Los Thirties”: autores que hicieron propaganda de una poesía al servicio del socialismo [¡La burguesía tiene que esperar un poco de dolor, una penitencia!].
A. T. Tolley, en THE POETRY OF THE THIRTIES, sencillamente decía hacia 1975: “Un cambio que está asociado en los nuevos poetas de los años treinta: la aparición de una preocupación por temas políticos”.

Louis MacNeice nació el 12 de septiembre de 1907 en Belfast, Irlanda. Asistió a Oxford, donde se especializó en clásicos y filosofía. Como muchos poetas ingleses modernos, MacNeice encontró una audiencia para su trabajo a través de la radio británica. Algunas de sus obras más conocidas, como Christopher Columbus (1944) y The Dark Tower (1946), fueron originalmente escritas para la radio y luego publicadas. Murió el 3 de septiembre de 1963, justo antes de la publicación de su último libro de poemas, The Burning Perch. Tenía 55 años de edad.

El Suicida

Y ésta, señoras y señores, a quienes no estoy guiando en realidad,
era su oficina hasta hace un rato,
este hombre del que nunca oyeron hablar. Ahí están las facturas
en la bandeja, la ceniza en el cenicero, las carpetas grises
apiladas contra él, los archivos en serie,
el jurado de su correspondencia sin responder
dormitando bajo el pisapapeles en la brisa que llega
desde la ventana donde se lanzó; y aquí está el receptor agrietado
que nunca reparó y el bolígrafo con su último dibujo
que podría ser su propia úlcera intestinal o el laberinto de flores
por el que había vagado exquisitamente hasta que tropezó
sorpresivamente con una alcantarilla bajo las malvarrosas,
consciente, al fin, de todas sus carencias. La punta del bolígrafo
obviamente se había roto, aunque, cuando abandonó esta habitación
mediante un salto felino o un simple acto de desaparición,
para quienes recién lo conocieron por el desastre en la calle
este hombre con tímida sonrisa dejó atrás
algo que estaba intacto.

THE SUICIDE

And this, ladies and gentlemen, whom I am not in fact
Conducting, was his office all those minutes ago,
This man you never heard of. These are the bills
In the intray, the ash in the ashtray, the grey memoranda stacked
Against him, the serried ranks of the box-files, the packed
Jury of his unanswered correspondence
Nodding under the paperweight in the breeze
From the window by which he left; and here is the cracked
Receiver that never got mended and here is the jotter
With his last doodle which might be his own digestive tract
Ulcer and all or might be the flowery maze
Through which he had wandered deliciously till he stumbled
Suddenly finally conscious of all he lacked
On a manhole under the hollyhocks. The pencil
Point had obviously broken, yet, when he left this room
By catdrop sleight-of-foot or simple vanishing act,
To those who knew him for all that mess in the street
This man with the shy smile has left behind
Something that was intact.

Louis MacNeice, from The Collected Poems of Louis MacNeice.  Copyright © 1967 by Louis MacNeice| Traducción de Rodrigo Arriagada Zubieta para Buenos Aires Poetry, 2020.