Seamus Heaney | Víctor Manuel Mendiola

Desde cierta perspectiva, podríamos decir que en Heaney hay un materialismo espiritual o, a la inversa, que en Heaney hay un espiritualismo de la materia y que esta manera de ver el mundo, tan crasa y gaseosa, es el primer obstáculo que tenemos que saltar para comprender su universo y para abrir la clave de sus versos.

Aunque Seamus Heaney (Condado de Derry, Irlanda del Norte, 1939 – Dublín, Irlanda, 2013) fue un conocedor de la literatura y de la poesía en lengua inglesa, traductor y académico (no hay que olvidar que durante muchos años trabajó en varios colegios y universidades), era al mismo tiempo un hombre profundamente vital y humano. Cuando leemos sus poemas aparece ante nuestros ojos la existencia con sus pantanos, cultivos bajo la lluvia, guerras, ceremonias de unión y desunión, utensilios de labranza y conflictos amorosos. Todo en la poesía de Heaney respira el increíble detritus de la existencia. No en balde, uno de sus libros se llama Viendo cosas (Seeing Things). Ver las cosas, las que están inmediatamente ante nuestros ojos, pero también las que se ocultan. Ver las cosas del cuerpo y ver las cosas del alma, aunque nos incomoden, aunque nos molesten, aunque pertenezcan a la locura.
Desde cierta perspectiva, podríamos decir que en Heaney hay un materialismo espiritual o, a la inversa, que en Heaney hay un espiritualismo de la materia y que esta manera de ver el mundo, tan crasa y gaseosa, es el primer obstáculo que tenemos que saltar para comprender su universo y para abrir la clave de sus versos. Quizá por eso su catolicismo tiene algo tan atrayente y nos deja entrever por qué, en medio de la enorme violencia que ha sufrido el pueblo irlandés del norte en lucha contra la corona británica, su visión del combate político no es dogmática y nos revela el destino fatal de todos los involucrados en el enfrentamiento. Así pues, la vitalidad de Heaney es avasallante, pero al mismo tiempo increíblemente honrada. Por eso, no en balde, la aguda crítica norteamericana Mary Karr, al mostrar el carácter frívolo, vacío y retórico de lo que llamamos la poesía del lenguaje, opuso, como un ejemplo de verdadera poesía, la obra de Heaney. En uno de sus poemas más reconocidos, “Muerte de un naturalista”, el poeta irlandés escribió:

Entonces, un caluroso día cuando los campos apestaban
a boñiga de vaca sobre la hierba, las airadas ranas
invadieron el dique de lino; yo atravesaba los marjales
agachado y al son de un áspero croar que no había oído
antes. El aire se espesó con un coro de bajos.
Justo al pie del dique ranas de gordas barrigas se mantenían alertas
sobre terruños; sus nucas sueltas latían como velas. Algunas saltaban:
el slap y el plop eran amenazas obscenas.¹

Heaney salta sobre las barreras morales, sociales y políticas no para hacerlas a un lado, sino para observarlas como un espeleólogo. Algo en el espíritu de Heaney nos puede recordar a Neruda, pero en realidad es muy diferente, ya que él estaba muy lejos del dogmatismo, que sí padeció el gran poeta chileno. Heaney ganó el Nobel en 1995. Podría no haberlo ganado y su obra sería, de cualquier modo, un hito en la poesía contemporánea.

¹ Traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens.

Imagen: Seamus Heaney with daughter Catherine Ann, contributing editor, THE GLOSS, at home in Sandymount.