Melodrama | Ricardo H. Herrera

Ricardo H. Herrera nació en Buenos Aires en 1949. Durante dos largos períodos, comprendidos entre los años 1976-1990 y 1992-2008, vivió la mayor parte del tiempo en provincia: primero en pueblos de las sierras de Córdoba, luego en ciudades de la costa atlántica argentina. Actualmente reside en Buenos Aires. De su poesía son representativas las muestras El espíritu del páramo. Antología poética 1977-2007, publicada por Pre-Textos en 2008, y El latido de un día, dedicado a su lírica de temática amorosa. Complementario de esos volúmenes es el breviario de prosas autobiográficas titulado En la paz de la página.
Su obra crítica está recogida en cuatro libros publicados a lo largo de los últimos veinticinco años, de los cuales hay muestras representativas en la antología A los antiguos lobos de las musas. Ensayos elegidos 1987-2012, consagrada al estudio de siete maestros de poesía del siglo XX. En Qué importa la poesía recoge sus escritos polémicos, y en Cuestión de luz selecciona y comenta a diecisiete poetas argentinos de las últimas generaciones. Publicó además varios cuadernos de traducciones: Copia, imitación, manera; Instantes italianos; Secreto del poeta. Ha traducido Naturaleza del poeta, de Mario Luzi; La amarga miel, de Gesualdo Bufalino y Por ínfimas finuras, de Emily Dickinson. Editorial Pre-Textos ha publicado en 2010 su traducción de Colores de Virgilio Giotti.

Melodrama*

Tu falo de fulgor, mis senos de aflicción…

Lacónico y de cruda desnudez,
el verso es un retrato de los dos.
Esbelta pincelada que a él le evoca
su avidez por la boca de pasión
y un verano lujoso en sexo y sol.
El fortuito equilibro de la línea
trastabilla en los puntos suspensivos.

Acertijo u oráculo, en efecto,
esos senos no anuncian nada bueno.
¿Qué ocultaba su pecho? Ella recita:
“Me excitaban lo exótico y lo rudo,
la violencia secreta de entregarme
a lo desconocido y poseer
el dominio del otro en el placer.”

Estarían sitiados –rumió Jouve–:
el sumiso y la sádica, dos prófugos
mutuamente atraídos por sus sombras.
No obstante ese atenuante favorable,
los condena el presente a ser fantasmas.
Sólo queda el silencio y un bufón
que ríe junto al fuego, socarrón.

El fuego es elemento del infierno
y en todo melodrama hay un bufón.
Lo encontramos en Shakespeare y hasta en Yeats;
y –sorprendentemente– en Don Antonio,
el amante de Soria y de Leonor.
¿Un Machado menor? Habría que ver
ese estilo tardío, de vejez.

Yo no sé por qué razón,
de mi tragedia, bufón,
te ríes… Mas tú eres vivo
por tu danzar sin motivo.

Intentar descifrar al ser amado
y a aquello que le mueve es un peligro
del que no sale indemne el analista.
Él ya ha olvidado, dice, pero agrega:
“Recliné mi cabeza en esos senos;
todo mi ser y toda mi poesía
encontraron la paz en esos senos”.

* Melodrama. “Tu falo de fulgor, mis senos de aflicción…” Cf. Pierre-Jean Jouve, La putain de Barcelone. Para la estrofa de arte menor en bastardilla: Cf. Antonio Machado, Campos de Castilla, CXXXVII (“Mi bufón”).


Poesía Argentina | Buenos Aires Poetry, 2020.