Las ventanas amarillas & otros poemas | Francisco Marín Naritelli

Francisco Marín Naritelli, nacido en Talca, 1986. Periodista y Magíster en Comunicación Política de la U. de Chile. Autor de varias publicaciones en Chile y el extranjero sobre temas tan variados como el voto voluntario, la cultura de masas, la racionalidad médica y los programas de televisión, la eutanasia y el fútbol como imaginario en el cine.

Autor del poemario Otoño (Piélago, 2014), el ensayo de investigación Las batallas por la Alameda. Arteria del Chile demoliberal (2014), la novela Desaparecer (2015) y el libro de cuentos Interior con ceniza (2018), estos tres últimos por Ceibo Ediciones. También formó parte de la antología de cuentos Todo se derrumbó (2018), editado por Santiago-Ander. En 2019 publicó el volumen experimental El perfecto transitivo (Editorial Filacteria).

Exdirector del diario Cine y Literatura (2017-2020), ha escrito en medios como El Dínamo, La Hora o radio Biobío, siendo crítico literario habitual en Ojo en Tinta y El Mostrador. Actualmente asiste al taller literario de Gonzalo Contreras, y se desempeña como profesor de Periodismo en la Universidad Nacional Andrés Bello (UNAB).

Lejano

1
Rasguño el papel por ver un día,
acaricio cada una de las consonantes,
cincelo mis tropiezos, aletargo la huida.

Las palabras, las palabras.

Olor a naftalina desde este sillón
en que voy dibujando
tantos círculos concéntricos,
serpientes que se buscan y se encuentran.

¿Dónde fui, carajo?

Ese que sale cada día con cara de nalga,
solo es mi doble inventado,
el encarcelado libre
en una estación de metro.

Ese que sale, apenas advierte
el soplo de un viento huracanado.

2
Melancolía, melancolía,
aúlla la soga y el decoro,
la mufa y la tarjeta postal.

Melancolía, melancolía,
este es un cuarto oscuro
donde habitan los penitentes
y no los herederos.

Si tal vez un sombrero de ala ancha
o una mochila para acampar.
Si tal vez todas las flores apiladas,
pero no hay caso, Virgilio,
no es posible cubrir la noche.

La noche es total (insisto).

Aquí, una canción de Silvana Di Lorenzo.

de Aguante!, inédito (Editorial Filacteria, 2021)

Así éramos nosotros

a Garganta y Huaso

Así éramos nosotros,
juntando un poco de hollín en los vasos,
aun de ternos y corbatas,
y acaso había esperanza por ese futuro
largo y todavía remediable.

El cuerpo era un montón de noches.
No había canas ni tantos compromisos.
Nadie sabía de planisferios
y cartas de navegación,
apenas almorzábamos
en comedores sociales.

¿Y qué quedó de todo eso?
¿Y qué quedó, salvo esta amistad
a prueba de frío y cortaplumas?

de Aguante!, inédito (Editorial Filacteria, 2021)

El acróbata

No hubo razón sino para reconocerte,
lleno de pájaros, entre dos montañas
cubriendo las nubes.

No alcanzaste a contemplar las súplicas.
No alcanzaste a respirar
entre estaciones de infinito,
entre huidas rotas.

¿Cuál era el aire que formaba
árboles crecidos en los pensamientos?

Las mansardas, allá abajo.
Las muertes, allá abajo.

El mar te golpea los oídos,
el corazón al viento
en un segundo, oscurecido.

Aguas violentas son la querella del presente.
Días iguales no podrías encontrar.
Pero la antorcha
no encendida ni extinguida,
el escarabajo inoxidable de la fatiga,
rompe la soga y echa a volar.

Terco precipicio llegará.
El viento no podrá.
De pronto unos pies enredados,
sueños desesperados.

Pierde las raíces,
……………………ronco
…………………………cuerpo
…………………………..en
…………………………………….caída
………………………………………….libre.

de El perfecto transitivo (Editorial Filacteria, 2019)

Vuelve el ayer

I
Los relojes han detenido su procesión secreta.
El tiempo borra la angustia de las palabras.
¿Quién atraviesa las sombras
bajo la venganza del otoño?

Es un abrupto cesar de latidos.
Un paraguas cubre la noche, pero la noche
ya ha cubierto la vida que ya no será
más que nada sobre estas paredes.

¡Oh paredes roídas!
El verde salvaje las ha roto.
Y ya no queda la humedad de las risas,
salvo la franca permanencia
de la melancolía.

Ha llegado. Ha llegado.
Irrumpe la hostia negra y sola.
Es una botella ennegrecida.

II
1955.
Era la madre.
Era el pequeño hijo junto a un violín
en el vientre de la madre;
y tras sí, el rocío, lo inmenso,
ojos abiertos.

Ojos abiertos para defender el alma
en el patio crepuscular.
Los críos juegan para crecer,
libres de silencio, corriendo,
trastabillando,
corriendo.

La tregua la da la blanca luz,
el mantel, los platos.
El comedor se yergue, alargado,
altanero
como un señorito francés.

¡Venid! ¡Venid!
Y los críos arrastran la tierra
en sus manos.
Y la criada dicta el prontuario
y retrocede.
El padre los observa, con un gesto severo,
pero el vino sabe de estas cosas
y sonríe desde el gran estante.

Es el día de Nuestra Señora.
Vuelve el ayer.

III
En el largo trecho de las sombras,
las pisadas retornan
a la muerte dormida.
Y ya no es el vino derramado
ni el comedor lleno de raíces trémulas.
Ni el silencio.

¡Oh paredes roídas!
¿Quiénes os abisman?
¿Quiénes os corrompen?
Son las pisadas abyectas que el viento
no podrá retrotraer,
definitivas como las piedras del futuro
en la condena de los herederos
que el viento no podrá borrar
desde ayer.

de El perfecto transitivo (Editorial Filacteria, 2019)

El lenguaje cifrado

Toca tus manos,
como si de ellas naciera lava fecunda
y en ellas viviera, en cada mañana de cada día,
una que otra hoja pura de silencios.

Toca tus manos y luego las mías,
porque del lugar donde han caído
las cosas que a menudo pierdo,
tú recoges mi vida
y son precisamente tus manos,
tu piel desvestida, humana,
junto a mí para jugar con mis cabellos
como un pececito
y yo junto a ti para tocarte, poco a poco,
como emergido del viento.
Tú eras frágil y te siento toda entera,
necesaria.

Este es nuestro lenguaje:
ves como saltan dos leves cordilleras
como dos flores pequeñas.
Son tus pechos aliados, allí donde nacen
tus manos, profundas raíces,
como para despertar en ellas cada día,
como para no reconocer otras aritméticas,
otros caminos.

Allí nacerá sin duda el beso.
Que por cada tacto de tus manos
vengo conversando de tus labios,
saliva fragante en ese beso
como un dios que sonríe
con una lágrima.

No quisiera despedirme todavía,
todavía no quisiera,
pero que hallada sea la noche
levantada en tus ojos
y abierta sea la costura de tu corazón,
que la vida todo lo permite y todo lo adelanta
en vastos fuegos infinitos.

Toca tus manos, muy rápido
y destruye la inmovilidad de las aguas.

Toca mis labios, despacio
como si no estuvieras,
despacio y más despacio, como un pez solo,
y búscame, búscame después del mar.

de Otoño (Editorial Piélago, 2014)

Las ventanas amarillas

Miro al cielo, quizás bastará
un daguerrotipo
o un silencio de campana.

Miro detrás.
Solo siluetas nos recordaron.
El que fue hace mucho,
ya no será jamás.

El cuerpo no es otro.
Pero ha cambiado la palabra.

Escribo:

«Ya no se está llorando, quizás
de otra manera más imperceptible».

Cabe el desinterés por las mismas cosas.
Adiós, le oí decir.
Adiós al té con manzanilla, al pavor
por los mariscos.
Adiós a los que no aguardaron,
a esa ola de sangre y tantas piedras.

Adiós, también me oyó decir.

Recomendaciones prácticas:

Cuando ansíes recorrer esta gran ciudad
cuida de observar detenidamente
esas ventanas amarillas
donde alguien quizás mire al cielo.

de Otoño (Editorial Piélago, 2014)

Poesía Chile | Buenos Aires Poetry, 2020.