Cinco poetas del grupo surrealista de Tenerife, España (1931-1940) | III: Emeterio Gutiérrez Albelo

Emeterio Gutiérrez Albelo nació en Icod de los Vinos (Tenerife, España), el 17 de agosto de 1904, aunque él siempre señaló que su fecha de nacimiento había sido el 20 de agosto de 1905. Fue hijo de Emeterio Gutiérrez López, cronista y director del periódico de su ciudad natal La Comarca. Realizó sus primeros estudios y cursó Magisterio en La Laguna. Desde muy temprana edad sintió la vocación pictórica, aunque después se inclinaría por la literaria, a través de la poesía, a la que dedicó gran parte de su vida.

Sus primeros textos publicados en revistas, periódicos e inéditos poseen un estilo romántico y neomodernista. Sus inicios literarios más relevantes se remontan a 1924. Algún tiempo después colabora con la revista Hespérides, junto a sus compañeros de generación Eduardo Westerdahl, Pedro García Cabrera, Domingo Pérez Minik, entre otros.

Su primer libro publicado data de 1930: Campanario de la Primavera. Dicho año, en La Gaceta Literaria, Agustín Espinosa llegó a subrayar su claridad y su contemporaneidad. En este volumen se puede observar su herencia romántica y simbolista. De 1933 es Romanticismo y cuenta nueva. En él ya la influencia del surrealismo está muy presente, en especial, en la parte titulada «el rincón de las figuras». Su siguiente paso literario será una cima del surrealismo hispánico: su poema dividido en 26 fragmentos y titulado Enigma del invitado (1936).

Emeterio Gutiérrez Albelo también formó parte del equipo de redacción de Gaceta de Arte, que publicó los dos últimos libros señalados. De todos los autores surrealistas de este grupo con quien realmente tuvo gran afinidad fue con Agustín Espinosa, quien se podría considerar su maestro literario. Sobre este escribió varios textos con vocación crítica y poética, como, por ejemplo, «Lancelot, 28º-7º. Un libro de Agustín Espinosa» (1929), «Tres dados de Agustín Espinosa» (1933), «Agustín Espinosa (letras a noventa días vista)» (1935), «Breve nota sobre un breve libro» (1936), el poema «Despedida de Agustín Espinosa» (1945), entre otros.

Su siguiente trabajo se tituló Cristo de Tacoronte (1944), un cambio radical de orientación hacia una poesía religiosa, con un ánimo de arrepentimiento de su pasado. Además, constituyó una manera de demostrar poéticamente su adscripción a la España franquista. De hecho, se convierte en un destacado poeta del nuevo régimen. Interviene activamente en la mayoría de las manifestaciones literarias de Tenerife y obtiene premios, honores, flores naturales, etc.

Su poesía daría un giro, entonces, sobre todo, hacia la mística religiosa (Los milagros, 1951; Apuntes para una vida de Cristo, 1969) y hacia el «patriotismo» (Geocanción de España, 1964). También publicó Los blancos pies en tierra (1951), que obtuvo el premio regional de poesía «Tomás Morales» de la Asociación de la Prensa de Las Palmas.

A lo largo de su vida colaboró con diversas revistas y periódicos: Gaceta de Arte, Índice, Alba, Gánigo, que dirigió entre 1953 y 1969, Isla, Noroeste, Halcón, Gelmírez, Garcilaso, Mensaje, Poesía Española, así como en otras importantes revistas americanas de la época, como, por ejemplo, Alma, Repertorio Americano, Intus, etc. Su obra llegó a ser elogiada por poetas como Gerardo Diego o Vicente Aleixandre.

Emeterio Gutiérrez Albelo falleció en Santa Cruz de Tenerife, el 6 de agosto de 1969. Poco tiempo después se publicaron varias obras póstumas: Antología poética (1969), Poesía última (1970), El rincón de la amistad (1971), Tenerife y el mar (1973) y Las alas del tiempo (1974).

En su libro Un «chaleco de fantasía» (1930-1936): la poesía de Emeterio Gutiérrez Albelo (1993), Isabel Castells ha señalado sobre este complejo proceso vital y creativo del autor lo siguiente: «Emeterio Gutiérrez Albelo […] participa de esta doble dirección: de una parte, es uno de los ejemplos más patéticos de la coacción franquista –su evolución personal y poética inmediatamente después del Alzamiento así lo indican– y de otra –y es esto lo que nos interesa–, constituye una figura de primera categoría en el contexto de la vanguardia insular con obras que, de 1930 a 1936, se adecúan magistralmente a un proyecto generacional que, según veremos, va del veintisietismo juanramoniano, bien que aplicado a unas coordenadas netamente insulares, al surrealismo, movimiento directamente heredado –vía Óscar Domínguez– de las fuentes originales. El problema de Emeterio Gutiérrez Albelo es que el primer hecho se ha superpuesto al segundo, provocando el más escandaloso oscurecimiento de su producción anterior a 1936, esto es –y hora es ya de recordarlo–, el hombre que acabó escribiendo poemas al Cristo de Tacoronte y renegando ostentosamente de su “pasado” vanguardista, terminó, al mismo tiempo, con el hombre que colaboró en Gaceta de Arte y que escribió dos muestras del más violento surrealismo».

Roberto García de Mesa

Selección de textos

Rapto de Greta Garbo

A Francisco Medina

Con tales dolorosos cuchillos miraba,
que –al fin– pude recortarla.
(Unas gotas de sangre plateada
cayeron sobre mi solapa).
Quedó, temblando, en la pantalla,
siluetada,
una serpiente blanca.
Libre –ya– de su prisión de celuloide,
en un languor supremo se estiró por la sala.
Sin perder un minuto,
y con limpieza prestimánica,
la atrapé por el aire, sepultándola,
en mi cartera colorada.
(¡Y era de ver a los espectadores protestando
del secuestro inaudito!
¡Pidiendo la devolución de las entradas!).

Minuto a Brigitte Helm

A Francisco Aguilar

Avanzando. Avanzando…
Con un silencio de puñal tan hondo,
tan sutil, tan helado.
Avanzando. Avanzando.
Por un cono de luz, buida sombra.
Nocturna.
Ensangrentada.
Avanzando. Avanzando
ignorante de todo. Fatal. Desmesurada.
Aserrando los robles más robustos.
Con su fija mirada.
Avanzando. Avanzando.
Con una veste de asfódelos y un collar de mandrágoras.
Avanzando, avanzando, avanzando…
Con su aliento, aquí –ya–
onda negra.
Salada.
(Sin poder detenerla,
yo, en la opuesta pantalla.
–De manera tan fúnebre encalada.
Con los brazos en cruz.
Bajo la luna mala).

Film vampiresco

A Domingo Pérez Minik

Tus ojos de Joan Crawford
yo los hice más grandes, más grandes, todavía.
Con qué crueles bisturíes te dilaté los párpados.
Y tus ojos se abrían y se abrían;
desmesurados,
en un «crescendo» blanco.
De tal forma,
que llegaron a ser dos grandes huevos
de abandono y espanto.

(Y tú, ausente, intocada.
Sin presentir siquiera
el horroroso crimen cometido
a dos metros escasos).

En Romanticismo y cuenta nueva
(Tenerife, Ediciones de Gaceta de Arte, noviembre de 1933)

***

Delantera de paraíso

Aquí, en la misma boca
de la vital caverna.
En el límite exacto
de la luz y la sombra.
Desbordando el mirar.
Rebasándome –casi–,
en activas presencias.
Vertical y aupado
en la máxima altura
auroral –delantera
de Paraíso, encima
del absurdo espectáculo.

Herméticas consignas.
Solidarios impulsos.
Soterradas angustias.
Unánimes ahogos.
Hinchando sus raíces
sobre el universal
y multitudinario
corazón de la espera.

Al fin, se abre el telón.
Y un ángel de exterminio
dispara su pistola
de mortales silencios.
Cae, sin que lo noten
las brillantes pecheras,
cae sobre la fila
primera de butacas
el Acomodador
Supremo, con su brillo
de galones
solares,
su casacón de estrellas,
sus barbas
infinitas.

Y el Ángel, con su azul
vestido de mecánico,
sus alas de petróleo,
pólvora y gasolina;
lanzándose en plongeon
sobre el caído Monstruo,
le saca a puñaladas
el serrín,
los resortes,
y la cuerda,
ya, inútiles.

En Índice, Revista de Cultura
(Tenerife, n.º 2, abril de 1935).

***

1

Me arrastran
y me sientan
a comer
en una larga mesa.
Me ordenan
que adopte
posiciones forzadas,
inútiles,
molestas.
Que escancie sin repulsas,
en empolvadas calaveras,
largos sorbos
de absenta.
Que utilice mil veces
la almidonada servilleta.
Que trague,
sin romperla,
una lunar
oblea.
Que trinche sin dolor
un sexo de doncella.
Que parta con cautela
un pastelón de tierra,
en ya no sé cuántas fronteras.
(Y que reprima sordamente
estas ansias tremendas
de tirar del mantel
y derramar toda la cena).

10

Por todas partes me seguía aquel sombrero.
Con sus metálicos reflejos.
Aquel sombrero de tan alta compa,
y, una botella de champaña, dentro.

Por todas partes me seguía aquel sombrero.
Embetunado rascacielos.
Infatigable. Terco.
Acechándome en todas las esquinas
con su mirar de acero.
O corriendo, corriendo,
tras mis talones ágiles.
Echando espuma del redondo hueco.

A veces, le seguía –de escudero–
un calcetín muy sucio,
colorado, repleto,
de libras esterlinas
–bolsín nauseabundo y traicionero–.

Entre los dos, entonces, contumaces,
apretaban el cerco.
Sentándose a mi mesa.
Reposando en mi lecho.

Inútil fue que, en galopar frenético,
saltara retorcidas escaleras
y pasillos estrechos.
Al alcanzar el piso séptimo,
ahogó mi relincho
primaveral un anillado yelo.
Y al penetrar en la risueña alcoba,
quedé parado en seco:
allí estaba aquel dúo en guardia fija,
inmóvil y siniestro.

(Al salir, tropecé y caí de bruces
en dos montones de podridos sexos).

16

Tenía por cabeza
un reloj
de iluminada esfera.
Y yo le daba vueltas,
y vueltas y más vueltas.
Con tal hambre
de estrellas
que, de pronto,
se me rompió la cuerda.
Disparada hacia arriba.
Con crispación y trote
de cometa
y, entre constelaciones destrozadas
de tornillos y ruedas.

(Al clarear, un coro
de grises barrenderas
amontonaban miles de minutos
con sus escobas viejas).

21

Todos los maniquíes de la ciudad fueron llegando,
con un estrépito de alambres y maderas.
Unos azules discos de gramófono
lucían sobre el pecho, hacia la izquierda,
clavados al nivel
de la quinta traviesa.
Los anunciaba una registradora,
rígida, de librea.
Ingurgitando tiques.
Y escupiendo tarjetas.
Iluminaban el salón enorme
mil hachones de tea,
y, posándose en rotos candelabros,
un rumor de luciérnagas.
Escondido en el carro de la basura, pude
llegar allí y colarme de rondón en la fiesta.
En el momento en que empezaban
los bailarines a autodarse cuerda.
Un zapato de plata, duro y frío,
dirigía la orquesta
de pistones y émbolos,
de palancas y ruedas.
Toda la noche estuve dando vueltas.
En una danza interminable.
Clavado sobre el sexo de una guitarra vieja.
Y la mañana abierta
me sorprendió tendido en la escalera.
Sudoroso, apagándome.
Succionando el pezón de una bombilla eléctrica.

24

Me encontraba escribiendo,
a oscuras
y en un frío aposento.
Si entraba alguna claridad, tenía
que cerrarme los ojos
para poder hacerlo.
Me servía de pluma
un partido barrote del encierro;
y de tinta, los chorros
profundos del silencio.
Me encontraba escribiendo
una carta angustiosa.
Sin dirección y sin destino ciertos.
Una carta sin nombre
y –acaso–
sin texto.

26

El invitado sin llegar.
Ay, y la mesa puesta.
Y el hambre.
Con sus lívidas teclas.
Y el techo
de la cueva.
Que se va hundiendo a toda prisa,
sobre nuestras cabezas.
Y que, al fin, nos aplasta contra un suelo
de humeantes colillas, salivazos,
y manchones de cera.
El invitado, ay, el invitado.
El invitado que no llega.
Y unos senos cortados que florecen,
al fondo, sobre una bandeja.

(Llegó, por fin, el invitado.
Con sus zapatos de charol.
Y su blanca pechera).

En Enigma del invitado
(Tenerife, Ediciones de Gaceta de Arte, junio de 1936)

Cinco poetas surrealistas de Tenerife, España (1931-1940) | Nota biobibliográfica y selección de Roberto García de Mesa | Buenos Aires Poetry, 2020.