Elvira Hernández: Tomarse la Bandera

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«Aproximar la palabra literaria a la acción implica un error: cualquier autor que se abstenga de someter la condición simbólica de su capital poético a una reconversión social (para obtener el beneplácito de la crítica oficial), puede−mediante dicha abstención− aspirar a la supervivencia de su obra después de muerta la persona autorial. Eso ha sucedido, por ejemplo, con Enrique Lihn, y me atrevo a augurar que es lo que sucederá con Elvira Hernández en su calidad de sujeto negado y clandestino, que escribe bajo peligro, pero sobre todo borrado por un lenguaje desfamiliarizado que se abre en un discurso irónicamente revelado».

“Nadie ha dicho una palabra sobre la Bandera de Chile / en el porte en la tela / en todo su desierto cuadrilongo / no la han nombrado / La Bandera de Chile / Ausente”

(La Bandera de Chile, Elvira Hernández)

Escrito en 1981, La Bandera de Chile se enmarca dentro de una serie de textos poéticos que comenzaron a circular de manera clandestina y mimeografiada en el período dictatorial de Augusto Pinochet. Doble contexto de producción: por un lado, la vigilancia militar de los desplazamientos y de las conversaciones y, por otro, la necesidad de eludir el peligro del ejercicio del poder mediante una palabra obliterada, elusiva, alusiva y crítica, inteligentemente mimetizada con el habla castrense. En un régimen totalitario — sea de derecha o de izquierda− una de las primeras operaciones que tiene lugar es el secuestro de los emblemas, de los espacios y del tiempo: se incauta la propiedad, se implementa el toque de queda, se dividen los lugares sociales, se roba la noche, se reposicionan para un bando los símbolos, se “toma” la bandera. ¿Qué se puede hacer en ese estado de cosas? Elvira Hernández reconoce que esa pregunta le “corroía” en 1973 y que si algo se podía hacer en medio de ese escenario era “balbucear”. Pienso que esta palabra clave explica de manera general los 209 versos fragmentarios y polimórficos que vemos en LBdCh, poema largo en que reconozco una especie de tanteo, un ondular vacilante, semimudo, donde el lenguaje se expande y se recoge como movido por el aire, acaso dando cuenta de la misma ligereza con que se estira o se rasga una tela, o la liviandad con la que cambia de manos el destino de un país: “La Bandera de Chile no dice nada sobre sí misma / se lee en su espejo de bolsillo redondo / espejea retardada en el tiempo con un eco / hay muchos vidrios rotos / trizados como las líneas de una mano abierta / se lee / en busca de piedras para sus ganas”. Lenguaje versátil, ondulante, ingenuo, lúdico, pero sobre todo impersonal. Ahora bien, ¿Cómo es la bandera de Hernández? Señalo algunas imágenes-atribuciones en el poema: es un travesti que “se disfraza de capuchón negro”, es el instrumento que el poder utiliza para actuar con impunidad al “levantar una cortina de humo”, y también una exhibicionista, porque “se infla su tela como una barriga ulcerada- cae como teta vieja/como carpa de circo, con las piernas al aire”, aludiendo al manoseo del emblema por parte de un sector de la sociedad. Pero sobre todo es objeto de disputa, no es símbolo de victoria, sino un elemento que en condiciones altamente ideologizadas divide a la comunidad en dos. Por lo mismo, la intención de la poeta es la de tomarse la bandera, según el epígrafe inicial que más bien es un autógrafo: “No se dedica a uno la bandera de Chile / se entrega a cualquiera / que la sepa tomar”. Tomarse la bandera desde una posición feminista implica apropiarse de ella poéticamente en tanto acto anti-bélico, asociado a los hombres. Y aquí quizás sea necesario admitir que ha sido Elvira Hernández, dentro de su generación, quien haya captado del mejor modo la importancia de los símbolos para gesticular una poesía política que se obstina en recuperar un territorio usurpado. Desde luego, quienes la ubican en la neovanguardia junto a Zurita y Diamela Eltit cometen un craso error. Porque la apuesta de estos últimos por la autoflagelación signada como práctica “redentora” en y a través de la performance del cuerpo sacrificial, se aviene mejor con una sociedad católica, es decir, enfáticamente patriarcal que se solaza en la figura de la victimización. En este contexto, la opción por la autohumillación debe observarse bajo la sospecha –que la vuelta a la democracia confirmó− de que cualquier escritor que postergue el ejercicio de la literatura en aras de un supuesto bien común y a través de prácticas rituales sólo se incorpora a medias en la nación. Quiero decir que el regreso del poeta oficial, heredado por Zurita de Neruda, representa una de las más flagrantes conmutaciones entre individualismo y oficialidad, en el contexto de una transición pactada, y donde la Concertación realizó concesiones de todo tipo para el nuevo poeta-mago: becas, cargos bien remunerados, difusión editorial y premios nacionales. En un ambiente así, el poeta se comporta como un operador que maneja a su guisa los privilegios de una clase social integrada sólo por él, pues es el único que adquiere atribuciones mesiánicas. Nada más ajeno a la apuesta exclusivamente escritural practicada por Elvira Hernández, quien durante los noventas se mantuvo en cierta zona de zozobra, alejada de flirteos con el poder y de los autores que saben bien lo que hacen en su proceder artístico. En su pensamiento prima un sentido de la historia de la literatura que aún no hemos desarrollado. Ha dicho: “Pareciera que el desarrollo poético en Chile es unidireccional, sin interrupciones, y creo que no se ha examinado desde el punto de vista del lenguaje lo que la dictadura le puede hacer a un país. Eso no se ha hecho, hay mucha tarea”. Aquí se apunta a algo mucho más complejo que al reconocimiento de un trauma doloroso. En el caso específico se trata de la experimentación con el lenguaje en clara continuidad con el camino abierto por Juan Luis Martínez, a quien ella ha citado una y otra vez como un guía excepcional en la idea de hacer desaparecer el autor. Así entendemos que “si nadie ha dicho nada sobre La Bandera de Chile”, sea la propia bandera la que deba hacerse cargo de decirse a sí misma a través de recursos literarios bien específicos: neologismos, elementos estadísticos, pausas versales, juegos de degradación acerca del uso de la bandera por los militares, o la creación de palabras que transforman sustantivos en adjetivos como en “de nuevo la boca escupe la chacarilla vomitosa sin especie aunque le cueste los dientes”, procedimiento que posteriormente hará suyo Lemebel. La consistente y dilatada obra de Hernández, sin ser demasiado conocida, abre una reflexión acerca de cómo se construye una poesía política capaz de integrarse en la comunidad. Y quizás la enseñanza sea que para fundirse con los integrantes del cuerpo social se debe asumir una precariedad que muestre signos de equivalencia con ese colectivo, ya sea al interior de la práctica poética, como también en la forma de devenir persona dentro del campo cultural. Esta consideración es estética y ética; se presenta literariamente a través de una palabra degradada, amenazada, asediada por todo tipo de circunstancias adversas, imposible de hacer suya cualquier hiperinflación de ese yo que tiene como origen el siglo XVIII europeo y la legitimación del individualismo burgués. Al contrario, si alguien quiere enarbolar banderas a propósito de la poesía, deberá encontrar los fundamentos en la especificidad de los signos. Aproximar la palabra literaria a la acción implica un error: cualquier autor que se abstenga de someter la condición simbólica de su capital poético a una reconversión social (para obtener el beneplácito de la crítica oficial), puede−mediante dicha abstención− aspirar a la supervivencia de su obra después de muerta la persona autorial. Eso ha sucedido, por ejemplo, con Enrique Lihn, y me atrevo a augurar que es lo que sucederá con Elvira Hernández en su calidad de sujeto negado y clandestino, que escribe bajo peligro, pero sobre todo borrado por un lenguaje desfamiliarizado que se abre en un discurso irónicamente revelador. De hecho, más allá de la publicación de este libro en 1991, en Buenos Aires, sigue siendo poco lo que se ha dicho sobre el objeto-símbolo bandera de Chile, y no sería atrevido admitir que en la enrarecida atmósfera de Elsinore chilena sea la bandera misma lo que está en disputa desde octubre de 2019, desde siempre y de aquí en más: quemada, izada en Plaza Dignidad, enarbolada por grupos neonazis o de extrema izquierda, o alzada por la bailarina Catalina Duarte, con los militares de fondo, en una de las fotografías más bellas e impactantes que me he tocado ver. La consigna definitiva parece ser ese monótono ARREAR/IRIZAR de Elvira Hernández; es decir, mover de prisa la bandera de mano en mano, para que resplandezca con los colores del arcoíris, se atisbe brevemente y se hunda la luz en su propia y definitiva descomposición.

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/