Trobar clus: “El último pez | Raymond Carver”

COLUMNA_JUAN-04
La poesía de Ray se aleja de los escollos de la mera sinceridad para establecer otro tipo de relación con el lector. No busca un pacto comercial, sino uno de mutualidad, no obstante muchos de sus credos poéticos podrían dar cátedra a los creativos publicitarios: “Put it all / Make use” (Mete dentro todo eso, / utilízalo). Como escribió Dan Fante en un poema de homenaje al autor, Carver atrapó su último pez y preparó su anzuelo final en el primer intento, en tiempo exacto. Todo escritor debería tener esa suerte.

Todos nosotros recopila por primera vez en español, con traducción de Jaime Priede, todos los libros de poesía escritos por Raymond Carver (1839 Clatskanie, Oregon – 1988, Port Angeles, Washington): Fuegos (1985), Donde el agua se junta con otras aguas (1986), Ultramar (1988) y Un sendero nuevo a la cascada (1989, edición póstuma). Además, incluye un apéndice con sus primeros poemas, publicados en diversas revistas (incluidos posteriormente en Sin heroísmos, por favor, publicado originalmente en 1991). Editado y prologado por la poeta y ensayista Tess Gallagher (1943, Port Angeles, Washington), viuda del autor, este extenso volumen comprueba que Carver no escribía poesía de manera aleatoria o circunstancial (si bien fueron sus cuentos, en principio, los que lo consagraron internacionalmente) Con singular naturalidad, sin adornos o artificios, los poemas de Carver establecen instantáneamente su presencia y fluyen dentro de una sintaxis muy propia de los Estados Unidos (Gallagher en su prólogo señala a muchos, como William Carlos Williams, Allen Ginsberg, Emily Dickinson y Louise Bogan; aunque en realidad es más próximo a autores como Dan Fante o Charles Bukowski, tanto en su sed como en estilo literario, aunque en él no cabe ningún rastro de obscenidad o rudeza).

Una de las debilidades que puede presentar el volumen, algo que es reconocido en el trabajo introductorio por su viuda, es su extensión. Mucho de lo incluido podría haber sido omitido, recortado o editado. Al respecto, Gallagher señala: “Soy consciente de que algunos perciben la transparencia de los poemas de Ray como un insulto al intelecto. Les aplicarían un editor como se aplica a un torniquete. Yo misma podría haber servido como tal de haber considerado esta edición un tributo a su memoria. No lo hice (…). Ray necesitaba abarcar mucho, era algo natural en él, culparle por ello sería como pegar a un gato por zamparse una carpa dorada”. Esta predisposición, sin embargo, aliviana la lectura del conjunto, y prepara mejor el momento y turno de los grandes poemas (que no son pocos, como “Donde el agua se junta con otras aguas”, donde leemos estos versos extraordinarios: “Podría sentarme / a mirar estos ríos durante horas. / Ninguno es igual. / Apenas puedo creerme / que una vez tuve 35. / Mi corazón seco y vacío a los 35 años. / Tuvieron que pasar cinco años /antes de que empezara a latir de nuevo. / Me tomaré todo el tiempo que quiera esta tarde / antes de dejar mi sitio favorito en la orilla del río. / Me gustan, me encantan los ríos. / Me encanta todo el retorno / hasta su fuente. / Me encanta todo lo que me hace crecer”). Escrita desde la inmediatez y lo cotidiano, la poesía de Carver explora y nombra tanto las dichas y los momentos felices, como los lugares más oscuros y temidos: las miserias del alcohol, los avatares sexuales, el temor a las separaciones, la paternidad, el horror de la muerte: “La oscuridad del atardecer. Antes ha llovido / un poco. Abres un cajón y encuentras dentro / la fotografía de un hombre al que solamente le quedaban / dos años de vida. Él no lo sabe, por supuesto. / Por eso sonríe en la cámara. / ¿Cómo iba a tener idea de lo que se formaba en su cabeza / en aquel mismo momento? / Si se miran a la derecha / entre las ramas y troncos de los árboles, se pueden ver / las manchas púrpura del crepúsculo”.

Hacia 1987, en pleno auge de su carrera (era colaborador habitual del New Yorker y de la revista Poetry de Chicago, sus historias eran candidatas a premios como el Pulitzer o el National Book Award), Carver sufrió varias hemorragias pulmonares y se le detectó un tumor en el cerebro. Murió en agosto de 1988, a los cincuenta años. Su poemas, que persiguieron las cumbres y valles de lo autorreferencial y biográfico no deben confundirse, sin embargo, con la estela confesionalista de los años 60 de los Estados Unidos, de poetas como John Berryman, Anne Sexton, Robert Lowell o Sylvia Plath. La poesía de Ray se aleja de los escollos de la mera sinceridad para establecer otro tipo de relación con el lector. No busca un pacto comercial, sino uno de mutualidad, no obstante muchos de sus credos poéticos podrían dar cátedra a los creativos publicitarios: “Put it all / Make use” (Mete dentro todo eso, / utilízalo). Como escribió Dan Fante en un poema de homenaje al autor, Carver atrapó su último pez y preparó su anzuelo final en el primer intento, en tiempo exacto. Todo escritor debería tener esa suerte.




Raymond Carver, Todos nosotros. Poesía Completa. Introducción de Tess Gallagher. Traducción de Jaime Priede. Editorial Anagrama, Barcelona, 2019 | por Juan Arabia | Texto originalmente publicado en Diario PERFIL («Raymond Carver: El último pez», 21-11-21)