Cuervos | Tomás Harris

TOMÁS HARRIS (La Serena, 1956). Es profesor de Español por la Universidad de Concepción. Ha impartido docencia de Literatura y Lenguaje en diversas universidades. Actualmente es Jefe de Ediciones Biblioteca Nacional. Algunas de sus principales publicaciones de poesía son: Zonas de peligro (1985), Diario de navegación (1986), El último viaje (1987), Cipango (1992), Noche de brujas y otros hechos de sangre (1993), Los 7 náufragos (1995), Encuentros con hombres oscuros (2006), Lobo (2007), Perdiendo la batalla del Ebr(i)o (2013), Unheimlichpoemas de amor, deseo y muerte (2019), Gesta de lobos (2019). Entre otras distinciones ha recibido el Premio del Consejo del Libro, el Premio Municipal de Poesía, el Premio Casa de las Américas, y el Premio Atenea.

Cuervos

Edgar Alan Poe fue el que hizo de los cuervos
mensajeros aciagos, los que con certeza
te decían Nevermore,
en el busto de Palas, lo sabia, cuando tú
—o el sujeto del poema, ¿Poe?—
más bien lloraba por esa otra diosa,
la que consagra desde el astro azul la belleza y el amor:
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and
Ominous bird of yore
Meant un croaking «Nevermore»;
todos tenemos nuestros cuervos,
los que nos deparó el tiempo, y la vida y la muerte.
Raymond Carver cantó los suyos en un poema:
«Mi cuervo», que voló hacia un busto marmóreo,
sino hasta el cotidiano árbol fuera de su ventana,
el cuervo de Carver no era el de Ted Hughes, ni el de Galway,
ni el de Frost, ni el de Pasternak ni el de Lorca.
Menos los cuervos ahítos de Homero,
tras de épica refriega, allá en Ilión y ni siquiera el de Poe,
que no se molestó mencionar en el poema.
Era un simple cuervo que no encajaba,
que no graznó nada digno de mentar;
un cuervo que se limitó a estar ahí,
un rato y después emprendió el vuelo y se alejó
de su vida, dice Carver, bellamente.
Un cuervo de estación, de pasada, que no presagió
ni desdichas ni destinos aciagos,
como las oscuras golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer,
que solo volverán la próxima primavera sus nidos a
tu balcón a colgar,
o los zorzales que también en la estación estival se posan
en mi balcón a juntar sus piquitos,
como muchachos y chicas
adolescentes en vacaciones
de verano
o las palomas que se arrullan cuando el invierno se adelanta,
o las grullas que vuelan en V hacia otros parajes,
no sabemos cuáles:
aves que solo cumplen con ser aves
y volar y posarse en los páramos que la naturaleza dictamina:
ni los pájaros de Hitchcock ni los pájaros de Aristófanes,
solo aves, aves que se pierden ahora
en las lúgubres ciudades,
o te amenazan desde la TV nevadas las plumas,
desde los reinos imponderables de
The Game of Thrones,
en una lucha por el poder del streaming,
cuervos electrónicos o cuervos otra vez fatales,
con dólares en sus alas en lugar de plumas
y muchos fans que de cuervos poco saben,
mientras escucho «Ornithology» de Charlie Parker
que me introduce a la nostalgia de tu cuerpo,
plumas tornasoles que un verano penetré y amé,
sin presagios ni mitos, aves como tú, mi amor,
que un día impensado te posaste en la rama
de un árbol a hacer un alto en tu vuelo,
en mi balcón, y volviste a partir una tarde cualquiera,
como los cuervos de Raymond Carver.


Extraído de Tomás Harris, La memoria del corazón, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2021, pp. 78-79 | Buenos Aires Poetry, 2021

Tomás Harris, La memoria del corazón, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2021