Poema a Carl Sandburg | José Portogalo

José Portogalo (nacido como Giuseppe Ananía, Savelli, Calabria, Italia; 10 de octubre de 1904 – Buenos Aires, Argentina; 7 de septiembre de 1973) fue un escritor y poeta argentino de origen italiano.
Residió en Argentina desde 1909. Adoptó el apellido de Portogalo en homenaje a su padrastro, a quien consideraba su verdadero padre y protector. Además de su oficio de poeta, se desempeñó como periodista en el diario Clarín y en Noticias Gráficas. Entre sus obras figuran Tregua (1933), Tumulto (Premio Municipal, 1935), Centinela de sangre (1937) y Destino del canto (1942), entre muchas otras.

UN POEMA A LAS 6 DE LA MAÑANA

Podría cantar la desalquilada vigilia de las prostitutas,
el motín callejero de los gorriones en la urbe.
de mis manos inválidas, de mis pies doloridos,
Pero el canto de un gallo
que abre la mañana con los dedos de un ángel sin aureola,
suena en mi corazón —íntimamente
y en mi sangre
alza su tono de armónica meridional
para recordarme que soy un hombre huérfano en mi ciudad.

Mi ciudad: La de las grandes riquezas y las grandes miserias.
La de los grandes chantajistas de guantes color patito:
Gerentes de banco. Presidentes de asociaciones patrióticas:
Directores de grandes rotativos. Críticos de Arte. Periodistas.

Urruchúa los pintaría con una ganzúa en los labios
y el alma junto a tu voz que enrula un tango de Filiberto.

Sé que me querrías si te hablara de amor,
aunque te desangres diez horas en una fábrica de tejidos
y sufres el asedio de un gerente mulato
—oblicuo como la sombra de una pared a media noche—
Porque tú necesitas un hombre, amiga, y yo necesito una mujer.

RETORNO

Devolvedme las malas palabras puras,
Aquellas que tuve un tiempo cuando era niño
y apedreaba las vidrieras, las casas de los burgueses
y el casco de los vigilantes,
que era un blanco magnífico para el envión de mi honda.

Aquellas malas palabras que eran mareas de sinceridad
y apuntalaban mi infancia como un cielo violento.

Devolvedme las malas palabras puras
Aquellas que tuve un tiempo cuando era joven
y hacía el amor a las doncellas que rondaban mi hombría
como barcos a vela.
Aún el estupor de la vida y la maldad de las gentes
—enguantadas en una suavidad de cáscara de cielo—
no me habían arrastrado entre la diáspora de los vórtices.

Aquellas malas palabras que eran mareas de sinceridad
y apuntalaban mi juventud como un cielo violento.
Hoy he visto morir a un hombre.
La multitud miraba curiosa, atónita, a la bestia caída.
La oreja, el ojo, la boca de la multitud
se hamacaban en una mueca misericordiosa y piadosa.

Pero las muecas se hacían añicos contra el asfalto aceitoso
y regado por un sol de mala muerte

Ningún brazo de coraje
levantaba el cielo violento manchado de sangre.
Solo yo —junto a un árbol— clamaba por el hombre muerto:
¡Yo tengo la culpa!
Pero tenía las palabras sucias, impuras e indignas de ese muerto.
Él las rechazaría sí las oyera
porque era un hombre capaz de escupirle a Dios en su misericordia.
Esa estúpida misericordia de un enano Dios de barro
con su corte de arcángeles rufianes,
con su corte de vírgenes prostituidas,
porque era un Dios él mismo con su carne, su sangre y su entraña
que elaboraban el cielo violento de las malas palabras puras.

¡Ah! qué hermosa lección me ha dado este hombre
que hoy apagó su vida entre el fragor de la multitud atónita
contra el asfalto aceitoso
y regado por un sol de mala muerte.

Hermanos de las usinas, de las fábricas, de los talleres,
un camarada pintor os pide la palabra.
Una raíz ignorada me levantó las carnes
Ahora tengo el cielo violento que apuntalaba mi infancia
cuando apedreaba las vidrieras, la casa de los burgueses,
y el casco de los vigilantes
era un blanco magnífico para el envión de mi honda.

Hoy
un compañero albañil
se rompió la crisma desde un séptimo piso
contra el asfalto aceitoso
y regado por un sol de mala muerte.

LAS VOCES

Trabajo sordo, intenso, de palabras oscuras, de uñas amotinadas,
de picos de buitres ávidos sobre mi entraña joven.

No es ésta una Elegía, camaradas.
Es un canto de fuerza que irrumpe mis arterias
como un torrente turbio de aguas que se desatan.

Yo no soy más que un buzo, el diente del anzuelo, el gancho de la grúa,
y en mi boca se entienden los idiomas del hombre.
Se enroscan en mi lengua, filiales, amorosos,
y allí dictan sus almas densas como una fiebre.

La voz negra destapa un cuerpo milenario.
Trae vientos antiguos que se agitan unánimes.
Con fuerte olor a vida, a cielo, a musgo fresco.
De andar lento, seguro, como el de los rencores.

La voz negra disputa como un sol en los caminos.
Nos es el viejo lamento, la palabra humillada.
Es la selva que asalta gritando sus deseos.
En la copa del árbol con sus frutos maduros.

La raíz y la piedra con empujes vitales.

POEMA A CARL SANDBURG

…Y las sargas anónimas de los hombres oscuros
que pelean a brazo partido con la vida
y en profundas calles de extramuros
sufren su humillación como una herida»
César Tiempo

Cómo me alegraría, mi querido Sandburg, que estuvieras aquí,
a nuestro lado, junto a esta verja que da a una calle opaca
y sin chicos que la embarullen como a la calle de los pobres,
hoy que el frío nos agarrota los dedos,
nos humedece la punta de la nariz como a la de los borrachos.

Cantaríamos juntos, mi querido Sandburg, la canción del trotacalles.

Ya los lecheros han dejado sus botellas en los jardines silenciosos
—frágiles y sin arrugas como jardines de calcomanía—.
Por eso me acuerdo de ti cuando oigo sus carros percudir el silencio
que se tiende feliz sobre la calle opaca.

El sol insiste en no tirarnos su bufanda de lumbre para calentarnos
y el aire es tan frío y delgado que nos penetra y duele como un grito.

Atrás de los párpados de las ventanas duermen los millonarios y sueñan.
¿Qué soñarán los millonarios en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarán los millonarios de todo el mundo?
Y sus hijos, ¿qué soñarán en sus cajitas de sorpresa?

Cómo me gustaría haberme hallado en tus años
junto a tus manos pesadas, ásperas, violentas,
porque con ellas has hecho todos los oficios —como yo— y has escrito poemas;
has volteado los vasos en las tabernas
riendo con una risa fuerte de bebedor de whisky y de guapo;
has peleado con los patrones, los porteros, los choferes
y has acariciado los muslos de una muchacha querida para soñar.

¿Qué soñarías en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarías sobre tu carro de repartidor de leche?

—Ah, pero yo soy pintor y nada remedio con estas interrogaciones
mientras mis compañeros lijan los barrotes de la verja
que van como lenguas al cielo para evadirse de la soledad.

Me subiría a tu carro de lechero, de trotamundos, de abremalezas;
arrancaríamos el poema de la urbe
—caliente como raíz o el seno de una madre—
para agriarnos la voz
y blasfemar como los italianos frente a los mercados,
viendo cómo les roban la plata a los pobres turcos y a los pobres judíos
y cómo «levantan» los bultos de los carros y de las veredas
los truhanes que ya han comprado los ojos del vigilante y los del cuidador.

Y con Masters, el masticador de tabaco y amigo de los obreros,
y con Anderson, que antes que millonario prefirió ser poeta,
nos iríamos a mi suburbio, allí donde creció mi infancia
y gané los primeros coscorrones y los primeros centavos
y paladié el sabor de las primeras palabras sucias que no mancharon mi alma;
donde conocí a la única mujer que me quiso
y donde estoy ahora apelotonado como un trasto viejo
vendiendo cara mi vida y mis sueños por la porquería de un jornal.

Nos iríamos, Sandburg, a mi suburbio
para acechar la llegada de los vendedores de diarios
esos ángeles pringosos que me parten el corazón con sus gritos—
cuando el canto de los gorriones hace boquetes en el aire
y el vozarrón de los gallos se riza como una viruta
en ese minuto en que las prostitutas cierran los ojos y sueñan.
¿Qué soñarán las prostitutas en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarán esas mujeres
de palabras duras como sus vidas y frías como sus labios
que no queremos pero en cuyas orillas
hincamos nuestra soledad para habitarla de imágenes?

—Ah, pero yo soy pintor y nada remedio con estas interrogaciones
mientras mis compañeros lijan los barrotes de la verja,
y pienso que no tengo muchacha para acariciarle los muslos
porque el jornal no me sobra y la pobreza me asedia
como el frío de esta mañana de invierno
en que el sol insiste en no tirarnos su bufanda de lumbre para calentarnos.


Extraído de Los Pájaros Ciegos y Otros Poemas, 1982, Centro Editor de América Latina: Buenos Aires | Selección de Ignacio Oliden | Buenos Aires Poetry 2022