Breve nota marginal sobre los animales, Por Francisco Abba

“Eran monstruos artefactos pensantes acoplados inexplicablemente a cuerpos animales sufrientes”. “¿Esta es la imagen de Dios”?… se pregunta más tarde. Era la imagen de Kafka, de sus ojos, su completa expresión.

Animales, seres: verdaderos o imaginarios. Un dragón es similar a la cultura plebeya del siglo XVIII. Los Ángeles de SwedenborgBaldandersBorges mismo es un animal miope, de voz ronca, que camina solitario —su bastón es un asno de tres patas—en Buenos Aires. Pero lo mismo que aparece en Coetzee, irrumpe en Salinger; mejor dicho, en Franny, que no perdona a Cristo. Ha dicho algo espantoso, que todo hombre vale más que un pájaro. San Francisco es Cristo, o un Cristo mejorado.

Y la imagen de Dios persiste, porque Dios es un animal. Comprenderlo será, simplemente, habitar la piel de un murciélago. Esto aparece en Coetzee, cuando explicita las versiones del señor Nagel. Aparece también en Fante: “Abrí la puerta silenciosamente y miré dentro y estaban los dos dormidos, cada uno a su lado, el brazo de Jamile alrededor del cuello del perro y los dos roncando. Me gustó lo que vi. Me gustaba que los jóvenes durmieran con perros. Era lo más cercano a Dios que estarían en toda su vida.”

Así caen las cenizas, hoja tras hoja. Alguien deja su cuerpo quemar al sol, olvida lo dicho y lo hecho, y llora toda la noche, porque su cuerpo arde.

El dolor está lleno de verdad, sólo el dolor existe. El 98 % de nuestra felicidad se constituye por nuestro bienestar físico, decía Schopenhauer; el resto remite al tedio, que es otra manera de nombrar a la razón.

Por eso mismo debemos acercarnos a los animales. Ver de cerca sus ojos. Tocarlos, acariciarlos: nos pueden dar aquello que en ningún momento nos constituye, aquello que hemos perdido en el tacto, tan cercano al corazón, a la verdad.

Y si Dios no existe es porque lo estamos negando, constantemente estamos negando toda posibilidad de asegurar en una palabra al sueño que sostiene toda esta injusticia.

Sólo el olor de un hombre muerto puede despertarnos. Porque los animales nunca mueren. ◊