«La señora gorda» de J. D. Salinger, por Juan Arabia

Walt Whitman, ciertamente, habría enseñado que nadie más que uno mismo podría escribir algo sobre su vida. Chesterton, advirtiendo lo mismo, pero partiendo quizá desde un lugar diferente, proponía que encontrar el tesoro de la isla de Stevenson era adueñarse, simplemente, del corazón mismo de Robert Louis.

Ahora, con Salinger, nos debe suceder algo parecido: porque sabemos, en primer lugar, que ninguna novela que valga la pena puede omitir aquel detalle autobiográfico; y también, porque Jerome David Salinger no puede ser más que Holden, que Buddy, o Franny y Zooey y, aunque nos cueste reconocerlo, aquel personaje tan místico como Cristo: Seymour Glass.

No importarán las fechas ni el orden cronológico de sus trabajos: atenderemos a los fantásticos y puros sentimientos que nos despierta su obra.

Una verdadera sensación de que «todo es una mierda» se evidenciará en cada una de sus páginas. Todos son unos idiotas, y verdaderamente, incluso lo más es insoportable, es ser también de alguna manera como ellos. Alguien es todo el mundo y todo el mundo, además de ser insignificante, es simplemente deprimente. Franny anuncia esto y mucho más, descontando lo ya conocido de una personalidad como la de Holden, o, como la de aquel gracioso personaje que resolverá este tópico de una manera más que elegante:

 Miró hacia la calle, mientras se rascaba la columna vertebral con el pulgar.

—Míralos —dijo—. Imbéciles de porquería.

—¿Quiénes? —dijo Ginnie—.

Qué sé yo. Cualquiera»[1].

 

Sin embargo hasta la simpleza de una lectura superficial podrá traspasar aquel vínculo que, de la forma más abrupta, esconderá los más profundos y hermosos sentimientos. Aquel disfraz verdaderamente sincero de Salinger es solamente el comienzo de algo que nos conducirá hacia el único lugar que existe en su obra: el amor. El amor es sufrimiento; el amor es crecimiento; el amor es, entre muchas otras cosas, la anticipación de lo perverso.

Hay perversión en las colonias vacacionales, en los colegios, en las universidades: en fin, en todo aquello donde, de alguna manera, exista un adulto, un control: un precipicio.

Ya en Hapworth 16, 1924, que no es más que una carta escrita por Seymour a los 7 años, se evidenciará esta trampa a la que todos, no está de más decirlo, fuimos sometidos, por mucho, mucho tiempo[2]. Pero la carta, sobre todas las cosas, no será más que una reivindicación de los valores familiares. La familia y sobre todo, la hermandad en la obra de este escritor, tienen un carácter verdaderamente importante. La relación de admiración y respeto, además de bondad e ingenuidad que se presenta en ese libro entre Seymour y Buddy, no hace más que esclarecerse aún más por el amor que presentará Holden en The Catcher in the Rye por su hermana menor, Pheobe, la misma que también en algún momento le preguntará:

—¿Ves como no hay una sola cosa que te guste?

—Sí. Claro que sí.

—¿Cuál?

—Me gusta Allie, y me gusta hacer lo que estoy haciendo. Hablar aquí contigo, y pensar en cosas[3].

Pero mientras Phoebe le advertía que sus padres iban a matarlo, ya que a Holden lo habían echado del colegio y todavía no lo sabían, él le confesó lo que verdaderamente le gustaría hacer:

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir, no hay nadie mayor vigilándolos. Solo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una locura, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer[4].

Mas semejante e inolvidable idea, alguna vez también formulada de otra forma por Gilbert Keith Chesterton en Ortodoxia[5],  ya cobraba vida en Seymour, a los 7 años, que tras la burla de un adulto a su hermano menor Buddy, agradecía a Dios no haber tenido un arma encima. Amenazó luego con matarlo, o incluso quitarse su propia vida, si nuevamente se dirigía de esa manera a un muchacho o a cualquier otro niño de cinco años en su presencia.

Hay visiones en Seymour que destrozan su corazón: y es que la mayoría de los niños en algún momento madurarán y envejecerán. Aquel mundo de corrupción e insinceridad parece inevitable, y los niños, aun los más magníficos, caerán tarde o temprano en este precipicio.

El concepto de tristeza de este muchacho, el mayor de los que más tarde serán siete hermanos (sumados Buddy, Walt y Walter —los gemelos—, Boo Boo, Franny y Zooey) resultará verdaderamente admirable: argumentaba que la mitad del dolor de cada uno de nosotros pertenecía más bien a otras personas que lo habrían esquivado o que no sabían cómo sujetarlo.

Buddy, que de alguna manera se nos presentará como el mismo Salinger en Seymour: an introduction, intentará dilucidar si Holden es Seymour. Y aunque proclame que son personajes distintos, Holden será para él una invención de Buddy. Mientras tanto y en la misma ficción, ciertos haikús de Seymour serán confundidos con escritos de él (Buddy) por sus familiares. En definitiva, y, la redundancia es innecesaria, Salinger es cada uno de ellos, y nos contará que Seymour en sus peores noches y tardes profería no sólo gritos de dolor sino de socorro, y que cuando llegaba cierta ayuda, se negaba a decir en lenguaje inteligible dónde le dolía.

Un final triste nos esperará en su obra: en Un día perfecto para el pez banana, Seymour terminará con su vida.

Aquel joven —que se detenía a mirar venturosamente los árboles mientras conducía, y que también tenía la perturbadora costumbre de investigar los ceniceros llenos con el dedo índice, apartando las colillas hacia los lados esperando ver a Cristo o algo parecido— evidentemente no pudo desprenderse de aquellos ingenuos y a la vez tristes pensamientos. Aun en Hapworth 16, 1924, ya proclamaba ante su familia este final, desesperanzado: «Él (refiriéndose a Buddy) será quien guíe hábil y sutilmente a cada hijo de esta familia mucho tiempo después de que yo me vuelva inútil o haya desaparecido».

Aquella tarde en la que murió, jugaría con una niña y buscaría peces bananas en la playa. Aquella tarde en la que desapareció, escribiría en forma de haikú clásico: «La niñita del avión/ que volvió la cabeza de su muñeca/ para que me mirase»[6].

En Salinger el enemigo existe: pero también existe la «Señora Gorda». Aunque conforme una visión inexacta de lo que deseemos, tendremos que ser capaces de ver las cosas como ella las contempla. Amar las cosas por lo que son y no por lo que hubiésemos querido que hayan sido. Enfrentarnos a los hechos. Porque, como advierte de Caussade: «Dios instruye al corazón no mediante ideas, sino mediante penas y contradicciones».

Franny —la hermana menor de Seymour— enloquece y busca la salvación en una oración, sin reconocer, quizá, que no es a San Francisco a quien busca. Aquél a quien necesita dijo algo que la perturbó y la perturbará insistentemente. Dijo que un hombre vale más que un pájaro; y tal sentencia parece inaceptable.

Mientras tanto Holden, encerrado en un psiquiátrico, no entiende cómo alguien le pregunta qué hará, más adelante, cuando retome sus estudios. Es una pregunta estúpida; no sabe qué decir…

Escribir algo recordando a alguien, también, es algo muy estúpido. Salinger no nos quiere recordar. Tengo algo para él: no pude ni podré ser el que escriba esto, ya que soy solamente y en todo caso el que lo leerá primero y nada más. Algo más digno de Buddy, sentado en su escritorio, mientras termina con su tercera copa de vino y se pregunta: ¿Cómo haremos para acercarnos a Seymour, si se quitó su propia vida?

Hay algo mucho más importante: aquello que existe, felizmente, pero que por falta de imaginación nunca encontramos. Muchos hombres lo advirtieron, pero prefiero recordar sólo a William Blake. Ver las cosas como son, o mejor dicho, ver las cosas de perfil.

«Tenle a Él presente mientras rezas, sólo a Él, y a Él tal y como era y no como a ti te gustaría que hubiera sido»[7].

Ahora Holden recuerda, y nos recomienda no contar nada: conjetura que, al contar cualquier cosa, empezamos a echar de menos a todo el mundo.

Y es que hay que hacer simplemente las cosas por la Señora Gorda; aun aquéllas, las que nos parezcan del todo inútiles. Porque esta mujer, y en su más acertada descripción, no es más que Chesterton los días jueves; aquél que acaricia a un animal dormido; quien escribe un cuento para Esmé (aunque sea con amor y sordidez), y quien escribe una elegía, con mucha alegría. Porque en verdad no hay nadie, en ninguna parte, que no sea la Señora Gorda de Seymour.

∇Juan ARABIA, «La señora gorda» de J. D. Salinger, en PosData a la Generación Beat. Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2014.

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[1] Salinger, Jerome David, «Hacia una guerra con los esquimales», Nueve Cuentos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1972, p. 67.

[2] «Me gustaría que pudieran verlo atravesar la espesura del bosque, cuando los encargados de cuidarnos no están metiéndose en nuestros asuntos, moviéndose con conmovedor sigilo como un magnífico, enérgico mensajero indio».

[3] Allie, su hermano menor, que era cincuenta veces más inteligente que él —como Holden nos decía— había muerto de leucemia a los trece años.

[4] J. D. SALINGER, El Guardián entre el Centeno. Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2004, p. 225.

5] «Imaginémonos que un corro de niños juega sobre la florida cumbre de una isla eminente: mientras haya un muro que cerque la cumbre, pueden entregarse a sus locos juegos y poblar el sitio de rumores. Supongamos ahora que el muro se derrumba, dejando a la vista los precipicios: los niños no caen necesariamente; pero cuando, poco después, venimos a buscarlos, los hallamos amontonados en el vértice de la isla cónica, mudos de horror: ya no se les oye cantar».

[6] Salinger, Jerome David; Franny and Zooey, Editorial Alianza, Madrid, 2001, p. 54.

[7] op. cit. p. 132.