El populismo antipolítico de los Estudios Culturales, de Todd GITLIN

 

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Contra el elitismo impertérrito de los estudios literarios y artísticos convencionales, los estudios culturales afirman un populismo impertérrito que surge intelectualmente de las escuelas weberianas, del interaccionismo simbólico, fenomenológicas y otras escuelas derivadas similares, en las que todas las actividades sociales tienen importancia, todas pueden comprenderse, todas contienen ejemplos de la naturaleza social de los seres humanos. Pero esta poderosa tendencia de los estudios culturales va más allá de señalar los flujos de la cultura popular e interpretarlos. Busca un tipo concreto de interpretación: un potencial político. Se ha certificado el valor del objeto de atención como tal, no por ser “el mejor que ha sido pensado” y “dicho en el mundo”, sino por haber sido pensado y dicho por o para “la gente” y punto. O más bien por ser pesado o dicho (o interpretado o cantado o construido) en uno de los dos sentidos. En primer lugar, una vasta población puede pensarlo o decirlo o seguirlo o disfrutarlo, o tomárselo a pecho. En segundo lugar, una subcultura puede pensarlo o decirlo, etc., —en particular, un grupo marginal, a menudo, aunque no siempre, un grupo con el que se identifican los estudiantes culturales.

En cualquier caso, la popularidad hace que la cultura popular sea interesante, y no sólo como objeto de estudio. El populismo, por no decir el gusto del analista, ha determinado que el objeto de atención esté en primer lugar. La valoración sociológica de que la cultura popular domina las vidas de las personas se desdibuja en una valoración crítica de que la cultura popular no tendría éxito al hacerlo a menos que fuese valiosa. Para usar una de las palabras de moda de la “teoría”, hay un “deslizamiento” del análisis a la propugnación, la defensa y el “posicionamiento” ascendente. Los estudios culturales, a menudo, reivindican que han derrotado la jerarquía, pero sería más acertado decir que lo que realmente hacen con la jerarquía es invertirla. Lo que ahora certifica el valor es la popularidad del objeto, no sus cualidades formales. Lo que certifica (o “da valor”) que el sujeto es una persona subordinada certifica el valor de las elecciones culturales del sujeto. Si las personas están en el lado correcto, entonces lo que les gusta es bueno. En este medio intelectual, los defensores de las categorías tradicionales de la “literatura” o el “arte” son defensivos, ya que los estudios culturales o bien tiran por la borda o juguetean con las cuestiones de valor que, en primer lugar, son resbaladizas. Las mismas palabras “literatura” o “arte” se les atragantan a los defensores de los estudios culturales, que pueden señalar exactamente definiciones cambiantes de arte con mayúsculas o minúsculas en la obra de historiadores literarios y de arte como Ian Watt, por no decir Michel Foucault sobre la genealogía de los marcos del discurso, o Raymond Williams acerca de la etimología.

 

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∇ Extraído de Todd Gitlin, “The Anti-Political Populism of Cultural Studies,” in Cultural Studies in Question, ed. Marjorie Ferguson and Peter Golding (London: Sage, 1997).