Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg y The Modern Jazz Quartet – Por Kenneth REXRORTH

Lawrence y Kirby Ferlinghetti llegaron el viernes por la noche, renovados luego de un tour triunfal por la costa oeste de Sudamérica y América Central. Estuvieron en un gran encuentro literario, cultural y artístico en Chile, donde Lawrence, junto con Allen Ginsberg representaron a los Estados Unidos. Creo que realmente Ferlinghetti representa a los Estados Unidos. Es un poeta popular genuino. Pocos novelistas, incluso, venden más copias que su Coney Island of the Mind. Ha ganado una audiencia variada como una vez la tuvo Vachel Lindsay o Edna St. Vincent Millay o Ogden Nash. ¿Es la misma audiencia? Creo, en gran parte. Podría enojarse si se lo digo, pero él habla de lo mismo de lo que hablaron esos poetas, a la misma clase de gente, solo que en pleno del siglo veinte, una o dos generaciones después. Está más actualizado, más sofisticado y así es su audiencia. Esos poetas nos parecen cursis hoy, pero ¿quién no parecerá cursi a los lectores de poesía de 1985?
Seguramente, él representa al norteamericano medio. Piensa como lo hace su público. Sus respuestas a la vida son las de ellos. El fuerte vaivén del ritmo de su poesía son los ritmos de su habla trabajados y acentuados. Como los tres poetas populares de la última generación, y como e.e. cummings, que es mucho más un poeta popular de lo que su divertida tipografía nos deja pensar; la respuesta de Ferlinghetti a la vida, como su expresión de ellos en poesía, son comúnmente norteamericanas, simples, sensuales, apasionadas, y sarcásticas y cínicas cuando encara al fraude, la pompa y la falsedad.
Y si tiene que ser agrupado con los Beatniks, la definición debiera de ser revisada, porque es marcadamente un Beatnik bien educado – grados académicos en Chapel Hill, Columbia y en la Sorbonne, una vieja familia de Baltimore con conexiones con las primeros colonos sefardíes de las Islas Vírgenes, tal vez el lote más grande de estas Primeras Familias que aún pervive, a lo que se suma que es un exitoso empresario y un tranquilo hombre de hogar. Estoy seguro de que él no se piensa a sí mismo en estos términos. No importa, todos nos instalamos en algún “estado” para escribir poesía.
Ginsberg es otro tema. Un producto de los años de la Guerra de Corea, la época de McCarthy, el punto más álgido de la Guerra Fría, los días cuando el exterminio de la raza humana parecía estar a la vuelta de la esquina. Un montón de gente joven respondió a la frustración y al terror de esos días con una rebelión amarga, incoherente. El mundo ha cambiado desde eso. La gente joven se aproxima a la mitad de la vida, si no a la madurez. Los rebeldes se han vuelto parte de la mitología popular de la televisión, las películas, las fotos de revistas, porque, ay, han encontrado ser, en las palabras de una famoso libro y película, “rebeldes sin causa”, cuya rebelión no hará ninguna diferencia, no herirá a nadie. No creo que Ginsberg nos represente. Pienso que representa un tiempo, una parte de eso. Pareciera que la respuesta de la gente lo ha atrapado para siempre en ese momento, “escribiéndolo” como él dice en Hollywood. Espero que no, porque tiene un montón de talento y ciertamente necesitamos talento, poetas genuinamente populares que puedan decir lo que la gente quiera oír. Observo por encima de un grupo de recortes que trajo Ferlinghetti y debo decir que los sudamericanos parecen distinguir entre estos dos tipos de escritores.
Después, esa misma tarde, fui al Blackhawk a la apertura de The Modern Jazz Quartet. Si escribo algo sobre este tipo de eventos, prefiero acompañarme de alguien por ejemplo, porque estoy realmente más interesado en las reacciones de otros que de las mías. Esta vez fui solo. Esta vez no hubo un cuestionamiento a quién representaba a quién. Esto era nosotros, el Estados Unidos moderno, siendo retratado para nosotros, por nosotros, en los mejores términos. Alrededor del mundo posiblemente no piensan en T.S. Eliot o Ernest Hemingway o en las películas americanas o en el Expresionismo abstracto, sino que piensan que nuestra gran contribución a las artes del mundo es nuestro mejor jazz.
¡Qué increíble espectáculo el de The Modern Jazz Quartet! Pueden subir al escenario y hablar entre ellos en un lenguaje mudo y torpe y no tocar un instrumento y aún así mantener expectante a la audiencia. Se quedan ahí, quietos, descansando, atentos los unos a los otros y a la audiencia, esperando por el beat y la radiación que sale y penetra en todos en el lugar. Es una proyección real, un gran “manejo de la audiencia”. Algunos artistas no lo tienen. Miles Davis estuvo aquí la misma noche y no le funcionó. No lo tiene; es un hermoso músico, pero amargo, un hombre poco feliz y uno puede sentir su inseguridad al mirarlo tocar. Lo prefiero en los discos, pero prefiero a The Modern Jazz Quartet en vivo.
Por su puesto, ayuda tener algo que “proyectar”, y ciertamente ellos lo tienen. La música está pulida, pero nunca brillante, como diamantes. Es refinada pero no de alto tono, como un avión a gasolina. Es música compleja, incluso estudiada, pero la audiencia nunca llega a saberlo, a menos que sean ellos mismos músicos. Es siempre vaivén, tanto como un jazz ultra moderno pueda hallarlo y difícil de hacer. El público no está completamente atento, son poco excesivos, casi respetuosos, sentados incluso como un pequeño ratón. Hasta la campana de la caja registradora en el bar fue desconectada.
Imagino que el Blackhawk es el único club en Estados Unidos capaz de hacerlo. Puede ser viejo y sofocante. Podrá parecer como una toma lenta en una película clase B, pero los dueños han descubierto como darle a los músicos y a la audiencia un ambiente relajado y feliz, y para cualquier músico, te digo, esto es un raro y nunca mencionado cumplido.
El líder, John Lewis, y yo tuvimos una entrevista radial al día siguiente y hablamos sobre eso –de cómo el jazz ha crecido agitadamente, en condiciones semiclandestinas bajo las que se expande. Es un gran problema, este, el de encontrar nuevas condiciones donde la audiencia pueda estar relajada, entretenida y atenta, para que los músicos puedan dar lo mejor que tienen. El Blackhawk y un par de otras salas de jazz en San Francisco saben cómo hacerlo, pero no hay otros lugares. Quiero decir que no hay casi ninguno, tal vez seis en el resto del país. Es por esto que los músicos de jazz temen “a la carretera” y por qué algunos de ellos se han vuelto famosos por sus desapariciones. Con tales condiciones de trabajo, cualquier otro artista renunciaría a su arte. Imagine a Pablo Casals tratando de tocar chelo en frente de una ventanilla de apuestas de carreras y se hará una idea.
La música, como siempre, fue increíble. ¿Y quién dijo que no son “funky” y musicalmente interesantes? De las piezas que no había escuchado, “Ralph’s Blues” fue más melancólica y delicada con sus contrapuntos persiguiéndose unos a otros. “Pyramid”, dedicado a Mahalia Jackson y lleno de su profundo sentimiento del autoconocimiento espiritual, fue musicalmente influenciado por el reciente trabajo de Stravinsky, pero sutil e independiente de que la gente se percatara.
No te puedes hacer cargo de todo. Cuando volví después del descanso, vino una carísima cuenta y uno a otro diciéndose “Hombre, ¿no fue como zambullirse? ¿No fue una atmósfera rara? ¿No fue una banda copadísima?” Oh, bueno, piensa que Jelly Roll Morton hizo su mejor música.

[March 13, 1960]

∇ “San Francisco Fifty Years Ago” is an ongoing project of posting all of Kenneth Rexroth’s columns for the San Francisco Examiner (1960-1967). Each of the columns is being posted on the 50th anniversary of its original appearance. Copyright 1960-1967 Kenneth Rexroth. Traducción al español de ©Diego Alfaro Palma, 2016.