EDGAR BAYLEY – por Luis Benítez

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Conocí a Edgar Maldonado Bayley -tales sus señas completas- una memorable noche de 1980, gracias a un entrañable amigo común, el extraordinario poeta y ensayista Raúl Gustavo Aguirre. La ocasión era inmejorable: Aguirre, Bayley y otros autores que habían llevado adelante en los ’50 esa maravilla que se llamó Poesía Buenos Aires -la revista que publicó 30 números entre 1950 y 1960, hoy de colección- nos habían invitado a los entonces jóvenes poetas de la generación del ’80 a celebrar con ellos un nuevo aniversario de su publicación. Todo sucedió en la Biblioteca Cornelio Saavedra, del barrio porteño del mismo nombre y antes del brindis ritual, whisky en mano y tras reseñar esas décadas de prodigiosa actividad, Bayley y Aguirre nos dedicaron a los jóvenes poetas unas conmovedoras palabras, referidas a que entonces nos tocaba a nosotros tomar la antorcha de la poesía argentina y renovarla, como lo habían hecho ellos, tres décadas antes.

Edgar era alto, corpulento, sanguíneo, dotado de un potente vozarrón y de una inteligencia y una cultura fuera de lo común, aunque se cuidaba mucho de hacer gala de esos dones que hoy tantos exageran más allá de lo real. Bayley no necesitaba apelar a esas tonterías y ni se le ocurría hacerlo. Allí estaba su obra y en caso de tener el placer de tratarlo, uno fácilmente comprobaba sus capacidades múltiples. No solamente era un gran poeta, sino también un destacado dramaturgo, un notable traductor y un ensayista agudísimo: hoy en día, la mayor parte de lo que afirma en su excelente ensayo “Realidad Interna y Función de la Poesía” (Editorial Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1966) sigue poseyendo la validez y la claridad expositiva que se le reconoció a su primera edición, posterior a “La Poesía como Realidad y como Comunicación” (1958) y antecedente de “Estado de Alerta y Estado de Inocencia” (1985).

Nacido en Buenos Aires el 15 de diciembre de 1919, como poeta nos ha dejado sus títulos:  “La Vigilia y el Viaje” (1961), “El Día” (1968), “Nuevos Poemas” (1981) y “Alguien Llama” (1983), amén de ser el creador de ese delicioso príncipe del absurdo y el humor negro, cuyas peripecias se quedaron para siempre en las páginas de “Vida y Memoria del Dr. Pi y Otras Historias” (1983).

Fallecido en Buenos Aires el 12 de agosto de 1990, en 1999 el sello Grijalbo Mondadori publicó sus “Obras”, que incluye los nombrados trabajos más otros textos y también inéditos de este gran autor argentino.

 

 

 

ASÍ ESCRIBE EDGAR BAYLEY:

 
Todo lo visto y vivido

todo lo visto y vivido
cabe en muy pocas palabras:
en la luz de una mañana
en un trompo saltarín
en una tarde de sol
en una silla vacía
en cada piedra y la casa

todo lo visto y vivido
fulgura
se va ocultando
tras las hojas
y entre el viento
al borde de la bahía

todo lo visto y vivido
cabe en la sal
y en la mano
de quien saluda
y me lleva
al caracol y la araña
a la verdad de este día
a mi sendero y mudanza

 

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Es infinita esta riqueza abandonada

Esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas
remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos
de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío

no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada