Ulises & Borges – de Bianca Sorrentino

La palabra con la que comienza la Odisea es “hombre”. El nombre del héroe protagonista no está especificado: es suficiente el adjetivo polytropos “polifacético”, para indicar su sello distintivo, el ingenio. Desde el prefacio, por lo tanto, se percibe la diferencia con la Ilíada, donde (al contrario) es central la «ira» de Aquiles. A diferencia del hijo semidiós de Peleo y de la Nereida Tetis -que goza de prerrogativas divinas como la invulnerabilidad casi total- Ulises sólo puede confiar en su astucia para escapar de los peligros, en particular de aquellos que impiden su regreso a la patria. Si bien es cierto que la Odisea es la historia de un viaje, entonces, la narración debe interrumpirse cuando el vagar termina y el protagonista puede volver a besar «a su pétrea Ítaca», restaurando el equilibrio original.

El último desafío que Ulises debe enfrentar, una vez derrotado a los pretendientes de Penélope, es el reconocimiento por parte de su esposa: después de veinte años de lejanía, de hecho, la única forma que la mujer tiene para obtener la certeza de la identidad del marido es ponerlo a prueba con respecto a los secretos de los cuales los dos son los únicos depositarios. En el momento en que Ulises detalla la cama nupcial, que el mismo había tallado en el tronco de un olivo, la agnición está comprobada. Los esposos así pueden pasar la noche juntos, para devolverse el uno al otro la vida de la cual no pudieron ser espectadores.

A veces, los autores modernos se divierten en dar un vuelco a las certezas tranquilizadoras de la tradición para poner los lectores contemporáneos frente a unas interrogantes. Este es el caso de Jorge Luis Borges, el famoso autor argentino que en el poemario El otro, el mismo (1964) dedica una composición al héroe griego enfocándose, en particular, en lo que sucede en el penúltimo libro de la Odisea, el del regreso y del reconocimiento. La elección del tipo de composición, el soneto, no es casual: el movimiento métrico coincide con el sintáctico y, en cada estrofa, Borges puede concentrarse sobre un momento de la historia de Ulises. Si la primera cuarteta evoca la guerra sangrienta objeto del canto de la Ilíada, en la segunda la atención se desplaza en dos episodios de la Odisea (en primer lugar, la ira del dios del mar Poseidón, que persigue el héroe, culpable de haber cegado a su hijo Polifemo, en segundo lugar, la furia de los vientos que se desencadena cuando los compañeros de Ulises, infringiendo la prohibición, abren la odre, dono de Eolo). En el primer terceto el orden ya está restablecido sea en el ámbito público sea en el privado: Ítaca tiene de nuevo un soberano y Penélope su marido legítimo. Sin embargo, el tálamo nupcial, que en el poema de Homero había garantizado una reencontrada intimidad para los esposos, aquí es el trasfondo para la despersonalización de la pareja real: hay que subrayar, de hecho, que se hace referencia a Ulises y su esposa como al “rey” y la “reina”. Esto hace resonar de manera aún más poderosa la pregunta que cierra el soneto: Borges se pregunta sobre cómo había terminado el hombre-Ulises, el que había atado su alma íntimamente al viaje, llegando a renunciar no solamente a su nombre sino a cualquier identidad («decía que Ninguno era su nombre»).

A la extrema armonía estilística se contrapone, desde el punto de vista del contenido, el surgir de una Weltanschauung laberíntica. El tema del doble, querido por el escritor argentino y aludido también por el título El otro, el mismo, evoca una realidad caótica en la que es imposible rencontrar las certezas graníticas de que el antiguo se hace portador.

En el siglo XX se asiste al triunfo de la obra de arte abierta, aquella, es decir, en que el destinatario está llamado a participar activamente para cargarla de significado; también Borges involucra a los lectores dejando que saboreen la nostalgia del exilio y de una humanidad libre de condicionamientos político-sociales. ¿Dónde está el hombre que ha sido capaz de transformar el llanto en una canción? Probablemente nunca ha dejado de vagar: aquí es la misma idea del regreso a ser puesta en discusión. La precariedad impregna de sí también lo que hace tiempo tenía carácter definitivo y la interrogación lanzada por el poeta está destinada a quedarse sin respuesta.

(Traducción del italiano de Antonio Nazzaro, Mito Classico e Poeti del ´900).

ODISEA, LIBRO VIGÉSIMO TERCERO

Ya la espada de hierro ha ejecutado
La debida labor de la venganza;
Ya los ásperos dardos y la lanza
La sangre dcl perverso han prodigado.

A despecho de un dios y de sus mares
A su reino y su reina ha vuelto Ulises,
A despecho de un dios y de los grises
Vientos y dcl estrépito de Ares.

Ya en el amor del compartido lecho
Duerme la clara reina sobré el pecho
De su rey pero ¿dónde está aquel hombre

Que en los días y noches del destierro
Erraba por el mundo como un perro
Y decía que Nadie era su nombre?

J.L. Borges, El otro, el mismo (1964)

 

Bianca Sorrentino (Italia, 1988) es licenciada en filología, literatura e historia antigua en la Universidad ‘Aldo Moro’ de Bari con una tesis comparativa sobre la recepción shakesperiana de las fuentes clásicas y recientemente obtuvo un diploma master en Economía y Dirección de Arte y patrimonio cultural. Siempre ha estado involucrado en el teatro y la enseñanza, trabajó en Irlanda como asistente de idioma italiano y colaboró con el emplazamiento de Poesía Park, el festival de poesía joven.