“Eugène Delacroix”, Salón de 1846 – de Charles Baudelaire


Se ha sido injusto hasta este momento con Eugène Delacroix. La crítica ha sido con él amarga e ignorante; salvo en algunas honrosas excepciones, el elogio ha debido a menudo parecerle chocante. En general, y para la mayoría de la gente, nombra a Delacroix es como arrojar en su espíritu no sé qué ideas vagas de fogosidad mal encauzada, de turbulencia, de inspiración aventurera, hasta de desorden; y para esos señores que integran la mayoría del público, el azar, honesto y complaciente servidor del genio, juega un importante papel en sus más felices composiciones.

En la desgraciada época de la revolución a la que me refería hace poco, de la que ha consignado los numerosos desprecios, con frecuencia se ha comparado a Delacroix con Víctor Hugo. Se tenía al poeta romántico, hacía falta el pintor. Esta necesidad de encontrar a toda costa semejantes y análogos en las distintas artes lleva con frecuencia a extrañas pifias, y esta demuestra una vez más que era poco entendido.Sin duda la comparación debió resultarle penosa a Delacroix, puede que a ambos; pues si mi definición del romanticismo (intimidad, espiritualidad, etc.) sitúa a Delacroix a la cabeza del romanticismo, excluye naturalmente al Sr. Víctor Hugo. El paralelismo ha quedado en el dominio banal de las ideas aceptadas, y esos dos prejuicios entorpecen todavía muchas cabezas débiles. Hay que acabar de una vez por todas con todas esas necesidades de retórico. Ruego a todos aquellos que han sentido la necesidad de crear para uso propio una estética determinada, y de deducir las causas de los resultados, que comparen atentamente los productos de estos dos artistas.
El Sr. Víctor Hugo, del que ciertamente no quiero disminuir la nobleza y majestad, es un obrero más hábil que inventivo, un trabajador más correcto que creativo. Delacroix es torpe en ocasiones, pero esencialmente creativo. El Sr. Víctor Hugo deja ver en todos sus cuadros, líricos y dramáticos, un sistema de alineamiento y de contrastes uniformes. La misma excentricidad adquiere en él formas simétricas. Posee a fondo y emplea fríamente todos los tonos de la rima, todos los recursos de la antítesis, todas las trampas de la posición. Es un compositor de decadencia o de transición, que sirve de sus herramientas con destreza verdaderamente admirable y curiosa. El Sr. Víctor Hugo era por naturaleza académico antes de haber nacido, y si nos encontráramos todavía en los tiempos de las maravillas fabulosas, creería con gusto que los leones verdes del Instituto, cuando él pasaba por delante del enojado santuario, le murmuraron frecuentemente en voz profética: “¡Tú serás de la Academia!”.
La justicia es más tardía para Delacroix. Sus obras son, por el contrario, poemas, grandes poemas ingenuamente concebidos, ejecutados con la acostumbrada insolencia del genio. En los del primero, no hay nada que adivinar; encuentra tanto placer en demostrar su habilidad, que no omite ni una brizna de hierba ni un reflejo de reverberación. El segundo abre en los suyos profundas avenidas a la más viajera de las imaginaciones. El primero goza de cierta tranquilidad, mejor dicho, de un cierto egoísmo de espectador, que hace planear sobre toda su poesía una cierta frialdad y moderación, que la pasión biliosa y tenaz del segundo, en conflicto con las paciencias del oficio, no siempre le permite conservar. Uno comienza por el detalle, otro por la inteligencia misma del tema; a eso debe que este se quede en la piel y que el otro desgarre las entrañas. Demasiado material, demasiado atento a las superficies de la naturaleza, el Sr. Víctor Hugo se ha hecho un pintor en poesía; Delacroix, siempre respetuoso en su ideal, es a menudo, a su manera, un poeta en pintura.

Extraído de Charles BAUDELAIRE, “Eugène Delacroix”, Salón de 1846. Traducción de Carmen Santos.