Obituario: Frank Raymond Leavis – de John Ezard

En los años cincuenta Leavis usó su sala de lectura de Mil Lane, Cambridge, como una trinchera ideológica. A menudo soltaba disparos: “Milton es tan mecánico como un albañil”. A veces, lanzaba granadas: “Hay algo mal con T. S. Eliot allí abajo (apuntando hacia su cintura) — o incluso más abajo.” De vez en cuando descargaba una carga de bayoneta contra su principal enemigo — los mandarines, los neoplatónicos, o bien contra cualquier otra persona cuya seriedad respecto a la fertilizante relación entre vida y literatura le pareciera aficionada.

Cuando desapareció por completo el imaginario humo y los disparos, se quedó de pie —  un hombre calvo, delgado de una manera conmovedora, desgastado por sus propias humillaciones, de un invariable y desafiante cuello abierto, manchado de quemaduras de sol como la mano de un gitano. Fue el Max Miller del circuito de las conferencias, un virtuoso destacado.
Algunos de los que nos arrastramos en el campo enemigo una vez a la semana para fraternizar con sus tutorías abiertas y gratuitas en Downing College descubrió que Leavis poseía incluso un arma más secreta y verdadera — un instinto para la democracia académica.
Trató a adolescentes como Trevor Nunn, Simon Gray y John Cleese como iguales, como idénticos potenciales. Eso no era una moda ni una inmadurez en él; era algo que nacía desde su creencia de que una literatura saludable nutre — y que también se nutre de las raíces de una sociedad sana — y que su estudio a través de una “colaboración” entre profesores, críticos y ciudadanos era una actividad apta para el crecimiento de hombres y mujeres.
Alentaba a sus alumnos a aplicar este criterio no sólo en la literatura sino en los periódicos, en la televisión, los carteles publicitarios, las cartas y el habla común. Veneraba la mayor parte de la obra de Shakespeare pero, en tutorías, desechaba gran parte de Othello y Antony and Cleopatra. Para la época esto era una herejía.
Quizás, el ataque más contundente que recibió en su contra fue el de C. S. Lewis, quien dijo que el uso de palabras de código subliminales como “madurez” y “relevancia”, contrabandeadas en un sistema completo de valores, nunca llegó a hacerse explícito para el escrutinio. Otros lo acusaron de ser criptomarxista. Leavis nunca contestó, lo cual resultó una lástima, pero otras de sus armas durante su larga carrera de humillaciones en Cambridge English Faculty fue el silencio, el exilio interno y la astucia. Su arma más subestimada y asesina era el ridículo, misma que desplegó en conferencias con el virtuosismo de una estrella de sala de música y con una insensibilidad cercana a la paranoia. Una vez dijo sobre un decente y valiente contemporáneo, cuyo caminar evidenciaba la tensión de sufrir una grave lesión en la pierna, “no es moda en mi familia ir senil a los 60 años”. Cómo se rió la clase.
También alienó a generaciones de alumnos del periodismo de los críticos de la integridad como Cyril Conolly y Phillip Toynbee porque él estaba resentido —sólo con alguna justificación— con la forma en la que ellos dominaban las páginas y las reseñas en los diarios.
A pesar de su despecho y de su prosa congestionada, fue el crítico literario más creativo, serio e influyente desde Matthew Arnold, su propio modelo Victoriano. En su vida adulta quiso quedarse con la cátedra de poesía en Oxford, tan sólo porque una vez Arnold la había obtenido. Para su tristeza, W. H. Auden lo golpeó en las elecciones. Tal vez su tragedia personal fue que nunca se alejó lo suficiente de los rumores de Oxbridge para darse cuenta de que un gran vino cultural, como él, nunca necesita de este tipo de arbusto.