Diez poemas de Arístides Vega Chapú

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Arístides Vega Chapú (Santa Clara, Cuba, 1962). Poeta, narrador y promotor cultural. Ha publicado una treintena de títulos en editoriales cubanas y de otros países. Sus más recientes libros de poesía publicados son: Paisaje de Occidente (2015), Edificio Cuba (2015) y Silueta de los días (2017). Ha sostenido diferentes espacios en la televisión y la radio de promoción de libros y autores. Sus poemas representan con admirable hondura y belleza la subjetividad del pueblo cubano en estos días adversos.

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La piedra

Bajo una piedra reposo mi angustia,
mole que nadie podrá mover
ni siquiera cuesta abajo, donde la ciudad
parece tener la desolación de esos pueblitos
que crecen a orillas del mundo.
Sentado sobre la piedra,
sin deseos de entender los símbolos
que otros trazaron en su irregular superficie.
Estoy harto de símbolos. Harto de la vaciedad
de las palabras con que se describe el holocausto.
Desazón, dice la madre al hijo.
Desazón, el chofer del Pontiac del cincuenta y cinco
al despedir al que llega a su destino.
Desazón, le repite la mujer sin levantar la vista
frente a un televisor que intenta preservar el país
que ya no existe.
Pongo bajo la piedra mis manos.
Como si la sostuviese.

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Cabeza de familia

Alumbro el patio en la madrugada
para ver los ojos de los animales
que vienen a comer de mis residuos.
Animales que no gimen ni pelean entre ellos.
Sus entrenados dientes hacen traquear los huesos
con un sonido que siempre asocio al hambre.
Se alimentan en silencio sobre la sombra,
como lo hicimos en aquellos años
cuando tuve la suficiente experiencia
para llegar al tuétano de los huesos
que mi hija había despojado de carne;
como lo hicimos en aquellos años
también en silencio sobre la sombra,
bajo el vaivén de una lámpara de keroseno,
igual a esos animales que ahora contemplo.

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Entrenamientos

A Baby Casañas

Al salir del cine, ejercitándonos
en conversar sobre temas esenciales,
con la misma pasión que otros se entrenan
para disfrutar del éxtasis
o a hacer crecer su musculatura.
Nos acomodamos a la entrada
de una casa en ruinas,
reclinados sobre una enorme puerta
de madera carcomida
a la que le han hundido símbolos budistas,
el símbolo de libertad, paz y amor de los sesenta
y sobre ellos ciertas alegorías yorubas,
que solo se trazan instantes antes
de sacrificar a un animal.
En estos mismos terrenos abandonados
vertieron su sangre
mientras otros inhibían gestos y frases
inspiradas por una noche común.
Trazos frágiles blandidos a la madera
con la uña limada del dedo índice
expertos en labrar mensajes para la eternidad.
Símbolos desconocidos,
letras escritas con sobresalto
que simulan desprenderse
de la madera húmeda.
Sentados sobre el quicio,
en el umbral de una casa en ruinas,
como quien precisa de un oscuro rincón
del universo para exponer su desazón.
Pese a la escasa luz, los insectos,
el hedor a carne descompuesta
del animal ofrecido a una deidad,
por desespero más que por fe,
me examino las manos
en pose de esperar pacientemente
el paso de un ómnibus o un tren
que pueda transportarnos
hacia otra vida (pasado o futuro),
a esa otra dimensión por la que aguardamos
sobre una gran piedra
(resultado de algún evento telúrico)
sujeta con fortaleza por los enraizados sargazos
simulando ser una gran mancha de petróleo
arrimada al abismo del mar.
Sentados sobre el quicio,
en el umbral de una casa en ruinas,
a ver si atinas a la palabra precisa
con la que puedas explicarte
todo cuánto te rodea e irrita.

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La jarra

Déjame llenar de leche
el oscuro foso de esta jarra
de la que desconocemos casi todo
como para que sea ahora otro misterio.
No hay quién asegure
en qué horno le concedieron
su particular forma griega,
ni quién pudo colocarla en la cocina
hace más de cien años
cuando ninguno de nosotros estaba.
Permíteme llamarle mi jarra
y desplazar mis labios en su borde.
Sentir el frío que transpira la porcelana
con dibujos de ingenuos trazos
que simulan los de un niño (tan frágil)
que le temblaba la mano.

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El dibujo

Para Liset Trigo

Fijando con pulcritud en el dibujo la belleza,
las líneas perfectas del horizonte más distante;
líneas donde se acomodan fecundas nubes
que viajan desde remotos parajes, capitales del mundo,
tierras desprovistas del espléndido paisaje
que ahora engalanan.
Son tierras pobladas por músicos
cuyos instrumentos cargan con pereza.
A su paso se le aparecen los adolescentes
con el disfraz que pudieron apropiarse,
las bellas muchachas con mazos de romerillos
Motivadas por el ritmo de la música
huyen de sus casas como aves de una jaula
buscando la sombra de los altísimos árboles
que hincan el cielo, el mismo cielo
bajo el que las madres cosen con sus máquinas Singer.
Los alfareros crean para ellas las vasijas más disímiles;
sus esposos, los pastores, se tienden sobre la hierba
junto a los lentos animales.
El aguijón clavado en el silencio,
el peso del viento, la porcelana quebrada
que retiene el pez en el agua
para ser vertido en la quietud del mar
pasada la hora de turbulencias.
La glorieta del parque y los enamorados
olvidados de cuanto los rodea.
Como los espejos cuarteados
que reflejan varias realidades a la vez,
es el dibujo de Sigfredo Ariel.

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Las flores en el búcaro

Cuando las flores en el búcaro se retiran,
cuando el tiempo ya ha borrado todo su esplendor,
siento que me abandona esa belleza imprescindible
que preciso en tanto vacío de una casa sin jardín.
Es una pena que no estuviesen puestas para mí,
que su esplendor no fuese resultado de mi deseo.
Es difícil el mundo de los hombres
en que admirar las flores en la jarra de porcelana alemana,
regalo de mi abuela,
sea una debilidad incomprensible.

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Pensamientos chinos

Muerdo la goma del lápiz chino
e interpreto que la caligrafía a su costado
confirman ser un lápiz
venido desde ese país lejano
a falta de una producción nacional.
Pienso que si China,
por inmensa que sea, desaparece
tal y como sucedió con Batabanó
nos quedaríamos sin manera de borrar
lo que no habría manera de escribir.
Presumo que a mi edad no es bueno
tener la previsión de una catástrofe absurda,
si contamos con sucesos reales.
Pero la realidad se pega a mí como espectro,
me consume algunas energías,
desborda mi imaginación
que ya estaba fraccionada
entre lo real que a veces presume como irreal
y lo irreal que casi siempre se establece
como delirio cotidiano.
Borrón en el papel
donde pronto aparecerá un orificio
por el cual podrá salir mi saliva
y la palabra mal escrita
que me restará un punto.
Culpa de mi mala costumbre
de morder la goma
de los lápices venidos de China.

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Cierta puesta en escena

Bajo la luz tenue de un escenario,
dos hombres se desnudan
y una mujer muestra sus senos espléndidos
que sostienen uvas moradas.
Un soplido devuelven: ah, ah, ah.
Algunos se inquietan,
simulan observar la desnudez con naturalidad.
No son cuerpos perfectos, cuerpos para admirar
y eso de algún modo es osado.
Al centro del escenario,
uno de ellos asegura estar perdido.
La mujer, inclinada por el peso de las frutas,
asegura quererse perder.
El otro, por último se pone de espaldas,
sin pudor de sus nalgas flácidas,
a las que el público puso atención
como si estuvieran destinadas
a pronunciar el siguiente parlamento.
Finalmente alguien aplaude
(de seguro el director de la puesta)
y todos, con mayor o menor destreza lo imitamos.
La vanguardia, la vanguardia, dice alguien
admirado de haber contemplado
tres cuerpos desnudos.

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Silueta de los días

Sobre qué árbol o lindero del cielo
está el ave que sobrevolará este tiempo
en que estoy sujeto a mis recuerdos.
Por mis ojos pasan veloces los paisajes
a los que quizás nunca volveré;
pasan con la misma rapidez con que quisiera
se sucedieran estos días
acomodados a un vacío oceánico.
Jamás pude aprenderme el nombre de las calles,
a las que llegué sin hacer algo mejor.
Me coloqué varias veces en línea recta
sobre el alféizar de una ventana
que mostraba la ciudad sin mucha precisión.
Como la virgen que se hacen dibujar a las espaldas
los taxistas que inflaman el claxon
de sus aparcados autos: manera de advertir
que resistirán el peso de las horas.
Quizás deba aprender de ellos
el saber aguardar con serenidad
la venida de los sucesos convenientes.

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Viajo la isla

Salgo de una ciudad a otra ciudad,
como la amiga inglesa por toda Europa.
Falta en mí la costumbre de enviar tarjetas: nadie las espera.
Atravieso la inmóvil sombra de la maleza
y por las hendijas de las pequeñas casas
veo ascender la espuma de la leche que hierve,
la mujer descalzando a su hombre
como si ese simple acto pudiese borrar su cansancio,
los niños dispuestos a envejecer sus dedos
en los charcos de agua que un relámpago alumbró.
Extraño la armonía de estos pueblos
que ni siquiera necesitan estar en un mapa.
Viajo dejándome acompañar por el olor de la hierba húmeda,
bajo un cielo neutro que se palpa gracias a la lentitud del tren.
Viajo la isla como la amiga inglesa por el continente:
leyendo nombres que nunca memorizo.
Omisiones de la memoria que nada significan.

 

Selección de Víctor Rodríguez Núñez