Rimbaud | por Julio Cortázar (Julio Denis)

Assez connu. Les arrets de la vie.
O Rumeurs et Visions!
Départ dans l ‘affection et le bruit neufs.

Arthur Rimbaud

Ahora sabemos que Arthur Rimbaud es un punto de partida, una de las fuentes por donde se lanza al espacio el líquido árbol de esta Poesía nuestra. Frente al milagro de Rimbaud, no es posible plantearse reticencias de idioma o de nacionalidad. Porque nada tiene de importante que el poeta haya exclusivamente aprovechado la historia de sus «ancêtres gaulois»; como tampoco es importante que nuestra línea española sea escasa en conexiones con su poética esencial, a diferencia de lo que ocurre cuando nos acercamos comparativamente a los clásicos, y más tarde a Baudelaire y a Mallarmé. Sólo un prejuicio inconsistente podría alejarnos de una obra que se une por la raíz a toda experiencia poética del hombre. España, empero, no parece haber ponderado la tentativa en toda su latitud; pocos de sus jóvenes poetas —esos a quienes la marea del odio ha dispersado por el mundo como un sangriento fuego de artificio— recogieron directamente la influencia vital de Rimbaud. De su acción indirecta, nadie podría huir en estos tiempos de entera sinceridad poética, en que terminamos de aprender dónde está la gracia y dónde la mera técnica. La obra del surrealismo reconoce francamente su filiación —a la que agrega la proveniente de Lautréamont, tan poco sumergido en nuestro avizorar americano, y tan merecedor de él. Alberti y Neruda, Aleixandre y Federico García Lorca, como la avanzada aún indecisa de los poetas españoles y sudamericanos —¡México, Argentina, Cuba!—, guardan en la mano izquierda el corazón sangrante de Rimbaud y escuchan su latido, aunque muchos no hayan abierto jamás la página primera de Les Illuminations.
Ocurre que Rimbaud (y de ahí su diferencia básica con Mallarmé) es ante todo un hombre. Su problema no fue un problema poético, sino el de una ambiciosa realización humana, para la cual el Poema, la Obra, debían constituir las llaves. Eso lo acerca más que todo a los que vemos en la Poesía como un desatarse total del ser, como su presentación absoluta, su entelequia. E intuimos además en ese logro una recompensa trascendente, una gracia que replica a la necesidad inevitable de unos pocos corazones humanos.
Ante esa tentativa, encarada como medio o como fin —propósitos que, en el fondo, descansan más en el distinto ángulo de visión que en diferencias esenciales—, uno alcanza en toda su grandeza la desgarrada figura de Rimbaud. Mallarmé conoció tanto o más que él la angustia creadora, la lucha contra la impureza expresiva y el canto indecible.  Pero Mallarmé estaba por y para la Poesía. Es «l’homme chargé de voir divinement», para decirlo con él. Todo culmina en un libro. Inclusive el poeta, que comprenderá su fracaso cada vez que intente la experiencia suprema, el ápice que toca ya la música, el silencio. En Rimbaud y Mallarmé existió un «icarismo»; ambos creyeron poder romper los cuadros lógicos de nuestra inaceptable realidad, recrear el mundo para descubrirse íntegramente en él. «Je notais l’inexprimable. Je fixais des vertiges», dijo Rimbaud en un pasaje famoso. Y Mallarmé, en el más hermético de sus poemas: «Gloire du long désir, Idées». Pero sus caminos se apartan, se hacen hostiles, divergen hasta perderse en fines que son los antípodas de las posibilidades de un hombre nacido con el don poético. Mallarmé concentra su ser en el logro de la Poesía con el anhelo catártico de ver surgir, alguna vez, la pura flor del poema. Toda su obra es la misma tentativa cien veces renovada y cien veces destruida por el desencanto. Nada lo satisface, porque nada le parece comprender la Poesía. Su obra es una condena terrible para toda poética intentada con ligereza y toda esperanza romántica. Él supo que la Poesía es un sacrificio, y que no se llega a ella por caminos abiertos. Desangrado en el esfuerzo, deshumanizado al fin —cuando cayó en el total hermetismo del que lo libró la muerte—, su obra es una traición a lo vital, un intento de salirse de sí mismo en lo que tenía de hombre complejo y arraigado en lo telúrico. Es el Ícaro angélico; su caída no lo arrastra al mar sino a la desintegración ideal; sus poemas miran hacia lo absoluto y dan resueltamente la espalda a este aquí abajo que fue su amargo cáliz. Cae la noche, y el fauno se duerme sin haber dado caza a las ninfas.
Rimbaud principia por el mismo camino. La eclosión, en Charleville, lo muestra preocupado por una poética que tenga raíces inteligibles; es la época en que escribe la famosa Lettre du Voyant, en la que pretende fijar los elementos de una creación válida. Es allí donde dijo: «Car Je est un autre», frase que, sometida a todos los malentendidos posibles, encontrará una explicación en el surrealismo, cuyo único punto de contacto con el poeta es la creencia de que órdenes inconscientes, categorías abisales del ser, rigen y condicionan la Poesía; creencia cuya aceptación basta para invalidar toda poética basada en preceptos retóricos, analogías meditadas y procedimientos de oficio. Los surrealistas —pragmáticos— convirtieron esa hipótesis en un método; algunos poetas afiliados dijeron bellos versos nacidos de un semisueño o de una escritura automática. Pero a Rimbaud le interesaba poco o nada todo aquello; él no prosiguió un propósito de liberación y sublimación del «autre», sino del «Je». (Cierto que todavía no estaba allí Freud para aconsejarlo; eso quedó para nuestro siglo.)
Creer a Rimbaud un poeta que se confía a impulsos inconscientes, sería equivocarse en lo fundamental; nada más lejos de su intención. Aun reconociendo el poder del «otro», su obra es profundamente meditada —basta leer el estudio de Jacques Rivière, donde se cotejan borradores—; una arquitectura sabia, tan sabia como la de Mallarmé, utiliza en pleno los recursos del pensamiento y del idioma para acercarse al misterio de la Poesía. Hay una diferencia no siempre advertida entre el Rimbaud que escribe la Lettre du Voyant y el Rimbaud de los años posteriores, hasta la hora del silencio. Toda reflexión de orden estético, todo método explícitamente revelado, se transmutan directamente en Obra. No siempre corresponde ésta a aquellos. Parece como si, aun en posesión de la llave, él se lanzara hacia afuera por la ventana. Los poemas, a partir de entonces, son diarios de viaje. ¡Y qué viaje! No me parece, contra la opinión de Maritain y otros, que Rimbaud buscara un absoluto de Poesía.
Siempre he pensado que su descenso a los infiernos —«Je me crois en enfer, donc j’y suis»— era una tentativa para encontrar la Vida que su naturaleza le reclamaba. La desesperación, el insulto, la amargura, todo lo que lo subleva ante la contemplación de la existencia burguesa que se ve obligado a soportar, es prueba de que en él hay un hombre ansioso de vivir; de lo contrario hubiera seguido un procedimiento eliminatorio o estoico, la retirada y el silencio desdeñoso. Lo que hizo un Amiel, Rimbaud lo rechaza, porque él se siente con fuerzas para luchar, quiere abrirse un camino a través del infierno, a través de la Poesía, y alcanzar por fin la conquista de su propio Yo, libre de condicionantes insoportables. Porque es rebelde, lucha; porque es orgulloso, se debate. Más allá está la Vida —poesía, libertad, divinidad—; y todo su terrible camino no es más que un reiterado más allá. Aun aceptando que hubo en él la esperanza de llegar a lo absoluto de la Poesía, de lograr un conocimiento de lo incognoscible mediante la aprehensión poética, todo ello no era un fin en sí, como pudo serlo para Mallarmé, sino el peldaño supremo desde el cual le sería dada la contemplación de sí mismo, desnudo de escoria, diamante ya, enfrentándose con lo divino de igual a igual.
¡El orgullo de Rimbaud! Un satanismo que lo lanza a lo angélico; la raíz de lo negativo alimentando la llama de una flor abierta hacia el cielo. Todo eso se derrumba el día en que una crisis moral —elemento hasta entonces despreciado deliberadamente por él, y que se toma de pronto la revancha— lo lleva a escribir Une Saison en Enfer, cuya lectura sería mucho más provechosa que este ensayo para medir la profundidad de un alma y el fracaso de una ambición. Terminado ese desgarrante resumen del viaje, Rimbaud amanecerá a su nueva existencia de derrotado que ha comprendido la necesidad de la resignación.
¿Por qué no se mató Rimbaud? Es que, en realidad, se mató. Lo que queda de él es una costumbre de vivir, de viajar; un recuerdo corporizado, un retrato vivo. Pero Arthur Rimbaud, poeta, había muerto en su piecita de Roche, con sus últimas líneas: «et il me sera loisible deposséder la verité dans une âme et un corps». Ese paradójico optimismo que resulta del balance final, no es más que el estimulante necesario para seguir la marcha. No creo, como Carré y otros biógrafos del poeta, que se abriera en esos días un nuevo capítulo en la existencia de Rimbaud, y que un destino todavía más extraordinario le estuviera deparado. El hombre continúa su pasaje, pero es ahora el hombre a la medida de las cosas; no el hombre Rimbaud que él, desde su bohemia tormentosa, soñó alguna vez, con la nariz pegada en los cristales, la mano hundida en el pelo rebelde, y el «perfecto rostro de ángel en exilio» contraído por una mueca de colérica esperanza.

Precisamente por ello, por haber jugado la Poesía como la carta más alta en su lucha contra la realidad odiosa, la obra de Rimbaud nos llega anegada de existencialismo y cobra para, nosotros, hombres angustiados que hemos perdido la fe en las retóricas, el tono de un mensaje y de una admonición. Nunca me he detenido demasiado en aquellas frases del poeta que suenan, a oídos ingenuos o prevenidos, como profecías, fórmulas secretas o mecanismos infalibles para meterse de rondón en el más allá de las cosas y de las almas. La obra de ese muchacho magnífico e infortunado no es un grimorio, sino un pedazo de su piel cuyo tatuaje puede ser descifrado sin más que leerlo con la inocencia necesaria. Las fórmulas de Rimbaud no condicionan su obra al extremo de creer que comprendiendo unas se puede habitar en la otra. En realidad, los poetas anteriores han empleado mucho más que el mismo autor esas directivas del pensamiento. (Pero no lograron lo que él, hecho que demuestra la tontería de toda escuela y de toda influencia, con perdón de André Gide.)
Él es el Ícaro de carne y hueso que se aplasta sobre las aguas y, salvado por una inercia de vida, quiere alejarse de lo que considera clausurado para siempre. Mallarmé se despeña sobre la Poesía; Rimbaud vuelve a esta existencia. El primero nos deja una Obra; el segundo, la historia de una sangre. Con toda mi devoción al gran poeta, siento que mi ser, en cuanto integral, va hacia Rimbaud con un cariño que es hermandad y nostalgia. Uno puede amar a Góngora, pero es San Juan de la Cruz quien aprieta el pecho y vela la mirada. Se podrá decir que la poesía es una aventura hacia el infinito; pero sale del hombre y a él debe volver. Le es conferida a manera de una gracia que le permite franquear las dimensiones; mas el triunfo no está en «rondar las cosas del otro lado», como dijo Federico, sino en ser uno quien las ronda. La aventura de Rimbaud es un punto de partida para la desgarrada poesía de nuestro tiempo, que supera en conciencia de sí misma a cualquier momento de la historia espiritual; ahora, siendo más modestos, somos a la vez más ambiciosos; ahora sabemos la grandeza y la miseria de esta Poesía, intuimos sus fuentes y buscamos sus mapas. Somos, en ese sentido, los «voyants» que él reclamaba. ¿Deja el hombre de correr por eso el riesgo de Ícaro? No lo creo. Hay en todo poeta una fatalidad que lo arrastra, una «manía». Y si la tentativa en este orden está destinada a fracasar, si lo absoluto no puede serle dado, si el conocimiento poético, como el místico, es inexpresable, su pasaje no será nunca vano. Del Rimbaud que traficó en Abisinia no nos resta nada merecedor de recuerdo; del adolescente que se desangró sobre los filos de un imposible queda la obra más viva y más honda de la poesía moderna. Y, para decirlo con él, aunque el logro sea siempre diferido, viendrons d’autres horribles travailleurs: ils commenceront par les horizons ou l’autre s’est affaisé!

Julio Denis

Extraído de Julio CORTÁZAR, Obra Crítica 2, Edición a cargo de Jaime Alazraki, Alfaguara, Madrid, 1994.