Plagios | José Cruz Camargo Zurita

José Cruz Camargo Zurita, nació el 2 de noviembre de 1955 en la Ciudad de México. Tiene una amplia discografía con la banda de la que es fundador: Real de Catorce (nombre en honor al pueblo minero de San Luis Potosí, México, donde los huicholes y marakames hacen místicas ceremonias con el Peyote, Hícuri, Carne de Dios), sus discos son: Real de Catorce (1987), Tiempos oscuros (1988), Mis amigos muertos (1989), Voces interiores (1992), Contraley (1994), y Cicatrices (1998), entre otros. Ha publicado los libros de poemas: De los textos del alcohol (Editorial Señales 2004) (reeditado por Fridaura 2009) y Yo creador me confieso (edición de autor 2015).

Puse la punta del pie en la poesía aceitosa de Sylvia Plath.
Pedazo de ébano en un bistec saladísimo
en la mesa de lluvia y relámpagos.
El ostión era un ojo abierto:
un suicidio de hojarasca que cesó su aliento.
Alma enfermiza, trémula.
Marea de aguas malas incendiaron sus tejidos.
Y los órganos fallaban y fallaban,
y no se echaban a andar en la vida.
La poesía es responsable:
Poesía asesina de espita de gas suicidio eterno.
Tardío reconocimiento a esta alma embrollada en sus dudas.
Diosa en el Templo de las Compasiones:
No quedó mucho que matar más que un jirón de alma
salvaje hoy inolvidable.

A mi Paty

Miremos nuestros ojos;
nuestros cuerpos, uno
encima de otro

Sean terciopelo los besos
y nuestro oleaje piel

El tacto silente, felino:
sigilo de ciegos amándose

Amor, desnuda
Mujer, amor

Somos si, almas vestidas
con sexos distintos,
órganos que son flores

Eróticos los minutos,
esta noche.

Feminicidios

Llueve entretelones
Cabello húmedo, ventanas llorosas
Ahí flota tu cuerpo, mujer de mi vida
agua de tu muerte.

Un disco de Willie Dixon se marea de tanta vuelta en la tornamesa.
He querido que mi herida sangre lentamente en la tarde.
Pude haber escogido otro oficio más alejado del infierno,
pero me estafó el destino en el casino del poker, el tabaco y un atractivo vino.
El amor, en esos días, eran dos animales en una cama decrépita, ruidosa;
rota como la pared venosa de los corazones tristes.
Cerrábamos los ojos después del orgasmo, y en el cenicero de la noche,
apagábamos el dolor de ser desterrados, expatriados.

El escenario olía a blues, sexo y aserrín; y varias almas
cuchicheaban un lenguaje amargo, negro como la gangrena.
Una plumilla entre los dientes para tocar con las yemas de los dedos
de la mano izquierda mi guitarra eléctrica, sobre todo,
en esos solos intensos que me hacían llorar
un oleaje imborrable de bravas mareas vivenciales en la ciudad infértil,
sin brisa marina que se me clavaba como daga en el pecho.
Entré a un diminuto camerino a atemperarme con unos tragos.
Temblaban mis piernas enfundadas en cuero negro, sudaba.
Cuánto alcohol y mota toleraría el templo de mi sagrado cuerpo:
lo supe delirios más tarde.

Odiosas noches en las que se desprendía mi espíritu
y se largaba al cosmos pinkfloydiano con sus constelaciones
‘purple haze’, sus planetas parlantes, el danzón de multiversos,
y cobarde regresaba al cuerpo como un superman
ante la mortal kriptonita (entiéndase cocaina).
El terror narcisista de descubrir que no era inmortal;
que había creído con fe ciega en el dogma:
“a mí no me pasará un tren encima”.
Pero, no existen las tardes ebrias, ni tequileras;
los días deprimentes, el ebrio tequilero y depresivo es uno mismo.
Tampoco los amigos traicioneros cuando uno los enseña a traicionar.
“Compro parnas para no chupar solo, porque siento pánico a la soledad”.

Luz-oscuridad-y las navegaciones circundantes del verano.
No es tristeza lo que cargan las horas aciagas,
es el blues tocando las orillas del alma.
Es tu cuello en mi memoria y los labios besados resonando lejos.
Tus dedos adelgazaban un cigarro y sonreía el humo en tu boca.
Yo ebrio, intentaba tomar tu cintura para bailar bajo el cielo constelado.
Abolimos la pena de muerte de las ciudades
para liberarnos del insomnio y la pesadilla.
Ésa, nuestra noche, la última noche tejida por nuestro amor,
es hoy, la consideración de lo eterno.

“Plagios”

Pienso: “elegiré una cuerda gruesa para colgarme;
como no hay árboles cerca, el barandal de la escalera
en casa es resistente, firme”.
Solo soy tres: mi sombra, mi mascara y mi tótem.


Poemas inéditos de José Cruz Camargo Zurita| COLABORACIÓN ENVIADA POR JORGE CONTRERAS HERRERA (MX) | Buenos Aires Poetry, 2019.