Canto a un dios mineral | Jorge Cuesta

Jorge Mateo Cuesta Porte Petit (Córdoba, Veracruz, 1903-1942) fue un químico, ensayista y editor mexicano. Gran poeta mexicano del grupo Los Contemporáneos (Pellicer, Villaurrutia, Novo, Goroztiza, etc.). Se le considera fundador de la crítica literaria mexicana. 

 

Canto a un dios mineral

Capto la seña de una mano y veo 
que hay una libertad en mi deseo; 
ni dura ni reposa; 
las nubes de su objeto el tiempo altera 
como el agua la espuma prisionera 
de la masa ondulosa. 

Suspensa en el azul la seña, esclava 
de la más leve que socava 
el orbe de su vuelo, 
se suelta y abandona a que se ligue 
su ocio al de la mirada que persigue 
las corrientes del cielo. 

Una mirada en abandono y viva, 
si no una certidumbre pensativa, 
atesora una duda; 
su amor dilata en la pasión desierta 
sueña en la soledad, y está despierta 
en la conciencia muda. 

Sus ojos errabundos y sumisos, 
el hueco son, en que los fatuos rizos 
de nubes y de frondas 
se apoderan de un mármol de un instante 
y esculpen lafigura vacilante 
que complace a las ondas. 

La vista en el espacio difundida 
es el espacio mismo, y da cabida 
vasto y mismo al suceso 
que en las nubes se irisa y se desdora 
e intacto, como cuando se evapora, 
está en las ondas preso. 

Es la vida allí estar, tan fijamente, 
como la helada altura transparente 
lo finge a cuanto sube 
hasta el purpúreo límite que toca, 
como si fuera un sueño de la roca, 
la espuma de la nube. 

Como si fuera un sueño, pues sujeta, 
no escapa de la física que aprieta 
en la roca la entraña, 
la penetra con sangres minerales 
y la entrega en la piel de los cristales 
a la luz, que la daña. 

No hay solidez que a tal prisión no ceda 
aun la sombra más íntima que veda 
un receloso seno 
¡en vano! pues al fuego no es inmune 
que hace entrar en las carnes que desune 
las lenguas del veneno. 

A las nubes también el color tiñe, 
túnicas tintas en el mal les ciñe, 
las roe, las horada, 
y a la crítica nuestra, si las mira, 
por qué al museo su ilusión retira 
la escultura humillada. 

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa. 
Cuando en una agua adormecida y mansa 
un rostro se aventura, 
igual retorna a sí del hondo viaje 
y del lúcido abismo del paisaje 
recobra su figura. 

Íntegra la devuelve al limpio espejo, 
ni otra, ni descompuesta en el reflejo 
cuyas diáfanas redes 
suspenden a la imagen submarina, 
dentro del vidrio inmersa, que la ruina 
detiene en sus paredes. 

¡Qué eternidad parece que le fragua, 
bajo esa tersa atmósfera de agua, 
de un encanto el conjuro 
en una isla a salvo de las horas, 
áurea y serena al pie de las auroras 
perennes del futuro! 

Pero hiende también la imagen, leve, 
del unido cristal en que se mueve 
los átomos compactos: 
se abren antes, se cierran detrás de ella 
y absorben el origen y la huella 
de sus nítidos actos. 

Ay, que del agua el imantado centro 
no fija al hielo que se cuaja adentro 
las flores de su nado; 
una onda se agita, y la estremece 
en una onda más desaparece 
su color congelado. 

La transparencia a sí misma regresa, 
y expulsa a la ficción, aunque no cesa; 
pues la memoria oprime 
de la opaca materia que, a la orilla, 
del agua en que la onda juega y brilla, 
se entenebrece y gime. 

La materia regresa a su costumbre. 
Que del agua un relámpago deslumbre 
o un sólido de humo 
tenga en un cielo ilimitado y tenso 
un instante a los ojos en suspenso, 
no aplaza su consumo. 

Obscuro parecer no la abandona 
si sigue hacia una fulgurante zona 
la imagen encantada. 
Por dentro la ilusión no se rehace; 
por dentro el ser sigue su ruina y yace 
como si fuera nada. 

Embriagarse en la magia y en el juego 
de la áurea llama, y consumirse luego, 
en la ficción conmueve 
el alma de la arcilla sin contorno: 
llora que pierde un venturero adorno 
y que no se renueve. 

Aun el llanto otras ondas arrebatan, 
y atónitos los ojos se desatan 
del plomo que acelera 
el descenso sin voz a la agonía 
y otra vez la mirada honda y vacía, 
flota errabunda fuera. 

Con más encanto si más pronto muere, 
el vivo engaño a la pasión se adhiere 
y apresura a los ojos 
náufragos en las ondas ellos mismos, 
al borde a detener de los abismos 
los flotantes despojos. 

Signos extraños hurta la memoria, 
para una muda y condenada historia, 
y acaricia las huellas 
como si oculta obsecación lograra, 
a fuerza de tallar la sombra avara 
recuperar estrellas. 

La mirada a los aires se transporta, 
pero es también vuelta hacia dentro, absorta, 
el ser a quien rechaza 
y en vano tras la onda tornadiza 
confronta la visión que se desliza 
con la visión que traza. 

Y abatido se esconde, se concentra,
en sus recónditas cavernas entra 
y ya libre en los muros 
de la sombra interior de que es el dueño 
suelta al nocturno paladar el sueño 
sus sabores obscuros. 

Cuevas innúmeras y endurecidas, 
vastos depósitos de breves vidas, 
guardan impenetrable 
la materia sin luz y sin sonido 
que aún no recoge el alma en su sentido 
ni supone que hable. 

¡Qué ruidos, qué rumores apagados 
allí activan, sepultos y estrechados, 
el hervor en el seno 
convulso y sofocado por un mudo! 
Y grava al rostro su rencor sañudo
y al lenguaje sereno. 

Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive 
en el fondo aterrado, y no recibe 
las ondas todavía 
que recogen, no más, la voz que aflora 
de un agua móvil al rielar que dora 
la vanidad del día! 

El sueño, en sombras desasido, amarra 
la nerviosa raíz, como una garra 
contráctil o bien floja; 
se hinca en el murmullo que la envuelve, 
o en el humor que sorbe y que disuelve 
un fijo extremo aloja. 

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa, 
y asciende un burbujear a la sorpresa 
del sensible oleaje: 
su espuma frágil las burbujas prende, 
y las pruebas, las une, las suspende 
la creación del lenguaje. 

El lenguaje es sabor que entrega al labio 
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio: 
despierta en la garganta; 
su espíritu aún espeso al aire brota 
y en la líquida masa donde flota 
siente el espacio y canta. 

Multiplicada en los propicios ecos 
que afuera afrontan otros vivos huecos 
de semejantes bocas, 
en su entraña ya brilla, densa y plena 
cuando allí late aún, y honda resuena 
en las eternas rocas. 

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante 
en que la forma oculta y delirante 
su vibración no apaga, 
porque brilla en los muros permanentes 
que labra y edifica, transparentes, 
la onda tortuosa y vaga. 

Oh, eternidad, la muerte es la medida, 
compás y azar de cada frágil vida, 
la numera la Parca. 
Y alzan tus muros las dispersas horas, 
que distantes o próximas, sonoras 
allí graban su marca. 

Denso el silencio trague al negro, obscuro 
rumor, como el sabor futuro 
sólo la entraña guarde 
y forme en sus recónditas moradas, 
su sombra ceda formas alumbradas 
a la palabra que arde. 

No al oído que al antro se aproxima 
que el banal espacio, por encima 
del hondo laberinto 
las voces intrincadas en sus vetas 
originales vayan, más secretas 
de otra boca al recinto. 

A otra vida oye ser, y en un instante 
la lejana se une al titubeante 
latido de la entraña; 
al instinto un amor llama a su objeto; 
y afuera en vano un porvenir completo 
la considera extraña. 

El aire tenso y musical espera; 
y eleva y fija la creciente esfera, 
sonora, una mañana: 
la forman ondas que juntó un sonido, 
como en la flor y enjambre del oído 
misteriosa campana. 

Ése es el fruto que del tiempo es dueño; 
en él la entraña su pavor, su sueño 
y su labor termina. 
El sabio que destila la tiniebla 
es el propio sentid o que otros puebla 
y el futuro domina.


Colaboración enviada por Víctor Toledo (MX) | Buenos Aires Poetry, 2019.