Rossella Di Paolo: Yo quiero tanto a la poesía que a veces creo que no la quiero | Miguel Ángel Zapata

Por Miguel-Angel Zapata

Paul Klee sostenía que el arte no reproduce lo que vemos, sino que nos permite ver. Ver, no en el sentido de mirar al otro lado del jardín, sino de abrir los ojos a la verdadera casa de la poesía. Un poema, entonces, puede visualizar lo invisible. Ese ver, en ocasiones inesperado, roza el vacío, la desesperación, y también el goce de un descubrimiento. San Juan de la Cruz pudo ver la casa sosegada del alma, a través de las profundas cavernas del sentido. César Vallejo vio a la muerte cruzar una calle con aguacero. Rossella Di Paolo asimila la tradición, y la remira con un lenguaje diáfano y complejo. Su cepa radica en la precisión de las imágenes, y en la meticulosidad de cada palabra construida. El cuerpo, la luz, la casa de la poesía, y el mar, son algunos de sus temas recurrentes. Sus poemas no lidian meramente con descripciones alborotadas ni crean palabras sin sentido para impresionar. Cada ladrillo de la casa de la poesía tiene un peso equilibrado. Espera con cautela a que la naturaleza le hable primero. Percibe el llamado con sigilo, sabe esperar.

El poema, ante el reto de la sombra, y a pesar del corregir constante, no pierde su carga anímica, ni su esencia emocional. El cuerpo es uno de los variados temas que trata su poesía. En el marco de la poesía peruana, el tema del cuerpo ha sido tratado con acierto por César Vallejo, César Moro, Jorge E. Eielson, Blanca Varela, Carmen Ollé, y José Watanabe. En la esfera de Moro, por ejemplo, el cuerpo es materia de deseo, su juntura con otro cuerpo crea una necesidad vital: “Guárdame junto a ti, cerca de tu ombligo en que principia el aire;/ cerca de tus axilas donde se acaba el aire. Cerca de tus pies y cerca de/ tus manos. Guárdame junto a ti”. Moro, en la misma sierpe de Cavafis, sin duda, plasma una imagen libre, sin prejuicios, sobre la relación amatoria. En ciertos poemas de Eielson, por otro lado, se crea una genealogía del cuerpo, incluyendo su deterioro y también su dolor: “El cuerpo entero padece/De una antigua enfermedad violeta/ Cuyo nombre es melancolía y cuyo emblema/ Es una silla vacía”. En otros casos, el cuerpo sufre de un exilio interior, y siente la atracción de otros cuerpos mutilados y enamorados. Watanabe, en efecto, da cuenta del interior de un cuerpo doliente, auscultado por un ojo invisible: “La otra operación de tu insomnio…Es del ojo/interior/que navega dentro de tu carne”. Blanca Varela planta a la poesía en la fisura del cuerpo: “el poema es mi cuerpo…la carne fatigada…”. Son distintos enfoques de la presencia del cuerpo que se cierra y se abre con el discurrir del alma. Estos cuerpos fluyen entre el árbol de la dicha, el placer, y la poza de la muerte. Son cuerpos que recuerdan (Cavafis), cuerpos que agonizan, cuerpos que disfrutan hasta en la incertidumbre.

Rossella Di Paolo encuentra otro jardín donde labrar. La voz, la palabra emana del cuerpo, porque sin él, sin su esencia, nada palpita, nada suena: “Es él quien fabrica las palabras/la conciencia de estar /de ser aquí/ porque así lo quiere/ y si no lo quiere entonces nada/ de nada”. El cuerpo es el hacedor, la filosofía de estar vivo y decidir. Eielson escribe en un poema: “Miro mi sexo con ternura/Toco la punta de mi cuerpo enamorado”. Masturbación, energía, apertura del sentido. Rossella Di Paolo, dice: “Ah este cuerpo alegre como un perro chico/ con su sexo despierto saltando en la puerta”. En ambos poemas se vislumbra el éxtasis del disfrute, de ese gozo natural que produce la atracción de su propio cuerpo. Este cuerpo alborozado y sin dolor, lo había sugerido nítidamente Ovidio en El arte de amar. La semántica de Di Paolo va más allá de una simple descripción de las funciones del cuerpo. Adquiere su propia voz, aquella voz decidida, absoluta:

Me ama este cuerpo que yo habito
me abre sus ventanas y me teje
y desteje cada día que me asomo.

El cuerpo es una casa, el texto del aire y su tejedura. Así, del trajinar del cuerpo, el lenguaje y sus vislumbres, la poesía de Rossella Di Paolo viaja por entornos variados. Tal es el caso de su poema “Noche oscura” que dialoga con el clásico poema homólogo de San Juan de la Cruz. Aquí se trata -como en el caso de ciertos poemas de Carlos Germán Belli- de la reconstrucción de un pasado luminoso ante las arcas de un presente lleno de miedo. Belli ejecuta una revuelta con la poesía: retorna a la transparencia y dificultad de los clásicos, y los remira desde los claustros y los muros de una ciudad recuperada en la memoria. Rossella Di Paolo reconfigura el poema de San Juan y le da un nuevo significado, un vibrato distinto. Recuerdo con mucha alegría cuando leí en la Rioja este poema de Rossella. Fue durante el Festival Internacional de Poesía en la Rioja, España, en 1999. A penas terminé de leer su poema, se escuchó un aplauso clamoroso, entusiasta y cómplice de parte del público. No era para menos. El poema introduce nuevos elementos y variaciones, llevándolo a un mundo cotidiano actual: un taxi, una noche dichosa en Lima, colmando la llama de amor viva, en su deleite de piel y deseo: “Quedéme y olvidéme/ el rostro recliné sobre ti/el rostro, el vientre, los muslos…”. Un poema, entonces, puede visualizar el vacío, el abismo de una caricia, y la agitación de dos cuerpos. El cuerpo del lenguaje es variable, árbol adentro, luz nada serena que cambia como camaleón.

Dice Heidegger que una obra solo es real como obra cuando nos arranca de la habitualidad y nos inserta en lo abierto por la obra, para hacer morada nuestra esencia misma. La poesía de Rossella Di Paolo nos arranca del lugar común, y nos deslumbra con un ver distinto: gira entre la frescura y el fulgor desordenado de la verdadera poesía.

Franklin Square, Nueva York, 19/10/2020

Rossella Di Paolo (Lima, 1960) estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado los libros de poesía: Prueba de galera (Antares 1985 y Paracaídas 2017); Continuidad de los cuadros (Antares 1988); Piel alzada (Colmillo Blanco 1993); Tablillas de San Lázaro (Fondo Editorial de la PUCP 2001) y La silla en el mar (Peisa 2016). Poemas suyos han sido recogidos en diversas revistas y antologías de poesía peruana e hispanoamericana.
Como docente universitaria, tuvo a su cargo el curso Análisis del discurso literario, en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), así como talleres de poesía en la facultad de Literatura de la PUCP. Participa en ediciones y exhibiciones multidisciplinarias de poesía, pintura y fotografía.

Acaba de obtener el Premio Casa de la Literatura Peruana, 2020.

LAS MONTAÑAS

Las montañas azules como el aire
ceñidas de altísima distancia
miran con nostalgia sus hombros vulnerados.

Bajan sus ecos lentos. Ya no claman
se están quietas soñando las montañas
en sus alas, en sus alas.

(de: Prueba de galera)

EL CUERPO DONDE HABITO

I

Todo este buen objeto que es un cuerpo:
sus brazos flacos despegados por arriba
sus alocadas piernas cortadas hacia abajo
y en el medio el pedacito de torso
con su corazón puntual, sus riñones limpios
y este pulmón que se asoma a la ventana
y conversa con el otro
sobre si el cerebro encabezado, si la boca armada
si las altas hogueras parpadeando al unísono.
Ah este cuerpo alegre como un perro chico
con su sexo despierto saltando en la puerta.
Sin este honroso cuerpo, duro y claro,
sin su lúcida arquitectura
de huesos quietos y pellejo alzado
dónde habitaría y cómo
tanta tierna acongojada nada?

II

En los brazos de mi cuerpo estoy
en sus pies me alzo y ando.
De mi cuerpo soy hija única
y en su piel me sumerjo entera.
Sin mi cuerpo no hay voz
ni mi voz ni tu voz
sin las orejas de mi cuerpo
ni tu cuerpo sin los ojos del mío
sin sus manos.
Me ama este cuerpo que yo habito
me abre sus ventanas y me teje
y desteje cada día que me asomo.
Es él quien fabrica las palabras
la conciencia de estar / de ser aquí
porque así lo quiere
y si no lo quiere entonces nada
de nada.

(de: Piel alzada)

SAL SI PUEDES II

Vivo en la casa de la poesía.
Subo despacio sus escaleras
y también, saltando, las bajo.
Me siento en la silla de la poesía,
duermo en su cama, como en su plato.
La poesía tiene ventanas
por donde se deja caer
mañanas y tardes,
y bien me cuelga una lágrima
bien sopla hasta tumbarla / Con esto
quiero decir que trae
curitas y heridas
en la misma canasta.
Yo quiero tanto a la poesía que a veces creo
que no la quiero / Ella me mira,
mueve la cabeza y sigue tejiendo
poesía.
Como siempre, me quedará grande.
Pero cómo decirle / cómo decirle
quiero salir / quiero freír
honestamente mis espárragos…
Ya la veo alcanzándome
con su botella de aceite
y su loca sartén.
Ya la veo,
con su atadito de espárragos
saliéndole de la manga.
Ah su frescura / su fulgor desordenado
y el demorado compás con que me cerca.
Y yo me rindo / me rindo siempre porque vivo
en la casa de la poesía / porque subo
las escaleras de la poesía
y porque también las bajo.

(de: Tablillas de San Lázaro)

NO

no sigue el amor mis pasos
tuerce la cabeza, se resiste
¿he de golpear sus patas?
¿silbar desde aquí abajo?
y aun viniendo
lento, de espaldas
¿cuál hazaña la mía?
un animal cansado
que no acierta
a saciar su vértigo de monte
–la lumbre alta que lo arrastra–
entre mis pocas manos

(de: Tablillas de San Lázaro)

S. O. S.

La luna cuelga sobre el mar
dura y redonda como el deseo.

La noche apenas alcanza para taparme un ojo
el otro tercamente abierto sobre el mar en calma,
pero otros vientos se encadenan
para pasar por el hueco de mi corazón
para tatuar en el agua signos que son tu nombre,
formas que son tus brazos alrededor de esta caída.
Duele tanto el deseo.
No sé más pero tampoco sé menos que eso.
Cruzo y descruzo mis tibias en el puente
y en cada movimiento algo parte hacia lo oscuro
y en cada movimiento algo vuelve y eres tú
y no eres tú sino la rabia de no estar
aquí y a descubierto.
El timón cae por la borda, las velas se encogen como puños
y luego el miedo
a que no seas más que este océano
a que no seas más que este corazón que se cuenta historias
porque nadie te conoce y estoy hasta el cuello de ti
o más arriba
porque me hundo en tus aguas
dura y redonda como el deseo, como la luna,
como tiene que ser.

(de: Tablillas de San Lázaro)

Noche oscura

a oscuras, y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

San Juan de la Cruz

En una noche oscura
seis cajas de libros, un vestido, la máquina
de escribir con ansias, en amores inflamada.
Mi madre gritando en la escalera, mis hermanos
los pelos arrancados
¡que no lo sepa nadie!
¡oh dichosa ventura!
una mujer sola, en Lima, qué dirán
salí sin ser notada
qué dirán: puta en cierne
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
en un taxi negro hacia otra habitación
sin otra luz que mi rabia por vivir
y escribir lo que viviera
y esas clases que dictar ajustándome a la lengua
lo que en el corazón ardía:
una mujer sola, en Lima, qué dirán
qué dirán, puta en cierne.
Puta con burdel tapizado de libros
mi cama de combate con tantas palabras que poner
y enderezar
el poema en mi cuello
y todos mis sentidos suspendidos.

Todos no, que allí tuve yo los ojos para verte
de lejos la cabeza, tu adelantada frente
oh noche que guiaste la habitación al lado
oh noche amable más que la alborada
hombros bravos de toro, suaves ojos de toro
oh noche que juntaste
su risa con la mía, su leche en mi café
amado con amada
y el beso en el abismo, los círculos de fuego
amada en el amado transformada.

Quédeme y olvídeme
el rostro recliné sobre ti
el rostro, el vientre, los muslos…

Cesó todo y déjeme
dejando mi cuidado, el llanto del domingo,
la honra de mi casa
todo
entre las azucenas olvidado.

Poesía Perú | Buenos Aires Poetry, 2020