Una fábula para banquetes | T. S. Eliot

Texto publicado en Smith Academy Record, Vl. 8. No. 2, febrero de 1905. Firmado: «T. E.». «A Fable for Feasters», fue escrito como un ejercicio escolar. Se trata de la primera publicación de T. S. Eliot en forma impresa.

 

The doors, though barred and bolted most securely,
Gave way—my statement nobody can doubt,
Who knows the well known fact, as you do surely—
That ghosts are fellows whom you can’t keep out

 

Una fábula para banquetes

En Inglaterra, mucho antes que la realeza mormona,
el rey Enrique VIII descubrió que los monjes eran charlatanes,
y tomó las tierras y el dinero de los pobres,
e hizo que se derrumben sus abadías a sus espaldas,
había un pueblo fundado por algún normando
que cobraba un impuesto a todos los viajeros;
cerca de esta aldea había un monasterio
habitado por una banda de frailes alegres.

Eran poseedores de tierras ricas y amplias,
una huerta, un viñedo y una lechería;
siempre que moría algún viejo barón malvado,
él la añadía a sus tesoros—una hazaña nunca
antes vista—su fortuna se multiplicaba,
como si hubiera sido guardada por una especie de hada.
¡Ay! Ningún hada visitó a su anfitrión,
oh, no; mucho peor que eso, tenían un fantasma.

Un viejo pecador herético y malvado,
quizás, que había sido amurallado por sus crímenes;
de todos modos, a veces se acercaba a cenar,
cuando los monjes se divertían.
Robó las vacas más gordas y dejó las más delgadas
para suministrar toda la leche—alteró las campanadas,
y una vez se sentó en el prior del campanario,
para el asombro de todo el pueblo.

Cuando se acercó la Navidad, el abad juró
que ellos comerían su plato libres de espectros,
el demonio debe quedarse en casa—no se permiten fantasmas
en esta fiesta exclusiva. Desde el mar
compró por su cuenta una multitud
de reliquias de un santo español—y dijo:
“Si los fantasmas vienen sin ser invitados, entonces
me veré obligado a mantenerlos alejados por la fuerza”.

Él empapó con agua bendita la túnica que llevaba,
los pavos, capones y jabalíes que iban a comer,
incluso mojó al portero que sin quejarse
permanecía parado fuera de la puerta.
Para acortar una interminable historia,
no dejó inconclusa ninguna precaución sabia;
roció la habitación en la que iban a cenar,
y regó todo menos el vino.

Así, cuando se hicieron los preparativos,
los joviales epicúreos se sentaron a la mesa.
Temo que no sé mucho de los menús
de esa época—pero puedo repasar
la historia: hicieron una incursión
por cada pájaro y bestia en la fábula de Esopo
para completar su comida, pasteles y budines,
jaleas y tortas, entre otras cosas buenas.

Un imponente pavo real de pie sobre ambas patas
sostenido con dificultad para no caerse,
luego vino una vianda hecha con huevos de tortuga,
y después de eso un gran pastel de chorlito,
y jarras que contenían varios barriles
de cerveza, y queso que guardaban encubierto.
Por último, una cabeza de jabalí, que para llevarla les costó cuatro páginas,
su boca sostenía una manzana, su cráneo contenía salchichas.

Durante el brindis de Navidad los monjes cabeceaban,
una buena bebida añeja, aunque ya se había terminado—
Sus pies sobre la mesa se superpusieron
cada uno deseando no haber comido tanto ganso.
El abad, tras proponer cada brindis,
había bebido más jugo de uva del que debía.
Las luces comenzaron a arder en un azul distintivo,
como siempre lo hacen las luces en las historias de fantasmas.

Las puertas, incluso con barrotes y cerrojos seguros,
dio paso—de mi afirmación nadie puede dudar,
nadie como tú conoce mejor este hecho—
que los fantasmas son tipos a los que no se puede excluir,
es una cosa de mucho lamentar
que se permita a gente tan resbaladiza,
porque a menudo llegan en momentos incómodos,
como bien conocen todos aquellos que hayan leído esta historia.

El abad se sentó pegado a su silla,
su ojo se volvió del tamaño de cualquier dólar,
el fantasma lo tomó después bruscamente del pelo
y le pidió que lo acompañara, con acentos huecos.
Los frailes no pudieron hacer otra cosa que quedar boquiabiertos,
el espíritu tiró de él con rudeza por el cuello,
y antes de que alguien pudiera decir “¡Oh, jiminy!”
la pareja se desvaneció rápidamente por la chimenea.

Naturalmente, todos buscaron por todas partes,
pero no se pudo encontrar ni un vestigio del obispo,
los monjes, cuando alguien preguntaba, declaraban
que San Pedro arrebataría al cielo a su señor renombrado,
aunque los malvados dijeron (esos sinvergüenzas no son raros)
que el curso del Abad estaba más cerca del subsuelo;
pero la iglesia enseguida le puso a su nombre la empuñadura
de Santo, reprendiendo así todo ese escándalo.

Aunque después de esto, los monjes se volvieron más devotos,
y vivieron exclusivamente de la comida y leche para el desayuno;
cada mañana, de cuatro a cinco, uno tomaba un puñal
y azotaba a sus compañeros hasta que se volvían frailicos y buenos.
Espíritus que desde ese momento se quedaron sin comarca,
y vivieron de su admiración. Tenemos
el veraz registro de todos estos hechos
de un antiguo manuscrito hallado en las ruinas.

A Fable for Feasters

In England, long before that royal Mormon
King Henry VIII found out that monks were quacks,
And took their lands and money from the poor men,
And brought their abbeys tumbling at their backs,
There was a village founded by some Norman
Who levied on all travelers his tax;
Nearby this hamlet was a monastery
Inhabited by a band of friars merry.

They were possessors of rich lands and wide,
An orchard, and a vineyard, and a dairy;
Whenever some old villainous baron died,
He added to their hoards—a deed which ne’er he
Had done before—their fortune multiplied,
As if they had been kept by a king fairy.
Alas! no fairy visited their host,
Oh, no; much worse than that, they had a ghost.

Some wicked and heretical old sinner
Perhaps, who had been walled up for his crimes;
At any rate, he sometimes came to dinner,
Whene’er the monks were having merry times.
He stole the fatter cows and left the thinner
To furnish all the milk—upset the chimes,
And once he sat the prior on the steeple,
To the astonishment of all the people.

When Christmas time was near the Abbot vowed
They’d eat their meal from ghosts and phantoms free,
The fiend must stay home—no ghosts allowed
At this exclusive feast. From over sea
He purchased at his own expense a crowd
Of relics from a Spanish saint—said he:
“If ghosts come uninvited, then, of course,
I’ll be compelled to keep them off by force.”

He drencht the grown he wore with holy water,
The turkeys, capons, boars, they were to eat,
He even soakt the uncomplainging porter
Who stood outside the door from head to feet.
To make a rather lengthy story shorter,
He left no wise precaution incomplete;
He doused the room in which they were to dine,
And watered everything except the wine.

So when preparations had been made,
The jovial epicures sat down to table.
The menus of that time I am afraid
I don’t know much about—as well’s I’m able
I’ll go through the account: They made a raid
On every bird and beast in Æsop’s fable
To fill out their repast, and pies and puddings,
And jellies, pasties, cakes among the good things.

A mighty peacock standing on both legs
With difficulty kept from toppling over,
Next came a viand made of turtle eggs,
And after that great pie made of plover,
And flagons which perhaps held several kegs
Of ale, and cheese which they kept under cover.
Last, a boar’s head, which to bring in took four pages,
His mouth an apple held, his skull held sausages.

Over their Christmas wassail the monks dozed,
A fine old drink, though now gone out use—
His feet upon the table superposed
Each wisht he had not eaten so much goose.
The Abbot with proposing every toast
Had drank more than he ought t’have a grape juice.
The lights began to burn distinctly blue,
As in ghost stories lights most always do.

The doors, though barred and bolted most securely,
Gave way—my statement nobody can doubt,
Who knows the well known fact, as you do surely—
That ghosts are fellows whom you can’t keep out;
It is a thing to be lamented sorely
Such slippery folk should be allowed about,
For often they drop in at awkward moments,
As everybody’ll know who read this romance.

The Abbot sat as pasted to his chair,
His eye became the size of any dollar,
The ghost then took him roughly by the hair
And bade him come with him, in accents hollow.
The friars could do nought but gape and stare,
The spirit pulled him rudely by the collar,
And before any one could say “O jiminy!”
The pair had vanisht swiftly up the chimney.

Naturally every one searcht everywhere,
But not a shred of Bishop could be found,
The monks, when anyone questioned, would declare
St. Peter’d snatch to heaven their lord renowned,
Though the wicked said (such rascals are not rare)
That the Abbot’s course lay nearer underground;
But the church straightway put to his name the handle
Of Saint, thereby rebuking all such scandal.

But after this the monks grew most devout,
And lived on milk and breakfast food entirely;
Each morn from four to five one took a knout
And flogged his mates ‘till the grew good and friarly.
Spirits from that time forth they did without,
And lived the admiration of the shire. We
Got the veracious record of these doings
From and old manuscript found in the ruins.


Extraído de POEMS Written in Early Youth, by T.S. Eliot, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1969, pp. 3-8 | Traducción de Juan Arabia | Buenos Aires Poetry, 2021 | Imagen: © The Estate of T. S. Eliot.

© The Estate of T. S. Eliot.