Páginas sobre ética (Selección), de Pablo Román Maguna

La maldad tiene muchas formas; tiene tantas formas como tipos de violencia hay en el mundo, y hay tantos tipos de violencia como personas hay en el mundo. La violencia siempre supone una maldad, o un instante maligno, porque ser violento supone la decisión de hacer daño, la búsqueda de un dolor en el otro o en uno mismo. La violencia, siempre, es la manifestación del miedo. Las bestias se violentan cuando las acorralan, incluso las más pacíficas; lo que no quiere decir que la rata acorralada o que el gato acorralado sean por naturaleza violentos. No. Sólo tienen miedo. Miedo a lo que los acorrala. Por lo que se podría decir que hay tantas violencias como miedos, y hay muchísimas formas de tenerle miedo a muchísimas cosas. Existe la araquibutirofobia, que es la fobia a la cáscara del maní, y la dendrofobia, que es el miedo a las árboles. Si abandonás a un dendrofóbico en un bosque, lo más probable es que se violente y se haga daño o le haga daño a alguien más. Su violencia no lo explica, lo que lo explica es su miedo. La solución a la violencia está en el descubrimiento de su miedo, que en este caso es el horror a los árboles.

La maldad es cualquier forma de violencia o de agresión.

La autoridad es mi enemiga; por lo tanto, cualquier forma de Control es mi enemiga. Que algo pueda significar lo mismo para dos personas, es sólo una posibilidad; por eso estoy en contra de cualquier forma de generalización y de universalización; no hay nada exactamante igual a otra cosa, todo se diferencia de todo por algo;  no puede haber un solo punto de vista, como no puede haber dos enfermos de la exacta misma enfermedad. Todo es relativo e incuestionable, cualquier opinión que quiera ser absoluta, es en si misma ridícula.

Una sola cosa es cierta: Siempre podemos estar equivocados.

La certeza de que siempre podemos estar equivocados, nos convence de una humildad esencial, inevitable. La falta de humildad también es una forma de violencia, y es la manifestación de un miedo. El soberbio es el que no está tan seguro de lo que piensa, ni de sus verdades, la soberbia es síntoma de una infelicidad, y la infelicidad es síntoma de una ignorancia; no es feliz porque lo que ignora lo aterra como un monstruo abajo de la cama. El soberbio ignora, porque la humildad es tarea de sabios. Según Eliphas Levi, el soberbio, el vanidoso, el agresivo, el rencoroso, o cualquier persona con una o más de estas ignorancias, de estas negatividades crónicas, es una persona que ignora. Ignora porque le falta la experiencia de los cuarenta días en el desierto, del nirvana a la sombra del Bo, del árbol del Odín colgado. Le falta hacer el sacrificio de enfrentarse a sí mismo, de retarse a muerte. El odio, el enojo, el resentimiento, es la manifestación de un Miedo Universal: el de no conocernos lo suficiente para poder reconocernos en el otro, con el otro y en nosotros mismos. El argumento es de pesadilla. Y el que se ignora a sí mismo, ignora muchas más y más importantes cosas que el que no leyó un libro en su vida. De hecho, lo más importante, lo aprendí de los que habían vivido; no de los que habían leído. Caerle mal a las personas no es un mérito: es una discapacidad espiritual. Pero para ser el líder, de otros o de uno mismo, hay que ser intachable, y ser intachable es la tarea de nuestras vidas. Intachables para nosotros mismos, ante todo; intachables para nuestra conciencia.
Tienen que nacer dos veces, le dijo Cristo a Nicodemo. El que no nazca del agua y del Espíritu, no va entrar en el Reino de Dios; porque lo nacido de la carne, es carne, y lo nacido del Espíritu es Espíritu. Así que no te asombres cuando te digo: Tienen que volver a nacer.