Las prisas del instante & Otros poemas, de Federico DÍAZ-GRANADOS

FEDERICO DÍAZ-GRANADOS, Bogotá (Colombia), 1974. Poeta, ensayista y divulgador cultural. Ha publicado los libros de poesía: Las voces del fuego (1995); La casa del viento (2000), Hospedaje de paso (2003) y Las prisas del instante (2015). Han aparecido tres antologías de su poesía: Álbum de los adioses (2006), La última noche del mundo (2007) y Las horas olvidadas (2010). Preparó las antologías de nueva poesía colombiana Oscuro es el canto de la lluvia (1997), Inventario a contraluz (2001), Doce poetas jóvenes de Colombia (1970-1981) y Antología de poesía contemporánea de México y Colombia (2011) Es coautor de El amplio jardín (Antología de poesía joven de Colombia y Uruguay, 2005) En el año 2009 le fue concedida la Beca “Alvaro Mutis” en la Casa Refugio Citlaltépetl en México. En 2012 apareció su libro de ensayos La poesía como talismán. En 2014 la editorial Ocean Sur publicó Resistencia en la tierra (Antología de poesía social y política de nuevos poetas de España y América).
Es director de la Biblioteca de Los Fundadores del Gimnasio Moderno y de su Agenda Cultural.
Opina el poeta español Fernando Valverde: “El poeta colombiano Federico Díaz-Granados sitúa su voz entre el hombre y sus añoranzas. Su poesía toma partido por las fragilidades y las derrotas con un tono y un acento marcados por una precisa conciencia del desarraigo y la pérdida. Las prisas del instante bien podrían ser los tránsitos del tiempo y sus afanes o los festejos por recobrar desde la palabra el paraíso perdido de la infancia. Es un libro de afectos, generosidades y grandes lealtades capaces de emocionar al lector desde la sinceridad y la belleza de lo auténtico. Estos poemas traen la memoria de un tiempo y de una época de incertidumbres pero también dialogan con la más fuerte tradición de la poesía coloquial en español. Es por eso que este libro es una suerte de talismán que nos acompaña en un mundo derrumbado y nos aporta el consuelo de que es posible reconstruirlo desde la poesía”. 

 

LAS PRISAS DE INSTANTE

Tenía razón el tiempo en llevar su afán
en instalarse donde le pareciera
y en tener sus rituales y hostilidades.

Ahora entiendo sus tardanzas y balbuceos
y su prontitud para los aciertos,
de esta terquedad de fijar unas cuantas palabras en un extremo de la infancia
y otras tantas en un rincón de esta calle ronca
que se parece tanto a la vida, llena de sorpresas y de silencios.

Por eso perdóname por tantas deshoras.
por convocarte en noches de rencores y presagios
por amontonar en la misma gaveta ruinas y asuntos cotidianos
entre el cansancio de los días y la terca música de los silencios.

Tenía razón el tiempo en llevar su ritmo
y la vida en tener sus afanes
para quedarse acá
con todas las prisas del instante.

Por eso perdóname por estas premuras
por no saber la gramática y las palabras de una lengua olvidada
por haber perdido libretas, las llaves
y la vieja canción de exactos compases y cenizas
como si en el afán del tiempo
cada día, sin importar la hora,
se extraviaran los sueños.

PARA MIRAR EL MUNDO

A Luis García Montero

Hay una manera de contemplar el mundo sin rencor
sin maletas ni mudanzas
más allá de las postales
y sus manteles a cuadros
más allá de sus casas vacías y sus taxis amarillos.
Hay una forma de verlo diferente a sus alambres
con ropas extendidas al sol en grandes terrazas.

Pero nada sé del mundo
Aparte de las despedidas en los aeropuertos
y de su parecido con mi cuarto y mi mesa de noche
repletos de lapiceros vacíos, tarjetas en desuso
y remedios de ocasión.

Resulta melancólico el mundo
sin sus cines y sin sus taxis amarillos
sus estadios vacíos después de la jornada
y sus manteles a cuadros y las canciones que lo definen
en cada estación que trae su luz y su rumor
para que las lágrimas
lo dejen ver más nítido a contraluz
por el retrovisor de tantas cosas perdidas y olvidadas.

PARECIDOS INDELEBLES

Cada vez te pareces más a tu padre -me dicen en la calle-
en sus gestos, en su forma de caminar,
por su frágil manera de mirar el paso de la gente.
Por sus ademanes en la mesa y el ritual de hacer listas sin objeto.

Son parecidos –gritan las tías y los primos–
en las señas y el modo de llevar la soledad
en cómo caminamos los mismos trayectos citadinos
y en la costumbre de repetir anécdotas en similares horas.

Parecen dos magos enseñando a los niños viejos trucos
-dice mi madre algunos días-
y los colores de la ropa no combinan
con el estado del corazón y de la mirada.

Cada día somos más parecidos
y el carácter y los modales revelan una forma
de estar en medio de tantos ausentes,
de recuerdos guarecidos y canciones repetidas.
Todo aquello que fue lo más pasajero
en el insomnio.

GOOD BYE LENIN

De niño algunas veces jugaba a ser cosaco.
Otras veces retozaba como Konsomol o cosmonauta.

Así transcurrió la infancia:
guerras del Zar
en un patio sin nieve ni abedules,
ni estepas ni pueblos incendiados.
A veces era Kasparov o el osito Misha
y recreaba historias de amor en el transiberiano.

La voz del padre, daba cuenta de Matrioskas y samovares
y del mausoleo de Lenin bajo una luz ultravioleta.
de los monumentos a Puskhin y Máximo Gorki
y de las noches blancas de Leningrado.

Era el verano de 1985
y por onda corta hablaron de la perestroika.
Cambiaron los coros del ejército rojo por canciones de U2
relatos de pioneros por un incendio en Chernobil.

Y no volvieron los cosacos, ni los konsomoles,
ni los cosmonautas a mi cuarto
en aquella noche en que mi madre me daba las buenas noches
en voz baja para no despertar a toda la casa
mientras apagaba para siempre
la última luz de mi infancia.

EN MI CALLE

En esta calle
estará toda la nostalgia humana
en esos rostros
en esas limosnas
en ese alfabeto extraviado.

Es aquí donde trazan mapas al azar
mientras camino con el aire de quien hereda la ropa de los muertos
con los azules recuerdos de aquel mundo
que ya no vive en las repisas ni en los armarios
a esta hora en que las ruinas son andamios de rencores
y en que el mundo se ve desteñido
a través de una persiana a medio cerrar.

Es esta mi calle, la misma que veo alejarse por el retrovisor del auto
cada vez que me despido
y que se empaña
cuando tus ojos cambian de música.

Si pudiera escoger la calle de mi muerte
escogería esta calle que me regaló la mujer
que inventaba las palabras
y el color de ese fugaz instante.

ENCUENTROS

Si te estrellas de frente con mi corazón
no huyas y no intentes borrar tus huellas dactilares
tampoco lo dejes por ahí a merced de algún desprevenido transeúnte
y no lo escondas, como al hijo torpe, de las visitas.

Si lo ves mordido en los bordes como un viejo borrador de la primaria
somételo a una calle de lluvias y remates.
Alguien se encartará con tan pesado encargo lleno de canciones incendiadas
y viejas vajillas en desuso
Alguien lo agitará queriendo oír alguna voz
como quien golpea durante horas la puerta de una casa vacía.

O si lo llegas a ver entre mis ruinas déjalo en la calle.
que este corazón de prisas y tardanzas
siempre se acomodó mejor a la intemperie.

RETORNOS

No creo en retornos
pero este amargo corazón de casas viejas y calles rotas
late en cada regreso
sin gestos ni ademanes
y sabe que el mundo es un mal lugar para llegar.

Y se regresa a escribir un poema que trate de una muchacha en un aeropuerto
que espera un avión de quién sabe dónde
o escribir sobre la carta que nunca recibí aquel sábado
escuchando el mismo disco de las nostalgias perpetuas
o sobre los versos robados a Salinas, Borges, Walcott
y las tardes de sol en el estadio de fútbol.

No creo en los regresos
pero este seco corazón de otros días canta a destiempo
sobre el cielo que calcina el nombre de una mujer que amé.

No creo en retornos
pero mi vocación de viajero hace,
cuando parto hacia la intemperie en el mundo
que deje, como en mis días de boy scout,
piedritas y migas de pan
para no perder el camino de regreso a tu cuerpo.

BORRADOR DE UNA POÉTICA

Acaso  estos poemas son fragmentos de una vida que nunca debió ser contada
o quedar impresa en la indeleble gramática de amores perdidos y de riñas inconclusas.
Son, quizás, palabras que soporten a la intemperie
el temblor o el latido de tantas voces extraviadas
entre locas correspondencias y un DeLorean que viaja por el tiempo.

Serán acaso soledades despojadas y recuperadas
entre canciones y babeles
o todo instante hermoso robado al olvido
o serán sus gastadas muecas, estribillos y muletillas
que acompañan el paso de los días.

Estas palabras buscan, así mismo, algo de belleza y extravío
en esos gestos repetidos en las alcobas entre nuevos ayeres
y libros subrayados,
en los ademanes de los viejos que hacen líneas con su bastón
en la arena de los parques,
en el crujir de las hojas que me recuerda a la poesía
o a las manos de mi abuela que parecían de papel.
Hay algo de belleza en las palabras repetidas
como los gestos del padre en las alcobas
o en los versos donde un hombre llora por todos los demás.

Si acaso estas palabras pretenden el feliz regreso de los dinosaurios,
de Don Quijote, el esplendor de Troya,
de Don Rodrigo de Bastidas y de Dylan Thomas
entonces por qué tanto poema inconcluso
por qué tanto desacierto cuando hablo solo por las calles
del viejo bucanero de Edimburgo o las baladas mexicanas de la radio
por qué tantas tachaduras y borradores
si no tengo la paciencia ni la velocidad de Forrest Gump
para prolongar canciones de la infancia
y los finales de las novelas de aventuras
si estas palabras quedan en mí como un relámpago
cuando el De Lorean regresó para siempre del futuro.

SALA DE ESPERA

No importa dónde esté la casa
alguien espera
temeroso o impaciente
a que llegues a la hora convenida.

Porque allí está todo intacto
entre telarañas y escombros de un tiempo
y de un mundo que enmudece.
Allí están las postales y las viejas cartas
de ciudades nunca visitadas
y de puntos cardinales extraviados
porque esta casa se parece a todos sus moradores
en sus grietas, en sus manchas, en tantas cosas perdidas
y olvidadas en gavetas.

Hay que llamar si nos demoramos un poco
no sea que se inquieten los víveres y los retratos
los abrigos y las cobijas preparados para el frío

Hay que avisar porque los niños de entonces
ya no somos niños
y afuera está el carnaval y la cuaresma
las gentes agolpadas en los quioscos
y los estadios llenos,
la algarabía y el canto de los hombres
en refranes o estribillos repetidos.

No importa dónde esté la casa
alguien espera
temeroso o impaciente a que llegues
a la hora convenida
no sea que llamen a dejar recados de la muerte.


TALISMAN PERMANENTE

Acaso cruzar los dedos o tocar madera me han salvado de la tristeza.
Acaso una cábala o una superstición
han servido de santo y seña para nombrar este amor y no intuir la ausencia

No podía abrir un paraguas en casa
porque desafiaba a los dioses al interrumpir la luz
ni dejar sombreros en la cama ni maletines en los pisos
porque atraería la muerte o la ruina
y si regaba la sal debía arrojar un poco sobre mi espalda
para enceguecer al diablo.

Qué vida tan agorera
abundante en gatos,
camándulas y espejos
talismanes y amuletos
para sobrevivir a los diarios terrores
y al golpe de los recuerdos

Se dijo que nacería bajo un buen signo
y sigo enhebrando botones y pelos en las solapas
y arrojando arroz a los novios
comiendo uvas en año nuevo
para evitar catástrofes y pestes.
Y no tengo contras que eviten
la partida de todos mis dominios.

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