Stèles, de Victor Segalen

Su obra es un secreto bien guardado de la literatura francesa del siglo XX. Victor Segalen (1878-1919) fue un hombre multifacético, aventurero y talentoso. ¿Cómo caracterizarlo? ¿Cómo un médico escritor? ¿Cómo un poeta etnólogo ¿Cómo un arqueólogo y sinólogo? A modo de pistas, diremos que viajó por la Polinesia francesa y vivió en China. Que en Yibuti investigó la “otra” vida de Arthur Rimbaud. Y en las Islas Marquesas recuperó las pertenencias de Paul Gauguin, meses después de la muerte del pintor en Hiva Oa.
Entre sus trabajos más importantes se encuentran la novela Les Immémoriaux (Los inmemoriales, 1907), publicada bajo el seudónimo de Max-Anély y que relata la desaparición de la cultura polinesia en Tahití tras la llegada de los europeos, y Stèles (Estelas, 1912), un enigmático poemario compuesto en China, del cual reproducimos aquí dos textos: Les trois hymnes primitifs (Los tres himnos primitivos) y Éloge et pouvoir de l’absence (Elogio y poder de la ausencia).
Las estelas “son monumentos limitados a una tabla de piedra, erigida verticalmente, con una inscripción. Incrustan en el cielo de China sus caras planas. Uno las encuentra de manera imprevista: en los bordes de las rutas, en los patios de los templos, delante de las tumbas. Destacando un hecho, una voluntad, una presencia, obligan a detenerse de pie, frente a sus caras. En la deteriorada vacilación del Imperio, solo ellas suponen la estabilidad”, explica Segalen en el prólogo al referirse al origen del libro, que incluye ideogramas chinos y es considerado una joya simbolista y filosófica.
El misterio de la obra de este autor poco conocido en nuestra lengua se extiende a su la vida. Desde joven tuvo que lidiar con graves depresiones. No es azar que su tesis doctoral en la Facultad de Medicina haya estado dedicada a la neurosis en la literatura de su época. Agotado, murió a los 41 años: salió a pasear por un bosque y su cuerpo fue hallado dos días más tarde.

Mariano Rolando Andrade

ESTELAS

Estelas de cara al Sur

Los tres himnos primitivos

Los tres himnos primitivos que los tres Regentes habían nombrado: los Lagos, el Abismo, Nubarrones, se borraron de todas las memorias.

Que sean de este modo recompuestos:

Los Lagos

Los lagos, en sus palmas redondas ahogan el rostro del Cielo:

He girado la esfera para observar el Cielo.

Los lagos, golpeados por ecos fraternales en número de doce:

He fundido las doce campanas que fijan los tonos musicales.

*

Lago movedizo, firmamento líquido al reverso, campana musical,

Que el hombre que reciba mis órdenes resuene a su turno bajo el poderoso Soberano-Cielo.

Por ello he nombrado al himno de mi reino: los Lagos.

El abismo

Cara a cara con la profundidad, el hombre, frente inclinada, se recoge.

¿Qué ve en el fondo del hueco cavernoso? La noche bajo la tierra, el Imperio de sombra.

*

Yo, inclinado sobre mí mismo y escrutando mi abismo, -oh, yo- me estremezco,

Me siento caer, me despierto y no quiero ver más que la noche.

Nubarrones

Estos son los pensamientos visibles del alto y puro Señor-Cielo. Unos compasivos, repletos de lluvia.

Los otros transportando sus preocupaciones, sus justicias y sus cóleras sombrías.

*

Que el hombre que reciba mis dones o encorvado bajo mis golpes conozca a través de mí, el Hijo, los designios del Cielo ancestral.

Para ello he nombrado al himno de mi reino: Nubarrones.

Estelas del Medio

Elogio y poder de la ausencia

No pretendo de ningún modo estar aquí, ni sobrevenir de improviso, ni aparecer en ropas y carne, ni gobernar por el peso visible de mi persona,

Ni responder a los censores con mi voz; a los rebeldes con una mirada implacable; a los ministros culpables con un gesto que dejaría suspendidas de mis uñas las cabezas.

Reino por el asombroso poder de la ausencia. Mis doscientos setenta palacios entramados por galerías opacas se llenan solamente de mis huellas alternadas.

Y unas músicas suenan en honor a mi sombra; unos oficiales se inclinan ante mi silla vacía; mis mujeres aprecian mejor el honor de las noches en las que no me digno.

Igual a los Genios que no se puede rechazar porque son invisibles, – ningún arma ni veneno sabría adónde alcanzarme.

STÈLES

Stèles face au Midi

Les trois hymnes primitifs

Les trois hymnes primitifs que les trois Régents avaient nommés : Les Lacs, l’Abîme, Nuées, sont effacés de toutes les mémoires.

Qu’ils soient ainsi recomposés :

Les Lacs

Les lacs, dans leurs paumes rondes noient le visage du Ciel :

J’ai tourné la sphère pour observer le Ciel.

Les lacs, frappés d’échos fraternels en nombre douze:

J’ai fondu les douze cloches qui fixent les tons musicaux.

*

Lac mouvant, firmament liquide à l’envers, cloche musicale,

Que l’homme recevant mes mesures retentisse à son tour sous le puissant Souverain-Ciel.

Pour cela j’ai nommé l’hymne de mon règne : Les Lacs.

L’Abîme

Face à face avec la profondeur, l’homme, front penché, se recueille.

Que voit-il au fond du trou caverneux ? La nuit sous la terre, l’Empire d’ombre.

*

Moi, courbé sur moi-même et dévisageant mon abîme, — ô moi ! — je frissonne,

Je me sens tomber, je m’éveille et ne veux plus voir que la nuit.

Nuées

Ce sont les pensées visibles du haut et pur Seigneur-Ciel. Les unes compatissantes, pleines de pluie.

Les autres roulant leurs soucis, leurs justices et leurs courroux sombres.

*

Que l’homme recevant mes largesses ou courbé sous mes coups connaisse à travers moi le Fils les desseins du Ciel ancestral.

Pour cela j’ai nommé l’hymne de mon règne : Nuées.

Stèles du Milieu

Éloge et pouvoir de l’absence

Je ne prétends point être là, ni survenir à l’improviste, ni paraître en habits et chair, ni gouverner par le poids visible de ma personne,

Ni répondre aux censeurs, de ma voix ; aux rebelles, d’un oeil implacable ; aux ministres fautifs, d’un geste qui suspendrait les têtes à mes ongles.

Je règne par l’étonnant pouvoir de l’absence. Mes deux cent soixante-dix palais tramés entre eux de galeries opaques s’emplissent seulement de mes traces alternées.

Et des musiques jouent en l’honneur de mon ombre ; des officiers saluent mon siège vide ; mes femmes apprécient mieux l’honneur des nuits où je ne daigne pas.

Égal aux Génies qu’on ne peut récuser puisqu’invisibles, — nulle arme ni poison ne saura venir où m’atteindre.

Victor Segalen, Stèles, Les Éditions G. Crés & Cie., París, 1922.
Traducción Mariano Rolando Andrade