Vidrio, de Juan Rapacioli – Colección Pippa Passes

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Juan Rapacioli (Buenos Aires, 1987) cursó sus estudios primarios y secundarios en Mar del Plata, donde empezó a escribir. En 2006 se fue a vivir a La Plata, donde pasó por la carrera de Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes. En 2009 publicó el libro de cuentos La estratagema de la libélula. Desde 2010 trabaja en la sección Cultura de la Agencia de Noticias Télam, donde ha realizado entrevistas a escritores como Ricardo Piglia, Abelardo Castillo, Horacio González, Raúl Zurita, Hebe Uhart, Enrique Vila Matas, Arturo Carrera, Diana Bellessi, Mario Montalbetti, Leo Maslíah, Jorge Boccanera, Edgardo Cozarinsky, Antonio Dal Masetto y Guillermo Saccomanno. Participó de los talleres literarios de Dalmiro Sáenz y Alberto Laiseca. Escribe en: impostorinverosimil.wordpress.com. Es autor de Dispersión, libro de poemas publicado por la editorial Buenos Aires Poetry.

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VIDRIO MOLIDO – Prólogo de Mario Arteca

Una noche, en La Plata, el autor de este libro y yo estábamos conversando en un bar típico de la ciudad, los dos acodados al lado de un enorme ventanal donde se veían cómo los coches tomaban una curva peraltada para meterse de lleno en la calle 60. Se trataba de un encuentro deseado, ya que ambos nos habíamos conocido por la mediación virtual que rige estos tiempos. La conversación fue entrañable, porque no podía ser de otra manera. Hasta que todo quedó interrumpido por un botellazo arrojado hacia nosotros por una joven que no estaba en sus mejores condiciones y enfadada con el dueño del lugar, vaya a saber por qué motivos. La ventana se hizo trizas y los restos de vidrio nos cubrieron a Juan y a mí, como un granizo imprevisto, sin demasiadas consecuencias. Pensé un tiempo en ese estallido, ese big-bang urbano, hasta que leí “Vidrio” y me pareció que la reproducción anticipada de un mecanismo de escritura, era también una instancia de especulación. En este caso, de la escritura propuesta por Juan Rapacioli.

En uno de los primeros poemas de ese libro se dice “quise probar el agua / fría del deshielo / tragué vidrio molido”, y que refiere a un sistema de transformación de los elementos, de lo lábil a lo sólido, pero lo sólido que se muestra triturado, disperso, y con los modos en que la dispersión ofrece sus partículas para que sean diseminadas, como si el sentido relegara una totalidad que siempre seduce, para ponerla después a consideración de una lectura. Este texto está cruzado por partículas, pero no como un reflejo de lo mínimo, sino de acciones. Rapacioli construye poemas que son vidas cuya velocidad está minada de actos de repetición, de sucesos, de movimiento; todo ocurre a una velocidad controlada por la simultaneidad que parece no frenar a tiempo. Textos que se desprenden como restos de indicaciones para un guión cinematográfico. Y también piezas donde un aire de supervivencia desprendida de la vitalidad como inercia, se hacen presentes en su máxima expresión: es decir, siempre existe un funcionamiento cuanto más se lo castiga, y en general, por consecuencias exógenas.

Pero hay una idea, tal vez una paradoja, que subyace en este libro de Juan, y que tiene que ver con el trabajo sobre el sentido común. Un sentido que ya no se dice en una sola dirección, y que sólo remite a una diversidad cualquiera a la forma en que se ofrece. El sentido común refiere a sí mismo, pero sobre todo a los objetos que propone como marco de influencia de un discurso que se describe desde las opciones de identificación. El sentido común no expropia, sino se apropia de su grado de presunta pertenencia. Lo que realiza el autor en “Vidrio” es revertir la carga de la causa de ese sentido y llevarlo a posiciones donde la distancia entre la realidad discursiva y la visceral quedan subsumidas en papeles donde el protagonismo relega su momento de empatía con los sucesos concretos. Es decir, una realidad en cámara lenta pero con intacta fuerza de choque. El paso del caracol en la llovizna, directo, imperceptible aunque con dirección segura. Si te distraés, perdés el trayecto.

En este texto la literatura sabe por lo que tiene de irreductible, lo que no se puede contar sin ser dicho de una forma por fuera de cualquier representación. Veamos este tramo del poema “La zona”: “cuando llego a la zona / el sol me pega de frente / busco su calor / pisando el barro mojado / pero la luz es blanca / y corta la mañana / sobre mi rostro de vidrio / entonces me desvío / nado contra la olas / corro bajo la lluvia / uso un nuevo traje / para una vieja ceremonia”. Este texto habla por sí mismo del procedimiento que Rapacioli trabaja en todo el libro. Esa zona, tal vez referida al film de Tarkovsky, es un locus donde el sol hace de las suyas y donde se busca esa presencia mientras se pisa el barro que aún está húmedo por una lluvia o un riego reciente, sin embargo, la luz es diáfana y atraviesa esa mañana (porque es una mañana) por sobre un rostro transparente o espejado, no se sabe, y donde lo que habrá que hacer al respecto, en esta disociación de climas internos, es a la vez desviarse y nadar a contrapelo, mientras ocurre un fenómeno pluvial, y donde se utiliza una nueva indumentaria para rituales ya conocidos (y donde aparece Leonard Cohen como indudable referencia de proximidad). En esa secuencia, Rapacioli propone varios cambios desde una superficie de estilo que la poesía, tal cual se comprende y se la supone, debiera reabsorberse en una misma lectura, sino fuera porque la escritura nos lleva permanentemente a sitios diferentes. Es decir, utilizar lugares reconocibles para llegar a puntos diversos. Todo lo que semeja legible se vuelve arena movediza.

“Vidrio” es un libro que se inscribe dentro de una actual poesía argentina que amplifica las señas dejadas por la inmediata generación de escritores. Es el continuum que se erige por sí mismo. Y no debe leerse como un suceso de ruptura (el valor de cambio al que muchos quieren llegar sin haber cascado un solo huevo) sino como la incorporación del gesto de escritura que coloca a este libro (y serán muchos, claro) en la manera en que otros libros se hicieron lugar sin conocer su destino. Porque toda literatura avanza sin conocer las consecuencias de su irrupción, y esa es la libertad que encontramos en esta obra que habla por sí misma, aunque raspe y dure en el tiempo sus escenarios tan próximos a nosotros.

–MARIO ARTECA

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LA MONTAÑA

no hay tiempo para pensar
me dijeron
entonces subí a la montaña
de los falsos ídolos

tomé las armas que me dio
sin preguntar
el viejo en la frontera

en la madrugada
éramos cuatro
ahora voy solo

en la tierra árida
en el borde roto
en la sed sin límites

voy sólo por la montaña

llevo el encargo intacto
la caja no corre peligro
porque no la abrí
y no la abrí porque
cumplo mis órdenes

hago la lista
tacho los nombres
busco comida
me mudo de casa
y cambio de piel

en la cima de la montaña
duermo tranquilo
por primera vez

me despierta
como todos los días
el ave negra de la mañana

viene con noticias
y nuevos planes
para el amanecer

todavía dormido
bajo la montaña
conozco el camino
hacia la casa

en el patio la dejo
con las armas adentro
y me alejo por el pasto
hacia el río

esperando la señal
la caja desaparece
entre las nubes
que tapan la nieve

llego a la orilla
tiro mi ropa
me afeito como puedo
compro una profesión

hablo por teléfono
pago las cuentas
evito las noches
trabajo horas extra

me voy de vacaciones
con mi familia
a visitar la montaña

el ave negra no envejece
y sobrevuela el sueño

me despierto desnudo
las cabezas cortadas
bañado en sangre
la nota dice que no hay
tiempo para pensar

junto mis cosas
prendo fuego los restos
nado contra la corriente
vuelvo a la cima
duermo en la cueva

pasan los años
cazo con piedras
mastico animales

espero sentado
parado y acostado
el aleteo nocturno
que me dirá los nombres

señalará el camino
trazará el mapa
y me llevará

antes del invierno
como un viento cálido
como una lluvia leve

me llevará
como un rezo
a la montaña

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VIDRIO MOLIDO

vidrio molido en los pulmones
en las fosas nasales vidrio molido
molido en el estómago de los perros
abajo de la casa abajo de los párpados
vidrio molido para levantar una casa
para estrellar una cabeza una certeza
en las uñas vidrio molido en las manos
cerrados los puños molidos en sangre
molido en la mañana sin aire con sed
molido en la ventana rota con piedras
molido en el fondo de la noche cerrada

sobre los cuerpos inyectados desnudos
arrojados con espuma en los labios
en los dientes molido en las encías rotas
flotando por la corriente sin poder mirar
la ola definitiva que corta la respiración
molido el vidrio en las pupilas dilatadas
ojos rojos de fábrica clausurada
rabia contenida por espera perpetua
grito molido por cena en familia
lágrima congelada en el espejo
vidrio molido por cada orificio
por cada segundo zumbido de vidrio

molido como una lluvia final
como el final de la lluvia molido sin sol

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©Juan Rapacioli, VidrioBUENOS AIRES POETRY, 2017.  62P. ; 20×13 CM.
COLECCIÓN PIPPA PASSES.

VIDRIO-08

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