Juan Gelman: La poesía es interrogación | por Víctor Rodríguez Núñez

Cada vez que lo encuentro, Juan Gelman se parece más al viejo león del zoo, que ruge sin consuelo en uno de sus más bellos poemas, anclao para siempre en París o en alguna de las provincias de mi mala memoria.
Desde aquella noche de finales de los años 70 en que asistí, en el patio habanero del Palacio de los Capitanes Generales, a un recital suyo y de Cardenal, la cosa estuvo clara: a gelmaniar, a gelmaniar…
Sí, ante la politización extrema, la epicidad desenfrenada y el estridente prosaísmo exteriorista, la opción era Gelman. Es decir, ese lirismo de lo cotidiano, con una transparente eticidad y una ajustada densidad tropológica.
Esa voz que, casi en un susurro, desgranaba sus tremendas preguntas, me llegó —por qué carajo no decirlo— al corazón. Expresar las cosas así, como lo hacía el argentino con ojos inundados de mundo, era lo verdaderamente revolucionario.
Su obra ha tenido desde muy temprano una gran acogida en Cuba. Fayad Jamís publicó Cólera buey en las legendarias ediciones de La Tertulia. Y Casa de las Américas ha editado dos antologías suyas, en 1968 y 1985, ambas bajo el título de Poesía.
Con Gelman me he encontrado varias veces, aquí o allá, en la vigilia y en el sueño. Esta vez, hablamos en el Jardín Botánico de Medellín, en el verano de 1994, en una mesa de troncos tallados que, sin embargo, nunca fue la Mesa del Silencio.

Como el amor, como el amor insistes,
nada puede alejarte,
ni la piedra más dura que tiro contra mí.


—Habiendo tantas cosas en el mundo —buenas y malas, bellas y horribles—, ¿por qué elegiste la poesía?

—Una respuesta fácil sería decir que la poesía me eligió a mí… En verdad, no tengo idea, no sé por qué escribo. Los poetas son aquellas personas que sienten, desde muy temprano, el enigma de la lengua. En fin, quienes son más conscientes de la palabra, de lo que con ella se nombra y no se nombra. En la antigüedad, se afirmaba que a los poetas los hacían escribir los demonios. Yo también pienso eso… Claro, esos demonios son la constante interrogación de la realidad —que es todo, incluido lo que pudo ser y no —y de la palabra misma.

—Según tu experiencia, ¿es posible el aprendizaje de la poesía?

—La poesía se aprende leyendo a los poetas, especialmente a los grandes.

—¿Y qué opinas del taller literario?

—Yo no creo mucho en eso. Sin embargo, el taller puede ser útil si se sabe conducir… Cuando nosotros empezamos, todavía no se había inventado. Éramos un grupo de jóvenes que queríamos ser poetas y nos hacíamos sugerencias. Simplemente, nos intercambiábamos los originales… El taller literario es hoy una institución. En Nicaragua, su práctica llegó a un extremo ridículo, a una rigidez, a una especie de estalinismo: había que escribir de una sola forma. La humanidad no se caracteriza por la uniformidad y los poetas mucho menos.

—¿Te sientes parte de alguna generación literaria?

—Yo siento que tengo parientes… Pero también es pariente mío el autor anónimo de un poema chino, de los primeros que se escribieron, hace unos 30 siglos. Es un poema que habla de un pastor que perdió su rebaño en medio del frío, que está muy lejos de su mujer amada y se la imagina cosiendo junto al fuego… Yo no creo en las generaciones, creo más bien en las coincidencias ideológicas. Estas afinidades se pueden dar, como ya dije, con poetas de siglos pasados. Cuando entré en el exilio traduje, en el sentido de reescribir, poetas judeo-hebreos de los siglos XII, XIII, XIV… Ahí la afinidad era el tema, o sea, la cuestión del exilio. En esos poemas encontré mucho consuelo.

—Hay nociones de la poesía que se creían superadas y que, de pronto, han vuelto a ponerse de moda. Por ejemplo, en el texto de Baudelaire sobre Poe, se afirma que la poesía no tiene otra finalidad que ella misma…

—Estoy completamente de acuerdo. El único tema de la poesía es la poesía, y por eso mismo ella puede hablar de todo.

—Para Williams, la función de la escritura poética no es enseñar, ni publicitar, ni vender, ni comunicar, ni incluso imaginar, sino revelar…

—Exacto. Revelar, y hacerlo a través de la pregunta. Para mí, la poesía es una gran interrogación.

—Poe decía que era capaz de detallar, paso a paso, el proceso del que habían surgido cada una de sus composiciones…

—Yo creo que el viejo Poe, una vez más, se mandó una gran broma. Eso es imposible.

—¿Cómo vienen al mundo, en general, los poemas de Juan Gelman?

—Siempre responden a algún tipo de obsesión. Lo que yo siento es una especie de ruido, algo en la oreja que me molesta, que me pone de muy mal humor y del que me tengo que aliviar de alguna forma… Yo creo que uno escribe para curarse de una obsesión que interroga. Ese estado, por fortuna, no es permanente.

—Cuando se da, ¿estamos acaso ante lo que se suele llamar inspiración?

—Se le puede llamar como quiera, porque es un fenómeno real… Los árabes, por ejemplo, la llamaban el demonio que viene y te monta. Pero eso es tan difícil de definir como de controlar, pues escribir poesía no es una cuestión de voluntad.

—¿Qué opinas de la originalidad?

—La búsqueda de la originalidad por la originalidad no tiene mayor sentido. La verdadera originalidad consiste en encontrarse con la propia voz. Como cada voz es distinta—no importa si grande, chica o mediana—, la originalidad es algo secundario. Del encuentro con la propia voz seguramente va a surgir una obra original.

—¿Y de la perfección?

—Hay poetas distintos, formas diferentes de encarar la poesía. A mí no me interesa la perfección para nada. Por eso corrijo muy poco… La imperfección está en el corazón de toda obra de arte.

Vienes, golpeas, pie ligero,
como el amor asciendes,
dicha pura,
oleaje de la oscura desconocida maravilla.


Gelman nació en Buenos Aires —en medio del otoño austral, la estación de su poesía— el 3 de mayo de 1930. Sus padres eran emigrantes ucranianos. Creció como cualquier muchacho porteño, entre balonazos y milongas, en el barrio de Villa Crespo.
Se inició en la lectura gracias a su hermano mayor, Boris, quien le recitaba en ruso versos de Pushkin. De su mano recibió obras de Dostoiesky, Tolstoi, Víctor Hugo y otros maestros, que le marcaron un destino.
A los 11 años publicó su primer poema, consagrado al amor, en la revista Rojo y negro. Y en la década del 50 formó parte del grupo El Pan Duro, que nucleaba a jóvenes que creían tanto en la poesía como en la revolución.
Fue en uno de los recitales del grupo donde lo descubrió Raúl González Tuñón. El maestro vio en los versos del joven Gelman “un lirismo rico y vivaz y un contenido principalmente social… que no elude el lujo de la fantasía”.
Sus libros iniciales fueron Violín y otras cuestiones (1956), El juego en que andamos (1959), Velorio del solo (1961), Gotán (1962), Cólera buey (1965), Los poemas de Sidney West (1969), Fábulas (1971) y Relaciones (1973).
Como muchos escritores argentinos de su generación —en especial, Rodolfo Walsh y Francisco Urondo—, se vinculó a la lucha política. Su hijo Marcelo Ariel fue secuestrado y asesinado, y en 1975 Gelman tuvo que exiliarse.


—Tú eres un poeta sumamente prolífico, tu obra es bastante extensa…

—Será porque el demonio me monta muy a menudo, me hace maldades, me obliga a escribir cosas. Yo siempre giro sobre ciertos temas: el amor, la muerte, la revolución… Cosas que me son dictadas por la realidad, es decir, por la poesía misma. Lo que tal vez he hecho es publicar demasiado, y eso no se le recomiendo a nadie.

—Otra máxima de Baudelaire, muy al uso hoy, es que el poeta pierde su fuerza cuando persigue un fin moral. ¿Qué piensas tú?

—Tal vez les suceda a algunos y a otros no. La generalización, en este como en otros casos, resulta muy peligrosa. Baudelaire mismo escribió grandes poemas con fines morales. Y a mí me han asaltado, algunas veces, poemas con fines políticos. Lo importante es no imponer metas y mucho menos límites a la creación.

—Se afirma que la poesía no tiene en nuestros días la presencia de otras épocas…

—Me gustaría saber cuáles fueron esas otras épocas. Incluso, el Festival Internacional de Poesía en Medellín, donde concurren miles de personas a los sitios donde leen los poetas, contradice a quienes piensan así.

—Algunas personas que hablan de esa decadencia sostienen que ha surgido por la indefinición de fronteras entre prosa y poesía.

—Yo no creo que esas fronteras no estén bien definidas. Además, pueden surgir géneros que estén ubicados en los espacios intermedios. Y esa ubicación no los hace menos válidos.

—Algunos piensan que la poesía atraviesa una gran crisis. ¿Compartes ese juicio?

—No. Lo que hay es una crisis social muy extendida en todo el mundo. Una crisis que también es espiritual y, por tanto, afecta a la poesía.

—¿Por qué no has trabajado otro género literario?

—Tal vez porque la poesía se hace con líneas cortas, porque los poemas son por lo general piezas breves…

—A tu juicio, ¿se puede decir todo con la poesía?

—Se puede decir todo de otro modo y, sobre todo, se puede decir lo que no se puede decir.

—¿Cómo ves el matrimonio entre poesía y periodismo?

—No hay ningún matrimonio. El periodismo es simplemente un vecino, alguien que vive en un piso distinto de la poesía… No creo que el periodismo me haya ayudado como poeta. Eso sí, su ejercicio me permitió entrar en contacto con realidades diversas.

—Y el haber escrito prosa, ¿te facilitó el trabajo como poeta?

—Son dos géneros diferentes. El periodismo es un género literario que tiene características muy precisas, como la descripción y la información minuciosas, mientras que la poesía no tiene nada de eso.

—Dice la Loynaz que la poesía es un género de juventud porque la gente anciana no procrea…

—No procrea, ciertamente, pero crea.

—¿Por qué tantos poemas tristes y tan pocos alegres?

—Yo creo que la vida es dura, durísima. Frente a lo que ocurre, más que la alegría lo que siempre me ha sostenido es la esperanza.

Bajo un día de verano clausura de la sombra
entre un ruido de rostros probables moriré,
sólo de ti, sólo de ti, pasión del mundo, poema.


En el exilio, Gelman ha publicado Hechos y relaciones y Si dulcemente (1980), Citas y comentarios y Hacia el sur (1982), Bajo la lluvia ajena (1984), La junta luz y Com/posiciones (1985), Interrupciones I y II y Anunciaciones (1988), y Carta a mi madre (1989).
Para nuestro poeta, 1993 fue un año significativo: además de la aparición de un nuevo libro, Salarios del impío, vieron la luz diferentes antologías en Argentina, México y Uruguay, y Espasa Calpe inició la publicación de sus obras completas.
Dibaxu, libro aparecido en 1994, constituye una aventura singular, una isla en el torrente de la poesía hispanoamericana. Es una colección de 29 poemas de un lirismo esencial escritos en la dulce lengua de los judíos españoles.
A Gelman el sefardí le “devolvió un candor perdido y sus diminutivos, una ternura de otros tiempos que está viva y, por eso, llena de consuelo. Quizás este libro apenas sea una reflexión sobre el lenguaje desde su lugar más calcinado: la poesía”.
El poeta ofrece al lector, junto al texto en sefardí, su propia versión en castellano actual, y nos ruega leer en voz alta ambos textos para que escuchemos “algo del tiempo que tiembla y que nos da pasado desde el Cid”.
A la par de su intenso y extenso quehacer poético, que lo sitúa entre los autores más traducidos de la lírica de nuestros días, Gelman ha ejercido el periodismo y la traducción literaria.


—¿Te sientes un poeta comprometido?

—Esa historia de la literatura comprometida fue un invento desafortunado de los franceses… Ya te lo dije, la poesía puede hablar de todo, siendo su único tema la poesía. Así como hubo ayer grupos que abominaban de la poesía romántica, hoy el péndulo de la historia ha cambiado de posición y se abomina de la poesía política… Yo prefiero, antes que la poesía comprometida, la poesía casada con la poesía.

—¿Qué opinas del derrumbe del llamado socialismo real?

—Hace muchos años me volví crítico de esa experiencia. Incluso, me aparté del Partido Comunista Argentino, que era real pero nada socialista… El derrumbe ha tenido repercusiones negativas en muchos sentidos, pero creo que hay en él una gran virtud. Ese sistema estaba muy mal hecho, eso no era para nada socialismo. En una palabra, no era la aplicación consecuente de los principios marxistas. Así las cosas, fue mejor que terminara una cosa que jugaba el triste papel de impostor. El vacío que hoy se ha creado con el tiempo se va a llenar de otra manera. Puede haber una sociedad alternativa a ésta, los seres humanos sin duda van a inventar un mundo mejor.

—Con los últimos acontecimientos, ¿se mantiene tu simpatía con la Revolución Cubana?

—Se mantiene. La Revolución Cubana ha dado, objetivamente, muchas conquistas sociales a su pueblo. Pero a la vez soy crítico de una gran cantidad de errores, fallas que han contribuido a crear esta situación. La crisis actual no se puede atribuir, exclusivamente, al bloqueo norteamericano ni a la caída del socialismo real. No soy quién para indicar los remedios. Pero veo con gran preocupación que no siempre se establecen los mecanismos para que haya una real participación popular en la toma de decisiones.

—¿Será verdad que hemos llegado al “fin de la historia”?

—No, hemos llegado al fin de una historia. Simplemente, empezó otra…

—Tus relaciones con Argentina, en el pasado reciente, fueron conflictivas. ¿Cómo lo son ahora?

—Siguen siendo conflictivas, pero con las cúpulas del poder y los militares. Desde luego, en el país tengo amigos, una hija y un nieto… Estas relaciones están intervenidas por la historia. Hay un sector de la clase media que pretende borrar la memoria de todo lo que pasó, y eso me parece que enferma el país y me duele. Esa es la situación… Uno vive en el país que puede y no en el que quiere. Esto me recuerda el poema que Bertolt Brecht escribió, después de escuchar el discurso de un alto dirigente político de la Alemania Oriental. Este criticaba a la clase obrera porque no había cumplido las metas de producción. Brecht le respondió: el jefe ha dicho que nuestro pueblo es perezoso y no hace bien las cosas; entonces, ¿por qué no disolvemos este pueblo y elegimos otro?

—¿Qué va a pasar en Rusia con Maiakovski, en el país Checo con Jiri Wolker, en Hungría con Attila Jószef, en Bulgaria con Nicola Vapsarov, en Alemania con Brecht?

—A Maiakosvki, por lo menos, la gente joven de Rusia ya lo prefería, tal vez como protesta a un estado de cosas burocrático. En la historia, como hablábamos antes, hay cosas que parecen desaparecer y después resurgen. Yo creo que con esos poetas va a pasar lo mismo, no importa que ahora estén un poco en la sombra.

—Volviendo al tema, ¿te sientes suficientemente reclamado por tu país?

—Sí. Hace poco hicieron una edición de Cólera buey, y los dos mil ejemplares se vendieron en dos meses. Luego hicieron otra edición, de otro libro mío, que también se vendió rápidamente. Por lo menos, los lectores argentinos no me han olvidado. Tampoco, los poetas.

—El hecho de que vivas en México, ¿puede interpretarse como un exilio?

—No, esta vez fue elección mía. Tal vez sea un autoexilio… En el fondo, es una razón de amor. Además, estoy allí en una condición de extranjería, que me parece muy adecuada para un poeta. No olvides que, desde que abandonamos la infancia, que es el único paraíso posible, adquirimos la condición de exiliados. En fin, los poetas somos demasiado conscientes de ciertas cosas.

—Sabes, para los poetas cubanos de mi generación, tú eres un paradigma literario y, también, un paradigma humano.

—Esto me conmueve mucho, pero no es algo que me haya propuesto. Creo que tal vez haya habido una cuestión de afinidad. ¿No te parece?


 

PUBLICADO POR PRIMERA VEZ EN LA POESÍA SIRVE PARA TODO. JUICIOS Y CONFESIONES DE POETAS HISPANOS DE VÍCTOR RODRÍGUEZ NÚÑEZ