Tres parajes inhóspitos, de Edgar Allan Poe, por Stéphane Mallarmé

Culminamos la presentación de las traducciones al francés en prosa que hiciese Stéphane Mallarmé (1842-1898) de poemas de Edgar Allan Poe (1809-1849) con una trilogía sobre “parajes inhóspitos” surgidos de la imaginación del autor estadounidense. Se trata de Terre de Songe (Dream-Land), La Vallée de l’Inquiétude (The Valley of Unrest) y La Cité en la Mer (The City in the Sea).
Como indicamos al publicar en anteriores entregas los clásicos Annabel Lee y Le corbeau, Mallarmé se propuso terminar la obra iniciada por su compatriota Charles Baudelaire (1821-1867), que tradujo extensamente a Poe. En la edición en papel de 1888 de los 37 poemas sobre los que trabajó, el poeta francés agregó unos breves comentarios de cada uno de ellos. Allí puede verse el vínculo que veía entre las tres textos que compartimos en esta oportunidad.
Sobre Terre de Songe, afirma que se trata de uno de los poemas en los que Poe manifiesta “a través de la presencia de ciertos tintes mórbidos y funestos, las definitivas Tule, regiones extremas, del espíritu (¡como si la gloria de haber llegado solo se afirmarse en el hombre a través de la enfermedad y la destrucción de su naturaleza!)”.
En cuanto a La Vallée de l’Inquiétude y La Cité en la Mer, Mallarmé indica que “estos versos se encontrarán siempre entre los más significativos y los más marcados de manera irrefutable con el sello de la madurez espiritual”.
“Una suerte de conexión secreta une incluso a las dos obras, como lo reconocerá cualquiera que no sea extraño a la dualidad de los viejos males del sueño: la dolorosa inestabilidad, donde la mirada se disemina y se pierde en una vana alteración; y las fastidiosas pesadeces de una atmósfera antigua, inmóvil e irrespirable, como el olvido de siglos somnolientos”.

M. R. A.

Tierra del sueño

A través de un sombrío camino desierto, atormentado por malvados ángeles solitarios, donde un Ídolo, llamado Noche, en un trono negro reina de pie, llegué finalmente a estas tierras desde una extrema e indefinida Tule; desde un extraño y fatídico clima que yace, sublime, fuera del Espacio, fuera del Tiempo.

Insondables valles y ríos interminables, vacíos y subterráneos, y bosque de Titanes con formas que ningún hombre puede descubrir a raíz de las gotas de rocío que lo perlan; montañas que descienden sin fin en mares sin costa alguna; mares que respiran inquietamente, surgiendo a los cielos en fuego; lagos que desbordan sin cesar sus calmas aguas — calmas y gélidas por la nieve de los lirios inclinados.

En los lagos que así desbordan de sus solitarias aguas, solitarias y muertas -sus aguas tristes, tristes y gélidas por la nieve de los lirios inclinados; por las montañas; por los bosques grises; por las ciénagas donde se establecen el sapo y el lagarto; por los lúgubres charcos y lagunas; donde habitan las monstruosas necrófagas; en los lugares más condenados; en los rincones más melancólicos: dondequiera el viajero encuentra espantadas a las Reminiscencias del Pasado, formas sepultadas que retroceden y suspiran cuando pasan cerca del caminante; formas de pliegos blancos de amigos entregados hace mucho tiempo, por la agonía, a la Tierra — y al Cielo.

Para el corazón en el que los males son legión, ésta es una pacífica y sedante región. Para el espíritu que camina en la ombra, es… ¡oh! ¡Es Eldorado! Pero el viajero, él, que la atraviesa, no puede, no osa verla claramente. Jamás sus misterios se exponen a los débiles ojos humanos que no se cierran. Así lo que quiere su Rey, que ha prohibido alzar el párpado recortado. Y así el Alma en pena que pasa por allí solo la contempla a través de cristales oscurecidos.

Por un sombrío camino desnudo, atormentado por malignos ángeles solitarios, donde un Ídolo, llamado Noche, en un trono negro reina de pie, he errado antes de regresar apenas recientemente de esta extrema e indefinida Tule.

El valle de la inquietud

Antaño sonreía un valle silencioso que su gente no habitaba: todos habían partido a la guerra, confiando a los blandos ojos de las estrellas, la noche, velar desde las altas torres del azur sobre las flores en medio de las cuales, todo el día, el sol bermejo perezosamente moraba.

Ahora todo visitante confesará la inestabilidad del triste valle. No hay nada inmóvil —nada salvo los aires que abruman la mágica soledad. ¡Ah! ¡Ningún viento perturba a esos árboles que palpitan como los mares helados alrededor de las brumosas Hébridas! ¡Ah! Ningún viento empuja a esas nubes que se estremecen a través de los cielos inquietos, con incomodidad, de la mañana a la noche, por encima de violetas que están allí por miríadas de los tipos del ojo humano -por encima de lirios que ondean y lloran sobre una tumba sin nombre. Ondean: de sus cumbres aromáticas el eterno rocío cae por gotas. Lloran: de sus delicados tallos las perennes lágrimas descienden en pedrerías.

La ciudad en el mar

¡Vean! La Muerte se ha erigido un trono en una extraña ciudad que yace sola en el oscuro Oeste, donde los buenos y los malos, los peores y los mejores han partido al reposo eterno. Capillas y palacios y torres (¡por el tiempo carcomidas, unas torres que no tiemblan!) no se parecen a nada que se encuentre en nuestras tierras. Alrededor, por el alzamiento del viento olvidadas, con resignación yacen bajo los cielos las melancólicas aguas.

Ningún rayo, del sagrado cielo proviene, sobre las largas horas de noche de esta ciudad. Pero una claridad surgida del lívido mar inunda las torres en silencio, resplandece sobre las cimas de lejos y libre; sobre las cúpulas, las residencias reales; sobre los templos; sobre unos muros como los de Babilonia; sobre la olvidada sombra de las viejas arboledas de esculpidos tejos y flores de piedra; sobre incontables capillas maravillosas cuyos frisos moldeados enlazan con violas la violeta y la viña. Con resignación bajo los cielos yacen las melancólicas aguas. Tanto se confunden sombras y torretas que todo parece suspendido en el aire, mientras que desde una orgullosa torre de la ciudad la Muerte hunde, gigantesca, la mirada.

Allí, templos abiertos y tumbas más abiertas aún se dejan ver a la altura de las luminosas olas. Pero ni la riqueza que yace en el ojo de diamante de cada ídolo, ni los muertos alegremente engalanados de joyas, tientan a las aguas fuera de su lecho, porque ninguna ola crece, desgraciadamente. A lo largo de esta soledad de copa, ninguna turgencia cuenta que puede ser de los vientos en algún mar más feliz a lo lejos; ninguna marejada sugiere que los vientos han estado sobre mares de una serenidad menos horrorosa.

¡Pero aquí está! Una oscilación se encuentra en el aire: la ola — hay movimiento. Como si las torres hubiesen repelido, hundiéndose suavemente, la lúgubre onda. Como si las cimas hubiesen creado débilmente el vacío en los cielos congelados. Las olas tienen ahora un resplandor más rojo, las horas respiran vagas y débiles. Y cuando, entre gemidos que no pertenecen a la tierra -muy hondo, muy hondo-, esta ciudad fuera de nuestro mundo se establezca, el Infierno, elevándose de mil tronos, le rendirá homenaje.

Terre de Songe, reescritura de Dream-Land por Stéphane Mallarmé

Par une sombre route déserte, hantée de mauvais anges seuls, où une Idole, nommée Nuit, sur un trône noir règne debout, je ne suis arrivé en ces terres-ci que nouvellement d’une extrême et vague Thulé, — d’un étrange et fatidique climat qui gît, sublime, hors de l’Espace, hors du Temps.

Insondables vallées et flots interminables, vides et souterrains, et bois de Titans avec des formes qu’aucun homme ne peut découvrir à cause des rosées qui perlent au-dessus ; montagnes tombant à jamais dans des mers sans nul rivage ; mers qui inquiètement aspirent, y surgissant, aux cieux en feu ; lacs qui débordent incessamment de leur eaux calmes, — calmes et glacées de la neige des lis inclinés.

Dans les lacs qui ainsi débordent de leurs eaux solitaires, solitaires et mortes — leurs eaux tristes, tristes et glacées de la neige des lis inclinés — par les montagnes — par les bois gris — par le marécage où s’installent le crapaud et le lézard — par les flaques et les étangs lugubres — où habitent les Goules — en chaque lieu le plus décrié — dans chaque coin le plus mélancolique : — partout le voyageur rencontre effarées, les Réminiscences drapées du Passé — formes ensevelies qui reculent et soupirent quand elles passent près du promeneur, formes au plis blancs d’amis rendus il y a longtemps, par l’agonie, à la Terre — et au Ciel.

Pour le cœur dont les maux sont légion, c’est une pacifique et calmante région. — Pour l’esprit qui marche parmi l’ombre, c’est — oh ! c’est Eldorado ! Mais le voyageur, lui, qui voyage au travers, ne peut — n’ose pas la considérer ouvertement. Jamais tel mystère ne s’exposent aux faibles yeux humains qui ne sont point fermés ; ainsi le veut son Roi, qui a défendu d’y lever la paupière frangée ; et aussi l’Âme en peine qui y passe, ne la contemple qu’à travers des glaces obscurcies.

Par une sombre route nue, hantée de mauvais anges seuls, où un Idole, nommée Nuit, sur un trône noir règne debout, j’ai erré avant de ne revenir que récemment de cette extrême et vague Thulé.

La Vallée de l’Inquiétude, reescritura de The Valley of Unrest por Mallarmé

Autrefois souriait un val silencieux que son monde n’habitait pas : tous étaient allés en guerre, confiant aux doux yeux des étoiles, la nuit, de veiller des hautes tours de l’azur sur les fleurs au milieu de qui, tout le jour, le soleil vermeil demeurait paresseusement.

Maintenant tout visiteur confessera l’instabilité de la triste vallée. Il n’y a rien d’immobile — rien sauf les airs qui accablent la magique solitude. Ah ! aucun vent ne trouble ces arbres qui palpitent comme les mers glacées autour des brumeuses Hébrides ! Ah ! aucun vent ne pousse ces nuages qui frémissent par les cieux inquiets, avec malaise, du matin au soir, au-dessus des violettes qui sont là par myriades de types de l’œil humain — au-dessus des lis qui ondulent et pleurent sur une tombe sans nom. Ils ondulent : de leurs odorants sommets d’éternelles rosées tombent par gouttes. Ils pleurent : de leurs délicates tiges les pérennelles larmes descendent en pierreries.

La Cité en la Mer, reescritura de The City in the Sea por Mallarmé

Voyez ! la Mort s’est élevé un trône dans une étrange cité gisant seule en l’obscur Ouest ; où les bons et les mauvais, les pires et les meilleurs s’en sont allés au repos éternel. Chapelles et palais et tours (par le temps rongées, des tours qui ne tremblent pas !) ne ressemblent à rien qui soit chez nous. A l’entour, par le soulèvement du vent oubliées avec résignation gisent sous les cieux les mélancoliques eaux.

Nul rayon, du ciel sacré ne provient, sur les longues heures de nuit de cette ville ; mais une clarté sortie de la mer livide inonde les tours en silence — luit sur les faîtes au loin et de soi, — sur les dômes, sur les résidences royales, — sur les temples, — sur des murs comme à Babylone, — sur la désuétude ombragée de vieux bosquets d’ifs sculptés et de fleurs de pierre, — sur mainte et mainte merveilleuse chapelle dont les frises contournées enlacent avec des violes la violette et la vigne. Avec résignation sous les cieux gisent les mélancoliques eaux. Tant se confondent ombres et tourelles, que tout semble suspendu dans l’air, tandis que d’une fière tour de la ville la Mort plonge, gigantesque, le regard.

Là, des temples ouverts et des tombes béantes baîllent au niveau des lumineuses vagues ; mais ni la richesse qui gît en l’œil de diamant de chaque idole, ni les morts gaiement parés de joyaux ne tentent les eaux hors de leur lit, car aucune lame ne s’enroule, hélas ! le long de cette solitude de verre, — aucun gonflement ne raconte qu’il peut être des vents sur quelque mer plus heureuse du loin, — aucune houle ne suggère que des vents ont été sur des mers d’une moins hideuse sérénité.

Mais voici ! un branle est dans l’air : la vague — il y a mouvement. Comme si les tours avaient repoussé, en sombrant doucement, l’onde morne, — comme si les faîtes avaient alors faiblement fait le vide dans les cieux figés. Les vagues ont à présent une lueur plus rouge, les heures respirent sourdes et faibles, — et quand, parmi des gémissements autres que de la terre, — très-bas — très-bas, — cette ville hors d’ici s’établira, l’Enfer, se levant de mille trônes, lui rendra hommage.

Dream-Land, original de Edgar Allan Poe

By a route obscure and lonely,
Haunted by ill angels only,
Where an Eidolon, named NIGHT,
On a black throne reigns upright,
I have reached these lands but newly
From an ultimate dim Thule—
From a wild weird clime that lieth, sublime,
Out of SPACE—Out of TIME.

Bottomless vales and boundless floods,
And chasms, and caves, and Titan woods,
With forms that no man can discover
For the tears that drip all over;
Mountains toppling evermore
Into seas without a shore;
Seas that restlessly aspire,
Surging, unto skies of fire;
Lakes that endlessly outspread
Their lone waters—lone and dead,—
Their still waters—still and chilly
With the snows of the lolling lily.

By the lakes that thus outspread
Their lone waters, lone and dead,—
Their sad waters, sad and chilly
With the snows of the lolling lily,—
By the mountains—near the river
Murmuring lowly, murmuring ever,—
By the grey woods,—by the swamp
Where the toad and the newt encamp,—
By the dismal tarns and pools
Where dwell the Ghouls,—
By each spot the most unholy—
In each nook most melancholy,—
There the traveller meets, aghast,
Sheeted Memories of the Past—
Shrouded forms that start and sigh
As they pass the wanderer by—
White-robed forms of friends long given,
In agony, to the Earth—and Heaven.

For the heart whose woes are legion
’T is a peaceful, soothing region—
For the spirit that walks in shadow
’T is—oh, ’t is an Eldorado!
But the traveller, travelling through it,
May not—dare not openly view it;
Never its mysteries are exposed
To the weak human eye unclosed;
So wills its King, who hath forbid
The uplifting of the fring’d lid;
And thus the sad Soul that here passes
Beholds it but through darkened glasses.

By a route obscure and lonely,
Haunted by ill angels only,
Where an Eidolon, named NIGHT,
On a black throne reigns upright,
I have wandered home but newly
From this ultimate dim Thule.

The Valley of Unrest, original de Poe

Once it smiled a silent dell
Where the people did not dwell;
They had gone unto the wars,
Trusting to the mild-eyed stars,
Nightly, from their azure towers,
To keep watch above the flowers,
In the midst of which all day
The red sun-light lazily lay.
Now each visitor shall confess
The sad valley’s restlessness.
Nothing there is motionless—
Nothing save the airs that brood
Over the magic solitude.
Ah, by no wind are stirred those trees
That palpitate like the chill seas
Around the misty Hebrides!
Ah, by no wind those clouds are driven
That rustle through the unquiet Heaven
Uneasily, from morn till even,
Over the violets there that lie
In myriad types of the human eye—
Over the lilies there that wave
And weep above a nameless grave!
They wave:—from out their fragrant tops
External dews come down in drops.
They weep:—from off their delicate stems
Perennial tears descend in gems.

The City in the Sea, original de Poe

Lo! Death has reared himself a throne
In a strange city lying alone
Far down within the dim West,
Where the good and the bad and the worst and the best
Have gone to their eternal rest.
There shrines and palaces and towers
(Time-eaten towers that tremble not!)
Resemble nothing that is ours.
Around, by lifting winds forgot,
Resignedly beneath the sky
The melancholy waters lie.

No rays from the holy heaven come down
On the long night-time of that town;
But light from out the lurid sea
Streams up the turrets silently —
Gleams up the pinnacles far and free —
Up domes — up spires — up kingly halls —
Up fanes — up Babylon-like walls —
Up shadowy long-forgotten bowers
Of sculptured ivy and stone flowers —
Up many and many a marvellous shrine
Whose wreathed friezes intertwine
The viol, the violet, and the vine.
Resignedly beneath the sky
The melancholy waters lie.
So blend the turrets and shadows there
That all seem pendulous in air,
While from a proud tower in the town
Death looks gigantically down.

There open fanes and gaping graves
Yawn level with the luminous waves;
But not the riches there that lie
In each idol’s diamond eye —
Not the gaily-jewelled dead
Tempt the waters from their bed;
For no ripples curl, alas!
Along that wilderness of glass —
No swellings tell that winds may be
Upon some far-off happier sea —
No heavings hint that winds have been
On seas less hideously serene.

But lo, a stir is in the air!
The wave — there is a movement there!
As if the towers had thrown aside,
In slightly sinking, the dull tide —
As if their tops had feebly given
A void within the filmy Heaven.
The waves have now a redder glow —
The hours are breathing faint and low —
And when, amid no earthly moans,
Down, down that town shall settle hence,
Hell, rising from a thousand thrones,
Shall do it reverence.

Les Poèmes d’Edgar Allan Poe, traduction en prose de Stéphane Mallarmé, Léon Vanier Libraire-Éditeur, París, 1889.
Les Poèmes d’Edgar Poe, Traduction de Stéphane Mallarmé avec portrait et fleurons para Edouard Manet, Éditeur Edmond Deman, Bruselas, 1888.
The Complete Poems and Stories of Edgar Allan Poe, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1946.

Traducción ©Mariano Rolando Andrade, para Buenos Aires Poetry, 2017.