15 días en Holanda (y otros ensayos literarios) | Paul Verlaine

En agosto de 2018 se publicará en la Colección Abracadabra de Buenos Aires Poetry Quince días en Holanda (y otros ensayos literarios) de Paul Verlaine, en traducción de Christian Kupchik. Además del extenso relato del que aquí se presenta la primera parte y da título a la selección, “Quince días en Holanda (Cartas a un Amigo)”, además se incluirán los ensayos “Baudelaire” (publicado por Verlaine en tres partes en la revista L´Art, dirigida por Louis-Xavier de Ricard); “Exequias de Baudelaire” (Lunes, septiembre 2 de 1967); “A propósito del artículo de Leon Cladel sobre Baudelaire” (París, octubre 19 de 1890) y “Una vuelta por Londres” (publicado en el suplemento literario de Le Figaro, el 20 de enero de 1894).

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QUINCE DÍAS EN HOLANDA

(Cartas a un Amigo)

I

Querido amigo:

Me ha manifestado el deseo de leer en cartas un corto relato de mi viaje a Holanda. Pues bien, intentaré en algunas páginas hacer una crónica lo más completa posible del mismo.
Invitado por un grupo de artistas y escritores holandeses para dar en su país una serie de conferencias, accedí de buena voluntad a su deseo, toda vez que siempre sentí una gran curiosidad por este país que el ingrato Voltaire, su huésped en cuerpo y alma, denunció lleno de «canales, de patos y de canalla». Al cabo de mi viaje, me veo en la obligación de confirmar que este país, evidentemente, está lleno de canales y de patos, pero mucho más aun de un talento natural que parece hereditario y un sentido de la historia tradicional perpetuada.
El 2 de noviembre de 1892, más precisamente el Día de los Muertos –un excelente augurio–, partí de la Gâre du Nord, gracias a los fondos milagrosamente llegados de los Países Bajos, en un vagón especial de primera clase que, si bien no era en verdad soberano, al menos tenía un aire principesco muy tolerable: espejos en las panneaux, mesitas de caoba, elevadas en el preciso momento de almorzar o de cenar, etc.
Resulta inútil, ¿no es verdad?, describir el triste paisaje de los alrededores de París, exceptuando tal vez Saint-Denis con su antigua abadía real, siempre divina, y sus islas, lo bastante bonitas en verano pero infinitamente tristes en este otoño que declina. Después, fábricas de no sé qué, barracas, cabañas, casuchas, ruinas… ¿en qué estado? Un poco de serenidad campesina al cabo de unos minutos de velocidad media. Verdaderas tierras de labor, árboles auténticos que vienen por delante, se enfilan y pasan hacia atrás para hacer sitio, en el término de una hora poco más o menos, a la estación de Creil, rodeada de industrias de un carácter nuevo hasta el momento: fábricas de cerámica, caldererías, depuradores y desinfectantes, en medio de una campiña casi tolerable.
Y pasado Creil, el tren rueda a toda velocidad hasta Saint-Quentin; los paisajes sucesivos que difuma la bruma de la estación pasan, pasan indiferentes como en un sueño, ni bueno ni malo, mientras que los hilos telegráficos caen y se elevan alternativamente y los postes, guarnecidos de tazas a modo de campanas, semejan delgados y altos monjes capuchinos de cartón. Y el penacho blanco de la locomotora, único aunque hermoso plumaje de nuestra civilización, se eleva con gracia y atractivo sobre los lugares atravesados.
Variado, si se quiere, el curso del trayecto del expreso de Creil a Saint-Quentin: un campo desnudo, igual a sí mismo pero para nada desagradable, si bien no a la mirada propiamente dicha, al menos a la mirada intelectual, mejor dicho social, porque este espacio enorme y de intenso cultivo habla, en esta hora incierta, a través de largos surcos que aguardan impacientes la salida del invierno para volver al verde, y de la lejana primavera para madurar y convertirse en paja y en espigas. Poco a poco, el terreno se oscurece; los raros árboles se doblan y retuercen como esqueletos sin brazos. Las fábricas humean, negras, ¡y he aquí el ladrillo! El ladrillo del Norte, el ladrillo rojo de sangre, alzándose en grandes o en pequeñas construcciones con destinos industriales.
A lo lejos, altas chimeneas tan sombrías como siniestras, revelan la lenta ascensión de vellones desenvueltos; después mutan en serpientes de hollín, señalando el nacimiento de las regiones mineras…
«¡Saint-Quentin! ¡Veinte minutos de parada!»
Esto es lo que grita un empleado vestido con un levitón verde oscuro a rayas, que los ingleses llaman corduroy, y gorra plana de piel negra encerada y visera bordada en cobre, de la Compañía del Norte.. Con el acento lento, dulce y terco de los picards (entiendo por picards a los habitantes del territorio comprendido desde Amiens hasta Dunkerque exclusivamente – luego, Dunkerque tiende al flamenco). ¡Oh, el acento!
¡Ch´ l’ochin! Leí recientemente un artículo, muy bien hecho por lo demás, sobre Desrousseaux, el poeta de Lille que se expresa en patuá, autor del justamente célebre P’tiot Qumtin, esa obra maestra plena de gracia y tristeza, particularmente allí donde el acento, sobre todo en patuá, era apagado, y sordo… ¿Sordo? Sí. ¿Qué patois serio no lo es en correspondencia con el abrumador, el literalmente aplastante trabajo de los campos. Pero ¿apagado? ¡Oh, no! Y, además, aunque así fuera, este patois, Marceline Desbordes-Volmore lo ha sabido, lo ha amado y, sin duda alguna, lo ha hablado.
Pero mientras me pierdo en divagaciones, o bien que innecesarias digresiones, advierto que no estoy aún entre una lámpara y un vaso de agua azucarada. No es una conferencia lo que me pedís, sino una relación de viaje. De modo que continúo con nuestro recorrido.
Saludemos, no obstante el estremecimiento que provocan los vagones en el extranjero, la ciudad al atravesarla y su espléndida basílica, algo pesada vista desde lejos, debido a su ausencia de campanario, campanil, torre o torrecilla, y el Aisne bellísimo a lo largo.
Y el tren se pone de nuevo en marcha, con lentitud, pesadamente, enfilando hacia los arrabales de casuchas bajas toscamente blanqueadas, de donde surgen presurosos ejércitos de muchachos que se arremolinan en el umbral para “ver pasar el ferrocarril”, mientras comen las tartinas de bûr y se rascan los cabellos rubios o negrísimos, porque esta es la tierra

“En donde se asentaron largo tiempo las fervientes Castillas.”

Y a propósito de esos españoles, nuestros huéspedes forzosos desde hace siglos, saludemos en el limen de la patria estas llanuras nunca bastante gloriosas, y tan dolorosas, en que debía, después de muchos esfuerzos heroicos, sucumbir a cuatro o cinco o seis generaciones de distancia, el valor francés, sobrepasado hasta la locura; el honor, sin embargo, no. Salud por última vez, Saint Quentin que, paralelamente a nuestro Buzenbal parisino, oíste los últimos rayos de esta tempestad, de esta execrable guerra.
Nada digno de mención hasta la frontera belga, más que la insignificancia de este detalle: los postes telegráficos como largas perchas, aunque desdoblados en cono e inclinados hacia atrás. Se diría ahora piernas de gigantes ebrios, muy frágiles, que se arquean en piruetas y caen. Estos titubeantes compañeros deben acompañarme hasta La Haya, y un poco más tarde a Leyde y a Amsterdam.

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15 días en Holanda, Paul VERLAINE. Traducción de Christian Kupchik. ED. BUENOS AIRES POETRY, COLECCIÓN ABRACADABRA, 2018.