El sentido de la noche en Stéphane Mallarmé | Rolland de Renéville

La preferencia que respectivamente manifestaron Novalis, Nerval, Baudelaire y Poe por el segundo tiempo, del ritmo sobre el que nacen y se abisman los mundos, se confunde con el afán de sacrificar los valores relativos en provecho de un absoluto cerca al que el pensamiento no puede sino abdicar, como lo hace la luz ante la progresión de la noche. Esta correspondencia que no dejaron de entrever entre el microcosmos y el macrocosmos está indicada claramente en las líneas finales de Eureka:

Guiando nuestra imaginación por la omnipredominante ley de leyes, la ley de periodicidad, ¿no estamos más que justificados cuando alimentamos la creencia, digamos más bien cuando nos complacemos en la esperanza de que los procesos, que nos hemos atrevido a contemplar se renovaran una y otra vez, eternamente; que un nuevo universo irrumpe a la existencia y luego se hunde en la nada cada latido del Corazón Divino? Pero este corazón divino, ¿qué es? Es nuestro propio corazón.

La afirmación traída bruscamente en esta última frase, traslada nuestra visión, arrastrada a la contemplación de los misterios celestes, hacia los que juegan en el interior del hombre. Ella sostiene por adelantado los presentimientos de Baudelaire, y se prolonga en la misteriosa obra que Mallarmé esbozó bajo el título de Igitur o la locura éfe Elbehnon. Al punto, que los desarrollos de Igitur parecen constituir la partida sobre el plano humano, del problema situado por Edgar Poe en las regiones planetarias.
El personaje de Igitur, héroe de la conquista lógica, está bautizado por el vocablo que marca la conclusión de un razonamiento. Es necesario trasladarse al capítulo 11 del texto latino del Génesis para encontrar la frase cuya primera palabra sirvió a Mallarmé para bautizar Igitur a su héroe: Igitur perfecti sunt coeli et terra et omnis ornatus eorum (Así fueron acabados los cielos y [a tierra y todo su cortejo). Esta frase se refiere a los ángeles, los Elohim, potencias creadoras emanadas de Jehová, y por decirlo todo: los astros. El subtítulo del poema: o la locura de Elbehnon se esclarece luego de reflexionar que las palabras hebreas el benhnon significan: los hijos de los elohin. Igitur, el ser intelectual por excelencia, el hombre, en fin, el hijo de los astros, va a interrogarse sobre sus poderes. Situado en el interior de un castillo cuyos fundamentos, materiales y estructura son las de su propio espíritu, medita sobre· la posibilidad de igualar su conciencia a la del autor del mundo. Si llegara, tendría la posibilidad de hacer retornar el mundo, por el juego del pensamiento, a la Noche original. El Acto habría tenido lugar, y el Drama recibiría su realización.
Únicamente el retiro voluntario de una conciencia infinita ha podido dejar lugar al azar, es decir al universo. El hombre que se mueve en el mundo, engendrado así por el retiro de la conciencia divina, no tiene otra esperanza que asistir al fin de su condenación como de igualar su conciencia, puesta al día, de suerte que puede tentar, por su pensamiento y su palabra, de negar el azar y de forzar al universo que se desvanece en lo absoluto.

La identidad de esencia que Stéphane Mallarmé supone entre la conciencia humana y la divina se reconoce en los pasajes que hacen verdaderamente eco a la afirmación de Edgar Poe: Pero este corazón divino, ¿qué es? Es nuestro propio corazón. El poeta de Igitur se interroga sobre el ruido rítmico del péndulo que marca las divisiones del tiempo de la noche afectada. El reconoce, finalmente, el origen:

Mientras que delante y detrás se prolonga el embuste explorado de infinito, tinieblas de todas mis apariciones reunidas, en este momento que el tiempo ha cesado y ya no las diviso nuevamente caídas en un grávido conjunto, macizo (fuera del ruido escuchado primero), en cuyo vacío escucho los latidos de mi propio corazón.

y en el segundo esbozo de la salida de la habitación:

La sombra sólo escuchó, en este lugar, el ruido de un latido regular que reconoció ser aquel de su propio corazón: ella lo reconoció e, incómoda por la certidumbre perfecta de sí, intentó escapar, y entrar nuevamente en ella, en su opacidad …

Así, pues, el hombre posee en sí la virtud de romper los diques que se oponen a la invasión de la onda nocturna. Su vida mental, asediada por el ritmo pendular de su sangre, debe finalmente escapar a los límites del espacio y del tiempo, para reconocerse sombra en el seno de la Noche absoluta; Igitur, recostado en la ceniza de los astros, sus antepasados, bebe la gota de la nada que falta al mar. Lo absoluto no podría ser abordado por la conciencia humana, pues la realidad no es sino el efecto del mutuo despojo que el espíritu y su objeto hacen soportar. Sólo una conciencia infinita puede concebirla para la razón de que participa su esencia se confunda con ella. El suicidio filosófico de Igitur no significa sino el consentimiento en el que se transforma al dejar estallar su conciencia en las cercanías de lo absoluto: la conciencia humana no puede identificarse con la Conciencia absoluta sino por un hundimiento de su centro, cuyo resplandor poco a poco devora las zonas de sombra que limitan y no conoce otro objeto de sí misma; o, a la inversa, por el oscurecimiento de su foco a favor de las sombras marginales del espíritu, que vuelven a tomar sobre aquel las regiones que había tenido separadas. El primer movimiento caracteriza una aspiración hacia lo infinito, mientras que el segundo tiende a la nada.
La búsqueda de la conciencia absoluta, y aquella de la inconsciencia total, corresponden, en el dominio del color, a la búsqueda del blanco perfecto, a aquel del negro sin defecto. El color blanco, al rechazar los rayos luminosos, puede figurar, analógicamente, la conciencia que ningún objeto lastima. Y, a la inversa, el color negro que absorbe todos los rayos, corresponde a la inconsciencia total, en la noche de la que el universo se disipa.
No ser nada, y ser todo, las dos tendencias representan los aspectos de un mismo tormento donde la naturaleza humana está afectada, y puede nombrar el tormento de lo infinito. Ambas constituyen los términos antinómicos y, sin embargo, comunes del dilema de Hamlet, cuya silueta se perfila al fondo de las comarcas mentales donde la poesía de Stéphane Mallarmé nos permite acceder. La imagen a la cual Mallarmé se refiere en todo momento para conducirnos a la noción de una conciencia absoluta, es decir, situada más acá del ser y del no ser, es aquella de una Noche cuyo nombre evoca el reino de las tinieblas, pero a la cual añade la calificación de blanca, a fin de negar su color tenebroso al mismo tiempo que lo pone. No podría ser de otro modo para el espíritu, que la Noche de las noches sea una Noche blanca pues el espíritu, en su esfuerzo de aproximación, no puede definirse sino en síntesis de realidades contradictorias.

Tú, intacta, que mueres y ardes en castidad
¡noche blanca de témpanos y lenta nieve cruel!

Estos dos versos de la invocación de Herodías son el marco del poema y aclaran un desenvolvimiento. El personaje místico que el poeta pone en escena, no es la encarnación de la Noche blanca, su correspondencia humana. Herodías se ve intacta y estéril. Ella es la expresión de la vacuidad, la “hermana solitaria” de la Noche, “su hermana eterna”. Ella declara su odio al azar, y obtiene la decapitación de San Juan, cuya cabeza rueda en el momento que el sol cae. Símbolo sobre el plano humano del drama cósmico que el poeta no cesó de soñar representando su mito.
El Cántico de San Juan sugiere, resumen impresionante, la analogía entrevista por Baudelaire y, largamente desarrollada por Edgar Poe, entre el hombre y el cielo.
La obsesión de lo negro en Novalis, Nerval y Baudelaire deviene la obsesión de Jo blanco en Mallarmé. No es sino en pocos poemas suyos donde la necesidad interna no está constituída por la angustia de acceder a la conciencia pura, y cuyas imágenes no tienden a establecer en nuestro espíritu el reino de las nieves.
Pero estas imágenes poseedoras de una angustia común encuentran su resolución en un número que, en razón de ser virtud puramente negativa y que su enunciación no designa verdaderamente nada, se acerca más, quizá, a la inconcebible realidad perseguida por los poetas: la de la Noche.


Texto publicado en el número 41 de POESIA.
Traducción de Ricardo Silva-Santisteban de parte del Capítulo IV del libro de Rolland de Renéville: L’experience poétique 2ª ed., A la Baconniere, Geneve, 1948.