Borges y yo: The Seafarer | Jay Parini

El siguiente fragmento, incluido en Borges y yo de Jay Parini (Emecé, 2021), rememora la siguiente anécdota de Jorge Luis Borges en las Tierras Altas de Escocia. Un antiguo anhelo del poeta argentino era recitar el antiguo poema anglosajón The Seafarer de cara al mar del Norte.

Mæg ic be me sylfum / soðgied wrecan, / siþas secgan


Después de la cena, nos trasladamos a la sala de estar. Jeff sirvió vino en jarros de peltre, que formaban parte de la vajilla de la casa, e hizo circular la bandeja de brownies, lo que me recordó la última vez que los habíamos consumido, durante la visita de Bella. Me habría gustado traerla a esa cena con Borges. Le habría encantado su conversación, sus excursiones mentales, ese espectáculo literario unipersonal.

Borges tomó un brownie y lo olfateó antes de darle un mordisco. Sonrió, con aparente alivio.

—Soy, cómo decirlo, goloso. Alejandro me conoce bien.

—Sé que le gustarán, Borges. Son mis brownies escoceses especiales, de los que le convidé anoche. Condimentados con polvo de estrellas.

—Me pusieron muy contento.

Al cabo de una hora, los brownies habían hecho efecto. Borges, feliz, citaba de memoria y a carradas a sus autores favoritos; peroraba sobre incontables asuntos, desde las paradojas del Zenón hasta el Zohar; mencionó un largo extracto, recordado al pie de la letra, de las Confesiones de un opiómano inglés de De Quincer: “Space swelled, and was amplified to an exent of unutterale infinity. This, however, did not disturb me so much as the vast expansion of time; O sometimes seemed to have lived for seventy or a hundred years in one night” (El espacio se hinchaba y se expandía hasta un grado de indecible infinitud. Sin embargo, esto no me inquietaba tanto como la gran expansión del tiempo: a veces tenía la impresión de haber vivido setenta o cien años en una noche). Lo aplaudimos y dijo:

—No soy ningún John Barrymore, el actor favorito de mi abuela, pero gracias por la aprobación. —Se puso de pie, apoyándose en su bastón—. Es hora de tomar aire, ¿no les parece? ¡Necesito respirar! ¡El mar del Norte nos espera!

—Un paseo en la oscuridad, buena idea —se quejó Jeff.

—A un ciego no le hace diferencia —replicó Alastair. 

Caminamos haciendo eses por sobre el campo de golf, bajo la luna llena; el aire nos hacía cosquillas. Jasper era el único sobrio. Borges dijo:

—Debo decirles, que, de niño, anhelaba la presencia del mar del Norte. Ahora, estoy aquí, demasiado ciego como para verlo. Pero percibo su presencia en el olor de la sal.

—Está justo frente a usted, a unas cien yardas —explicó Jeff.

El anciano se echó a andar como si viese; iba a toda prisa en dirección al agua, donde el reflejo de la luna chapoteaba con extraña intensidad. Aunque la distancia era poca, no era un trayecto fácil; primero había que cruzar el hoyo diecisiete, por búnkeres de arena y roughs. Antes de alcanzar el mar, tendría que cruzar una duna erizada de barrón. 

—Se va a matar —le advertí a Alastair.

—Es Borges. Puede volar.

¿Alastair estaría tan drogado que había perdido contacto con el mundo físico?

Yo no tenía la cabeza muy despejada que digamos, pero Jeff y yo seguimos a Borges de cerca, como si fuera un incontrolable niñito de dos años.

Borges se detuvo sobre el filo de una vasta duna, como escuchando el agua o quizás a los dioses. Alzó los brazos, sin dejar de empuñar el bastón, y dio varias vueltas antes de detenerse, de cara al campo de golf y a nosotros, no al mar. Con voz tonante, se puso a recitar El marino en el anglosajón original: “Mæg ic be me sylfum / soðgied wrecan, / siþas secgan“.

—¿Lo damos vuelta? —susurró Jeff.

—Dejémoslo en paz —respondí. El espectáculo de ese anciano poeta ciego de cara a un campo de golf era demasiado maravilloso, inverosímil, gratificante. Alastair, Jeff, Jasper y yo nos congregamos frente a él para oír el extraño recitado, que los gritos de las gaviotas y el cercano oleaje volvían casi inaudible.

Alastair nos tradujo los versos trascendentales: “Puedo hacer de mí un hijo fiel / contarte de mis viajes / y de los días de lucha por los que pasé”.

Al parecer, recitar ese poema de cara al mar del Norte era un antiguo anhelo de Borges. Está narrado en primera persona por un viejo marino, que recuerda sus años de soledad en alta mar, símbolo de la vida misma. 

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Extraído de Jay Parini, Borges y yo. Traducción de Agustín Pico Estrada, Buenos Aires, Emecé, 2021, pp. 102-105.

Jay Parini is a poet, biographer, and critic who has published seven novels, most notably The Last Station, which was made into an Academy Award-nominated film in 2009 and translated into over twenty-five languages. He is the D. E. Axinn Professor of English and Creative Writing at Middlebury College, and the author of Promised Land: Thirteen Books that Changed America