Ulalume, de Edgar Allan Poe, por Stéphane Mallarmé

Presentamos Ulalume y Eldorado de Edgar Allan Poe (1809-1849) revisitados al francés en prosa por Stéphane Mallarmé (1842-1898), como una posdata de la publicación en las pasadas semanas de Annabel Lee, El cuervo y tres “parajes inhóspitos” (Tierra del sueño, el Valle de la inquietud y La ciudad en el mar).
Como los anteriores casos, estos dos poemas forman parte del conjunto de obras en verso en las que trabajó Mallarmé, decidido a terminar el trabajo iniciado por su compatriota Charles Baudelaire (1821-1867), gran admirador de Poe y uno de sus traductores al francés.
En unos comentarios que escribió en una edición publicada en 1888 de los poemas traducidos, Mallarmé señala, citando a Sarah Helen Whitman -poeta que tuvo una relación sentimental con Poe-, que Ulalume nació en una vivencia del autor estadounidense unos meses después de la muerte de su esposa Virginia en enero de 1847. Fue durante un solitario paseo nocturno en Fordham, el pueblo en las afueras de Nueva York donde Poe vivía y Virginia había fallecido.
Ulalume es “quizás el más original y más extrañamente sugestivo de todos” los poemas de Poe, dice Mallarmé, suscribiendo una frase de Whitman. Su temática, la pérdida de la mujer amada, conduce a Annabel Lee y, por supuesto, a El cuervo.

M. R. A.

Ulalume

Los cielos, ellos eran de ceniza y solemnes: las hojas, ellas estaban crispadas y lúgubres —las hojas, eran efímeras y lúgubres. Era de noche en el solitario octubre de mi año más inmemorial. Era muy cerca del oscuro lago de Auber, en la brumosa región media de Weir. Era allá, cerca del húmedo pantano de Auber, en el bosque embrujado por las monstruosas necrófagas de Weir.

Aquí, una vez, a través de una colosal alameda de cipreses, erraba con mi alma; una alameda de cipreses con Psique, mi alma. Era en los días en que mi corazón era volcánico como los escoriosos ríos que fluyen. Como las lavas que fluyen tambaleantemente sus sulfurosas corrientes al pie del Yanek, en los climas extremos del polo; que gimen mientras fluyen al pie del monte Yanek en las regiones del polo boreal.

Nuestro encuentro había sido serio y solemne. Pero nuestros pensamientos, ellos estaban paralizados y lúgubres; nuestros recuerdos eran traidores y lúgubres, porque no sabíamos que el mes era octubre y no distinguíamos la noche del año (¡Ah! ¡Noche de todas las noches del año!). No observábamos el oscuro lago de Auber, a pesar de que una vez habíamos viajado por allí. No recordábamos el húmedo pantano de Auber, ni la tierra del bosque embrujado por las monstruosas necrófagas de Weir.

Y ahora, como la noche envejecía y la esfera de las estrellas indicaba la mañana —al final de nuestro sendero—, un líquido y nebuloso resplandor nació, fuera del cual una milagrosa media luna se elevó con un doble cuerno: la media luna adiamantada de Astarté, nítida con su doble cuerno.

Y dije: “Ella es más tibia que Diana. Avanza a través de un éter de suspiros; se regocija en una región de suspiros. Ha visto que las lágrimas no se secan sobre sus mejillas en las que el gusano nunca muere, y ha venido luego de las estrellas del León para designarnos el sendero hacia los cielos —hacia la letea paz de los cielos—. Hasta aquí ha venido a pesar del León, para resplandecer sobre nosotros con sus brillantes ojos; hasta aquí ha venido a través de la guarida del León, con el amor en sus luminosos ojos”.

Pero Psique, elevando su dedo, dijo: “Tristemente, de esta estrella desconfío; de su palidez, extrañamente, desconfío. ¡Oh! !Apúrate! ¡Oh! ¡No nos demoremos! ¡Oh! Huye —y huyamos—, es necesario”. Habló aterrorizada, dejando caer sus plumas hasta que sus alas se arrastraron en el polvo; hasta que se arrastraron tristemente en el polvo.

Respondí: “No es más que sueño. ¡Continuemos por esta vacilante luz! !Bañémonos en esta cristalina luz! Su esplendor sibilino refulge de esperanza y belleza esta noche. ¡Mira! ¡Ella va, vibrante, en lo alto del cielo a través de la noche! ¡Ah! Podemos, salvos, confiarnos de su destello y estar seguros que nos conducirá bien; podemos, salvos, confiarnos a un destello que solo saber guiarnos bien, porque elle va, vibrante, en lo alto de los cielos a través de la noche”.

Así calmé a Psique y la besé, e intenté arrebatarla en este oscurecimiento, y vencí sus escrúpulos y su oscurecimiento. Y avanzamos al final del sendero, pero fuimos detenidos por el portal de una tumba; por el portal, con su inscripción, de una tumba. Y dije: “¿Qué hay escrito, dulce hermana, sobre el portal con una inscripción de esta tumba?”. Ella respondió: ”¡Ulalume! ¡Ulalume! ¡Es la cripta de tu difunta Ulalume!

Entonces mi corazón ser volvió de ceniza y solemne, como las hojas que estaban crispadas y lúgubres; como las hojas que eran efímeras y lúgubres. Y grité: “Fue seguramente en octubre, en esta misma noche del año pasado, que yo viajé. Que viajé por aquí; que traje una temible carga hasta aquí. En esta noche entre todas las noches de año, ¡ah! ¿Qué demonio me ha tentado hacia estos parajes? Conozco bien, ahora, este oscuro lago de Auber; esta brumosa región media de Weir. ¡Conozco bien, ahora, este húmedo lago de Auber, y estas tierras del bosque embrujado por las monstruosas necrófagas de Weir!”.

Eldorado

Vestido alegremente de forma ridícula, un galante caballero, al sol y en las tinieblas, había viajado largo tiempo, cantando una canción, en busca de Eldorado.

Pero se volvió viejo, este caballero tan osado, y sobre su corazón cayó una sombra, dado que no encontraba ningún lugar de la tierra que se pareciese a Eldorado.

Y, cuando a la larga su fuerza desfalleció, encontró una sombra peregrina. “Sombra, dijo, ¿dónde puede estar esta tierra de Eldorado?”.

— “Más allá de las montañas de la luna, y en el fondo del valle de la sombra, cabalga osadamente, respondió la sombra, si buscas Eldorado”.

Ulalume, reinventada por Stéphane Mallarme

Les cieux, ils étaient de cendre et graves; les feuilles, elles étaient crispées et mornes — les feuilles, elles étaient périssables et mornes. C’était nuit en le solitaire Octobre de ma plus immémoriale année. C’était fort près de l’obscur lac d’Auber, dans la brumeuse moyenne région de Weir, — c’était là, près de l’humide marais d’Auber, dans le bois hanté par les goules de Weir.

Ici, une fois, à travers une allée titanique de cyprès, j’errais avec mon âme; — une allée de cyprès avec Psyché, mon âme. C’était aux jours où mon cœur était volcanique comme les rivières scoriaques qui roulent — comme les laves qui roulent instablement leurs sulfureux courants en bas de l’Yanek, dans les climats extrêmes du pôle, — qui gémissent tandis qu’elles roulent en bas du mont Yanek dans les régions du pôle boréal.

Notre entretien avait été sérieux et grave; mais, nos pensées, elles étaient paralysées et mornes, nos souvenirs étaient traîtres et mornes — car nous ne savions pas que le mois était Octobre et nous ne remarquions pas la nuit de l’année (Ah ! nuit de toutes les nuits de l’année !); nous n’observions pas l’obscur lac d’Auber, — bien qu’une fois nous ayons voyagé par là, — nous ne nous rappelions pas l’humide marais d’Auber, ni le pays de bois hanté par les goules de Weir.

Et maintenant, comme la nuit vieillissait et que le cadran des étoiles indiquait le matin, — à la fin de notre sentier, — un liquide et nébuleux éclat vint à naître, hors duquel un miraculeux croissant se leva avec une double corne — le croissant diamanté d’Astarté distinct avec sa double corne.

Et je dis : « Elle est plus tiède que Diane ; elle roule à travers un éther de soupirs : elle jubile dans une région de soupirs ; — elle a vu que les larmes ne sont pas sèches sur ces joues où le ver ne meurt jamais, et elle est venue passé les étoiles du Lion, pour nous désigner le sentier vers les cieux, — vers la léthéenne paix des cieux ; — jusque-là venue en dépit du Lion, pour resplendir sur nous de ses yeux brillants, — jusque-là venue à travers l’antre du Lion, avec l’amour dans ses yeux lumineux. »

Mais Psyché, élevant son doigt, dit : « Tristement, de cette étoile je me défie, — de sa pâleur, étrangement, je me défie. Oh ! hâte-toi ! Oh ! ne nous attardons pas ! Oh ! fuis — et fuyons, il le faut. » Elle parla dans la terreur, laissant s’abattre ses plumes jusqu’à ce que ses ailes traînassent en la poussière — jusqu’à ce qu’elles traînèrent tristement dans la poussière.

Je répliquai : « Ce n’est rien que songe : continuons par cette vacillante lumière ! baignons-nous dans cette cristalline lumière ! Sa splendeur sibylline rayonne d’espoir et de beauté, cette nuit : — vois ! elle va, vibrante, au haut du ciel à travers la nuit ! Ah ! nous pouvons, saufs, nous fier à sa lueur et être sûrs qu’elle nous conduira bien, — nous pouvons, saufs, nous fier à une lueur qui ne sait que nous guider à bien, puisqu’elle va, vibrante, au haut des cieux à travers la nuit. »

Ainsi je pacifiai Psyché et la baisai, et tentai de la ravir à cet assombrissement, et vainquis ses scrupules et son assombrissement ; et nous allâmes à la fin de l’allée, mais fûmes arrêtés par la porte d’une tombe ; par la porte, avec sa légende, d’une tombe, et je dis : « Qu’y a-t-il d’écrit, douce sœur, sur la porte avec une légende de cette tombe ? » Elle répliqua : « Ulalume ! Ulalume ! C’est le caveau de ta morte Ulalume ! »

Alors mon cœur devint de cendre et grave, comme les feuilles qui étaient crispées et mornes, — comme les feuilles qui étaient périssables et mornes, et je m’écriai : « Ce fut sûrement en Octobre, dans cette même nuit de l’année dernière, que je voyageai — je voyageai par ici, — que j’apportai un fardeau redoutable jusqu’ici : — dans cette nuit entre toutes les nuits de l’année, ah ! quel démon m’a tenté vers ces lieux ? Je connais bien, maintenant, cet obscur lac d’Auber, — cette brumeuse moyenne région de Weir : je connais bien, maintenant, cet obscur lac d’Auber, — cette brumeuse moyenne région de Weir : je connais bien, maintenant, cet humide marais d’Auber, et ces pays de bois hantés par les goules de Weir ! »

Eldorado, reinventado por Mallarmé

Gaiement accoutré, un galant chevalier, au soleil et par les ténèbres, avait longtemps voyagé, chantant une chanson, à la recherche de l’Eldorado.

Mais il se fit vieux, ce chevalier si hardi, et sur son cœur tomba une ombre, comme il ne trouvait aucun endroit de la terre qui ressemblât à l’Eldorado.

Et, quand sa force défaillit à la longue, il rencontra une ombre pèlerine. — « Ombre, dit-il, où peut être cette terre d’Eldorado ? »

— « Par-delà les montagnes de la lune, et au fond de la vallée de l’ombre, chevauche hardiment, répondit l’ombre, — si tu cherches l’Eldorado. »

Ulalume, original de Edgar Allan Poe

The skies they were ashen and sober;
The leaves they were crisped and sere—
The leaves they were withering and sere;
It was night in the lonesome October
Of my most immemorial year;
It was hard by the dim lake of Auber,
In the misty mid region of Weir—
It was down by the dank tarn of Auber,
In the ghoul-haunted woodland of Weir.

Here once, through an alley Titanic,
Of cypress, I roamed with my Soul—
Of cypress, with Psyche, my Soul.
These were days when my heart was volcanic
As the scoriac rivers that roll—
As the lavas that restlessly roll
Their sulphurous currents down Yaanek
In the ultimate climes of the pole—
That groan as they roll down Mount Yaanek
In the realms of the boreal pole.

Our talk had been serious and sober,
But our thoughts they were palsied and sere—
Our memories were treacherous and sere—
For we knew not the month was October,
And we marked not the night of the year—
(Ah, night of all nights in the year!)
We noted not the dim lake of Auber—
(Though once we had journeyed down here)—
We remembered not the dank tarn of Auber,
Nor the ghoul-haunted woodland of Weir.

And now, as the night was senescent
And star-dials pointed to morn—
As the star-dials hinted of morn—
At the end of our path a liquescent
And nebulous lustre was born,
Out of which a miraculous crescent
Arose with a duplicate horn—
Astarte’s bediamonded crescent
Distinct with its duplicate horn.

And I said—”She is warmer than Dian:
She rolls through an ether of sighs—
She revels in a region of sighs:
She has seen that the tears are not dry on
These cheeks, where the worm never dies,
And has come past the stars of the Lion
To point us the path to the skies—
To the Lethean peace of the skies—
Come up, in despite of the Lion,
To shine on us with her bright eyes—
Come up through the lair of the Lion,
With love in her luminous eyes.”

But Psyche, uplifting her finger,
Said—”Sadly this star I mistrust—
Her pallor I strangely mistrust:—
Oh, hasten! oh, let us not linger!
Oh, fly!—let us fly!—for we must.”
In terror she spoke, letting sink her
Wings till they trailed in the dust—
In agony sobbed, letting sink her
Plumes till they trailed in the dust—
Till they sorrowfully trailed in the dust.

I replied—”This is nothing but dreaming:
Let us on by this tremulous light!
Let us bathe in this crystalline light!
Its Sybilic splendor is beaming
With Hope and in Beauty to-night:—
See!—it flickers up the sky through the night!
Ah, we safely may trust to its gleaming,
And be sure it will lead us aright—
We safely may trust to a gleaming
That cannot but guide us aright,
Since it flickers up to Heaven through the night.”

Thus I pacified Psyche and kissed her,
And tempted her out of her gloom—
And conquered her scruples and gloom:
And we passed to the end of the vista,
But were stopped by the door of a tomb—
By the door of a legended tomb;
And I said—”What is written, sweet sister,
On the door of this legended tomb?”
She replied—”Ulalume—Ulalume—
‘Tis the vault of thy lost Ulalume!”

Then my heart it grew ashen and sober
As the leaves that were crisped and sere—
As the leaves that were withering and sere,
And I cried—”It was surely October
On this very night of last year
That I journeyed—I journeyed down here—
That I brought a dread burden down here—
On this night of all nights in the year,
Oh, what demon has tempted me here?
Well I know, now, this dim lake of Auber—
This misty mid region of Weir—
Well I know, now, this dank tarn of Auber—
In the ghoul-haunted woodland of Weir.”

Eldorado, original de Edgar Allan Poe

Gaily bedight,
A gallant knight,
In sunshine and in shadow,
Had journeyed long,
Singing a song,
In search of Eldorado.

But he grew old—
This knight so bold—
And o’er his heart a shadow—
Fell as he found
No spot of ground
That looked like Eldorado.

And, as his strength
Failed him at length,
He met a pilgrim shadow—
‘Shadow,’ said he,
‘Where can it be—
This land of Eldorado?’

‘Over the Mountains
Of the Moon,
Down the Valley of the Shadow,
Ride, boldly ride,’
The shade replied,—
‘If you seek for Eldorado!’

Les Poèmes d’Edgar Allan Poe, traduction en prose de Stéphane Mallarmé, Léon Vanier Libraire-Éditeur, París, 1889.
Les Poèmes d’Edgar Poe, Traduction de Stéphane Mallarmé avec portrait et fleurons para Edouard Manet, Éditeur Edmond Deman, Bruselas, 1888.
The Complete Poems and Stories of Edgar Allan Poe, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1946.
Traducción ©Mariano Rolando Andrade para Buenos Aires Poetry, 2017.