JACK KEROUAC – La Vanidad de los Duluoz. Por Juan Arabia.

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I.

Para la historia de la literatura norteamericana Jack Kerouac es una exclusividad, una excepción;  pero también el líder o un representante de una época o grupo con determinados valores y caracteres.

Así leemos en la excelente, aunque canonizada, Historia de la literatura norteamericana de Emory Elliot:

Ser «beat» es haber sido derrotado; ser «beat» es ser beatífico, santo (…). Se buscaron las drogas, la locura, experiencias extremas de todo tipo para dislocar la conciencia ordinaria en una conciencia visionaria (Emory Elliot, 2001).

Para una sociología de la lectura, que generalmente se lleva todas las recompensas en materia de crítica literaria, no es muy difícil advertir que nada puede ser analizado sin estudiar las amplias estructuras colectivas que la sostienen.

En muchos casos, este tipo de teoría ha servido de mucho: permite comprender que la naturaleza de las prácticas están determinadas por condiciones generales, específicas, y que una obra particular no puede ser leída o sostenida sin tener en cuenta otras dinámicas más amplias.

Generalmente encuentro lectores que afirman saber quiénes han sido los Beatniks, cuáles fueron sus propósitos, sus circunstancias. Pero en el momento que se habla de Kerouac, se sabe poco o nada sobre su obra poética en general, sobre la densidad de cada una de sus novelas, sobre su hermoso Libro de esbozos escrito en su viaje hasta la ciudad de México.

También sucede que se  lee más a Ginsberg que a Corso, que se habla más del jazz y de la «prosa espontánea», que de sus historias particulares o experiencias.

No hace mucho tiempo leí a un crítico, muy serio desde ya, que de alguna manera resume el peligro que intento denotar. Dick Hebdige[1] principal heredero y representante de la segunda generación de la Escuela de Birmingham, en su famoso ensayo Subcultura. El significado del estilo, instituye:

¿No es acaso la subcultura beatnik, que por cierto tantas veces se fusionó con el rock, una subcultura que fue desde el principio un universitario de clase media como Kerouac, asfixiado por las ciudades y por su herencia cultural, que quería dejarlo todo para largarse a lugares lejanos? (Goldman, 1974).

El beat, con sus tejanos y sandalias cuidadosamente destrozados, expresaba una relación mágica con una pobreza que para él era como una esencia divina, un estado de gracias, un santuario (Hebdige, 2004).

 Gran parte de las ciencias sociales, los estudios culturales y de la sociología de la lectura, intentan comprender o esquematizar regularidades culturales. Al hacerlo, olvidan qué es lo específico de cada autor, sus propias historias y simbolismos personales. El peligro que se corre es no diferenciar un autor de otro, una novela de otra: más cuando se trata de una literatura verdadera, o como decía Sartre (1974), una literatura que lo es todo, es decir, una época aprehendida por su literatura. Estoy convencido que Moloch no es Urizen, precisamente porque Ginsberg no es Blake ni es Milton, y porque Dios no es un sistema represivo sino una modalidad —específica y localizada— de destrucción.

Es en este último sentido en que La vanidad de los Duluoz, como todas las obras de Kerouacmerece ser leída de lado a lado.

II.

 

Se trata de una novela en la que Jack Duluoz, álter ego del autor, narra sus primeros años en la universidad de Columbia. A diferencia de Ferlinghetti que finalizó su carrera, o de Corso que nunca ingresó en la universidad (pasó gran parte de su turbulenta adolescencia encerrado en una cárcel), Kerouac encontró muy tempranamente frustrada su carrera académica.

Aquí nuevamente el «Sueño Americano», un tópico tan repetido en la historia de la literatura norteamericana, es doblegado y destruido. Las becas de la universidad de Columbia no son verdaderas oportunidades para los muchachos pobres de provincia: hay que entrenar a diario y triunfar en el fútbol americano para mantener la beca, leer La Ilíada en tres días, lavar por la noche los platos sucios de los muchachos ricos.

Jack entiende todo rápidamente y se marcha: «Lo que estaba haciendo era decirle a todo el mundo que saltara al enorme océano de su propia locura».

Kerouac comienza a escribir cuentos al estilo de Wolfe, trabajando para subsistir como un engrasador en un taller mecánico y viviendo en una pensión barata de Hartford.

Porque el salto en Jack nunca se da desde la comodidad, desde la conveniencia o la especulación. En Kerouac persiste la constante necesidad de penetrar en el mundo, de vivirlo intensamente, de abalanzarse dentro inmóvil e indeterminado azar de las circunstancias.

El salto del autor no se asemeja en nada al salto whitmaniano: es un salto que inmediatamente el mundo desaprueba, castiga y corrompe.

Sus actos no son idealistas o ingenuos, sino claramente verdaderos y oposicionales; dignos de un sujeto libre, independiente, que se propone enfrentar al mundo desde sus convicciones:

– Jacky, ibas a ser una estrella del fútbol americano y un sabio acerca de lo que fuera en Columbia. ¿Qué te trajo a esta triste habitación con esa triste máquina de escribir, la atormentada almohada, el hambre, esos monos mecánicos llenos de grasa? (…).

– Eso no es importante, Sab (…). No es importante porque te voy a demostrar que sé lo que me hago. Los padres vienen, los padres se van, las universidades vienen, las universidades se van, pero ¿qué puede hacer un alma joven e inquieta contra el muro de lo que llaman realidad? ¿Se creo el cielo de acuerdo con las decisiones de ancianos que chocheaban?  (…). Cuando los antepasados dicen que es el momento de dar gracias, y la luz del pavo brilla en el pantano, y el maíz se puede oler, y el humo, ay, Sabby, escríbeme un poema (Kerouac, 2003).

  Se trata, efectivamente, de algo más que el huir de las grandes ciudades para instalarse en lugares lejanos. No existe escenario que logre complementar al autor. En Kerouac persiste la incomodidad de la quietud. La vida es la obra literaria, el poema, la  nota musical: necesita del constante cambio, del flujo, de la indeterminación.

De la misma manera, no alcanzará que su situación cambie en el momento en el que consiga un trabajo mejor redituado como periodista en su ciudad natal de Lowell: viajará a Washington, trabajará como cocinero, camarero.

Los exilios y retornos de Lowell, el repetitivo cambio de circunstancias, la indecisión, su alistamiento y participación en el ejército de la Marina, el consumo de drogas, confluyen en su experiencia vivida: la transformación del mundo a través de una sensibilidad única, específica.

Pero la transformación del mundo en Kerouac incluye al tiempo, en un aspecto mucho  más profundo que el deterioro de un objeto sobre la superficie. Su tarea no fue razonar ni comparar, sino crear

Queda en los lectores el descubrimiento de la valentía de un autor que logró modificar al mundo a partir de lo que amaba. Nadie mueve una montaña salvo ella misma.

 Por eso, que sean del lector y del poeta las últimas palabras:

Empecé a comprender que los intelectuales de las ciudades del mundo estaban divorciados de la sangre de la gente de su tierra y no eran más que unos estúpidos desarraigados, aunque fuera una estupidez permisible, unos estúpidos que, de hecho, no sabían vivir. Empecé a verme de un modo nuevo, como una sombra más verdadera, capaz de ocultar toda aquella basura mental del “existencialismo” y la “modernidad” y la “decadencia burguesa” o cualquiera de los nombres que se le quieran dar. (Kerouac, 2003)

 Juan Arabia, Noviembre de 2011.

Bibliografía citada:

EMORY ELLIOT, Historia de la literatura norteamericana, Madrid, Cátedra, 2001.

HEBDIGE, Dick, Subcultura, Barcelona, Paidós, 2004.

KEROUAC, Jack, La vanidad de los Duluoz, Barcelona, Anagrama, 2003.

SARTRE, Jean Paul, Marxism & Existentialism (Introduction to Critique of Dialectical Reason), Londres, 1974.

WILLIAMS, Raymond, Marxismo y literatura, Barcelona, Península-Biblos, 1997.


[1] Aún reconociendo el carácter discursivo auto-referencial (literario) de muchos escritores de la generación beatnik, en ningún momento Hedbige analiza una obra literaria. Es a partir de la aceptación de de lo trabajado por un cúmulo de autores (Goldman, 1974; Mailer, 1968) que promueve su definición estilística/subcultural sobre un movimiento que de ninguna manera puede ser leído sólo como estilo. Es necesario reconocer el carácter contra-cultural de las obras literarias de Kerouac, Ginsberg, Corso; su verdadero latido emergente y oposicional (Williams, 1997).